Semilla, fruto y flor: tres generaciones que siembran futuro

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ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León | Fotos: Arelys María Echevarría Rodríguez
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29 Diciembre 2025

  El camino serpentea entre las montañas de Manicaragua hasta desembocar en La Campanita, donde el aire huele a tierra mojada y a hoja verde de tabaco. Allí, en la finca El Rancho, el tiempo parece tejerse de otra manera. No por el reloj, sino por el ciclo de la vega y la herencia que fluye entre una abuela, su hija y la nieta que aún no mide un metro de altura.

   Es la historia de Idolidia, Leyanis y Brenda María, tres nombres que encarnan la raíz, el tronco y el brote de un emprendimiento femenino que florece con sostén, resistencia y ternura en el corazón de la serranía villaclareña.

Los cimientos: la tierra que habla en las manos de Idolidia

   A sus 57 años, Idolidia González Ramos camina por la vega con una autoridad silenciosa. Sus manos, surcadas por el trabajo, simulan el mapa de los 27 años que lleva siendo pionera en el cultivo de tabaco tapado en la región central de Cuba. Cada surco de la hectárea y media que planta parece un capítulo de su vida. Mira las hojas anchas y brillantes con el orgullo de quien crió a sus descendientes entre estos tablones.

   Esta tierra no da concesiones. El pasado diciembre, las lluvias arrasaron los primeros sembrados. Idolidia no vaciló. Junto a su esposo, el compañero silencioso y firme que siempre ha estado allí «para lo que haga falta», volvió a echar la semilla.

   Porque en El Rancho, detenerse no es una opción. Su resiliencia se mide en números concretos: en la campaña pasada superó el plan de ventas fijado en 1.2 millones, alcanzó un rendimiento de 1.3 toneladas de tabaco por hectárea y vio con orgullo cómo más del 70 por ciento de su cosecha, de excelente calidad, fue seleccionada por la El Laguito, proveedora exclusiva de capas para la icónica marca Cohíba de reconocimiento internacional.

   «Esto no es solo sembrar, hija», le dice a Leyanis mientras revisan la tela que circunda y protege el surco. «Es también darle de comer a los nuestros, a los 20 trabajadores, más de la mitad mujeres, que confían en esta finca. Es tener frijoles, viandas y hortalizas propias. Es poner esos 16 paneles solares para que ningún apagón nos pare».

   Su voz firme está cargada del peso moral propio de las matriarcas cubanas. Ella es el cimiento de la tradición veguera de sus abuelos, ahora convertida en un legado que palpita con fuerza.

El presente: el cálculo y el coraje de Leyanis

 

   Leyanis, escucha. Tu madre te mira y ve en ti la certeza del hoy. Tienes 33 años y una mente que no solo sueña con la cosecha, sino que calcula fertilizantes, costos y la estrategia para sortear cada carencia. Eres el puente entre la sabiduría de la tierra y las exigencias del mundo actual.

   No eres dada a muchas palabras frente al periodista, prefieres que hablen tus actos. Pero tu madre conoce esa determinación férrea. Sabes que este emprendimiento es más que una finca; es uno de los proyectos que genera divisas para que el país respire ante el bloqueo.

   Tu análisis es económico, sí, pero también profundamente patriótico. Vigilas cada detalle, desde el módulo técnico que llega de la Unidad Empresarial de Base Potrero Grande hasta la herramienta que no puede faltar.

   Y en este empeño arriesgado, no estás sola. A tu lado está tu joven esposo, siempre dispuesto a seguirte, a compartir la carga y el sueño. Juntos, son ustedes la fuerza que garantiza que el motor de El Rancho no se detenga. Son la seguridad del presente, el empuje moderno que asegura que la semilla de ayer dé el fruto de hoy.

   Mientras tu madre habla con la tierra, tú hablas con el futuro, y le exiges un lugar más digno para tu familia.

La promesa: los ojos curiosos de Brenda María

   «¡Miren, miren! ¡Yo también puedo!», grita Brenda María, de siete años, mientras corretea entre los surcos y sus piececitos chapotean en el barro fértil. Lleva un sombrero que le queda enorme y una sonrisa que ilumina la tarde. Sus dos hermanos mayores, especialmente Robín Jesús, la siguen de lejos, entre risas, cuidando que no se aleje demasiado.

   Para ella, la vega no es trabajo; es el jardín infinito de su abuela, el lugar donde esconderse de sus hermanos y donde cada planta es un mundo por descubrir. «Abuela, ¿esta hojita también se va a convertir en puro?», pregunta, estirando sus manitas para tocar con suavidad el verde intenso del tabaco.

   Expresa una felicidad que aún no entiende de números o planes, pero que siente el aroma de la tierra y el abrazo de su familia entre las matas.

   Ella es la esperanza hecha carne, el relevo que todavía juega, pero que ya absorbe el amor por este oficio. No carga con la historia, pero corretea sobre ella. No calcula el futuro, pero lo encarna con una picardía traviesa.

   En sus ojos curiosos, Idolidia y Leyanis ven el ciclo completo: la semilla que plantó la abuela, cuidada por la hija, florecerá en la mujer empoderada que será la nieta.

   Al caer la tarde en La Campanita, las tres generaciones regresan a la casa. Idolidia, con la satisfacción del deber cumplido. Leyanis, repasando mentalmente las tareas del día siguiente. Brenda María, dormitando ya en brazos de su madre, soñando quizás con nuevos surcos.

   En este rincón de Manicaragua, el emprendimiento no tiene solo rostro de mujer. Tiene tres almas que se funden en una: la de una tradición que se niega a morir, la que se adapta con inteligencia y la que se proyecta, con una sonrisa de siete años, hacia un futuro que ya echa raíces.

   Son la prueba viviente de que la verdadera fortaleza no está solo en lo que se cosecha, sino también en lo que se siembra para quienes vendrán después.


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