Entre hierros también pueden producirse alimentos

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ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León I Foto: Arelys María Echeverría Rodríguez
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31 Diciembre 2025

 En un rincón de dos hectáreas donde antes solo resonaban el metal y el motor, hoy gruñen cerdos, balan carneros y cacarean gallinas. La Empresa Electromecánica de Villa Clara, dedicada por décadas a obras de gran envergadura fundamentalmente en el sector hidráulico, sembró vida en sus entrañas de hierro.

   Se trata de un módulo agropecuario basado en el desarrollo de la economía circular a pequeña escala para alimentar a sus cerca de 170 trabajadores, un ejemplo ilustrativo de que, incluso bajo el asedio del bloqueo, la creatividad y el empeño colectivo pueden germinar.

Sueño de una veterinaria: del hierro al alimento

   Todo comenzó con un sueño persistente de Aracelys Machado Hurtado, médica veterinaria de la empresa.

   “Faltaba ese pequeño eslaboncito para fortalecer la alimentación de esos hombres que tantas horas trabajan en condiciones adversas”, confesó a la Agencia Cubana de Noticias.

   En marzo de 2025, presentó a la Organización Superior de Dirección Empresarial una idea audaz: convertir un terreno subutilizado en una granja autosostenible que cerrara ciclos, generara alimentos y devolviera bienestar a quienes levantan torres y reparan maquinarias.

   Lo que parecía una quimera en medio de carencias económicas y la férrea presión del bloqueo estadounidense, tomó forma con el apoyo unánime del colectivo.

   “Aquí no se puede decir que la labor es de uno o de otro; todo el mundo puso su empeño, su trabajo, sus ideas”, relató Machado Hurtado.

    En junio, llegaron los primeros 30 cochinitos desde la Empresa Porcina. Luego, carneros, gallinas ponedoras, conejos y un organopónico que pronto llenaría de verde el paisaje herrumbroso.

Economía circular: de la lombriz al plato

   El modelo se diseñó como un reloj biológico perfecto. En su corazón, una cría de lombrices recicla las excretas de conejos y carneros para producir humus líquido y sólido. Este abono natural nutre los cultivos del organopónico –yuca, plátano, boniato, frijoles– que a su vez alimentan a los animales y a los trabajadores.

   “Todo está concatenado”, explicó la veterinaria con orgullo. “La excreta de cerdo se seca, se mezcla con bovina, y alimenta a las lombrices. Nada se desperdicia”.

   Los resultados hablan: los cerdos adquiridos en junio superan ya las 200 libras; las 250 gallinas alcanzan un 50 por ciento de puesta y abastecen por completo el comedor obrero; 12 carneros de ceba y un núcleo reproductivo en Ranchuelito aseguran carne para ocasiones especiales –como el menú del Día del Constructor celebrado el pasado 5 de diciembre– y para trabajadores o familiares enfermos.

   “El objetivo es fortalecer la canasta de los trabajadores y, sobre todo, apoyar a quienes más lo necesitan”, subrayó Machado Hurtado.

   Este ciclo productivo cerrado no solo asegura la frescura, sino también la trazabilidad y la inocuidad de lo que llega al plato. Desde la siembra en el organopónico fertilizado con humus propio hasta la alimentación natural de los animales con piensos criollos y vegetales de la finca, se mantiene un estricto control sanitario que prescinde de químicos innecesarios.

   “La comida sale más sabrosa y, sobre todo, más segura, porque conocemos cada paso de su creación”, aseguró.

   Asimismo, el modelo extiende su principio de cuidado al trato ético de los animales, garantizando su bienestar como pilar de la calidad final. Los cerdos, carneros y aves disponen de espacios adecuados, alimentación balanceada y atención veterinaria constante.

   “Un animal sano y bien tratado es la base de una proteína sana. Nuestro compromiso es con la vida en toda la cadena”, enfatizó como evidencia de una filosofía que integra la productividad con el respeto.

Impacto tangible: del taller a la soberanía alimentaria

   Hoy, el comedor de la empresa sirve dos comidas diarias con carne de cerdo, huevos y vegetales producidos a escasos metros. Además, se venden productos a precios módicos a los trabajadores, aliviando la canasta familiar.

   “Créanme, es una buena opción, buenísima”, afirmó la especialista.
   Justo Rodríguez Gattorno, director de la empresa, quien ha respaldado el proyecto desde su concepción, destacó cómo esta iniciativa ha elevado la moral y el sentido de pertenencia: “Hemos creado soberanía alimentaria dentro de nuestros límites. Es un acto de resistencia y amor colectivo”.

   En seis meses, un terreno yermo se transformó en un símbolo de resiliencia. Un espacio donde, como describió Aracelys, “lo único que sobra son las goticas de amor”.   

   Este modelo circular demuestra que, incluso en circunstancias extremas, la unión entre ciencia, voluntad y trabajo colectivo puede hacer posible lo aparentemente imposible, ofreciendo un ejemplo replicable para otras entidades de la provincia y toda Cuba.