En el punto más alto de la finca La Puntilla, ubicada en el municipio villaclareño de Placetas, una bandera ondea, la del triángulo rojo y la estrella de plata, que preside el trabajo de cada jornada como un faro moral.
Bajo su sombra, la banda sonora del campo no es el ruido de motores modernos, sino una sinfonía más antigua: el trino de los pájaros y el grito de los boyeros que, con sus carros tirados por yuntas, rescatan una tradición que hace años otros decidieron olvidar.

En este escenario, en el cual el tiempo parece detenerse para honrar las raíces, el joven productor Linnel Marrero Turiño ha tejido una obra que trasciende la agricultura: la excelencia de sus resultados y la integralidad de su labor.
Hoy, con solo 32 años, se erige como una sólida propuesta a la condición de Hombre Habano, un reconocimiento que premia no solo la eficiencia, sino la pasión.

La vocación de veguero se lleva en la sangre, como una herencia que no necesita testamentos. Allí está Juan, su padre, observando el horizonte con la mirada húmeda de quien ve sus sueños perpetuados. En cada gesto de su hijo, en su forma de tocar la hoja y oler la tierra, este progenitor reencuentra a sus ancestros, aquellos que partieron, pero dejaron su alma sembrada en el surco.
«El orgullo que siento al ver a mi familia dedicada a la tierra que nos vio nacer es inmenso. Aquí seguimos los pasos de los viejos, manteniendo vivas costumbres que son la esencia del guajiro», comentó a la Agencia Cubana de Noticias Juan, mientras supervisaba el andar lento y seguro de los bueyes.

Esa mezcla de respeto por el pasado y visión de futuro define la estrategia de “La Puntilla”. Con un entusiasmo contagioso, el colectivo se alista para la campaña 2025-2026 con metas certeras: plantar más de 100 hectáreas de tabaco. La planificación es milimétrica, pues destinan 50 hectáreas a la compleja tecnología del cultivo tapado y otras 50 al sol, con la aspiración de acopiar más de 100 toneladas.
La sencillez de Linnel desarma cualquier elogio; él prefiere hablar del resultado colectivo antes que de méritos propios. Metido en la vega con un sombrero de guano y botas, supervisa cada palmo del surco como una simbiosis en perfecta armonía con sus trabajadores.

«El tabaco es fuente de empleo y vida, pero no podemos quedarnos solo ahí; la tierra agradecida nos permite rotar los cultivos para producir alimentos, granos y viandas que necesita el pueblo», aseguró.
La finca funciona como un organismo vivo y diverso; junto a las vegas, prosperan la ganadería, las aves de corral y la siembra de peces en estanques para cerrar un ciclo productivo que garantiza la soberanía alimentaria de la comunidad y de los labriegos.
«No vemos el tabaco como un cultivo aislado, sino como una fuente de ocupación y desarrollo que nos permite diversificar para poner comida en la mesa del pueblo», explicó el novel productor.
Pero si algo haría merecedor a este joven de la distinción Hombre Habano, a la que aspira por segunda vez consecutiva, es su calidad humana. Fiel al refrán que aprendió en la cuna de que «un buey solo no ara», ha convertido el éxito económico en bienestar social.

Los vecinos de Falcón, comunidad rural de Placetas, son testigos del mejoramiento del camino y del apoyo constante a la infraestructura de localidad.
Aún más noble constituye la labor que realizan lejos de la publicidad: el apoyo tangible a las salas del Hospital Pediátrico Provincial José Luis Miranda, de Villa Clara. Allí, la rudeza de las manos que labran la tierra se transforma en caricia y ayuda para los niños enfermos.
«Ver la sonrisa de un pequeño o saber que aportamos a la salud pública es la cosecha más valiosa que recogemos cada año», confesó con humildad.
Estamos en el portal, donde nos dedica su escaso tiempo. Desde allí suelta el anuncio que rompe la siesta. Comienza el ajetreo constante en estos predios. Vuelven al surco bajo la estrella solitaria que custodia.
Se asoma el sudor que brotará de las frente y caerá en la tierra agradecida junto al «voy pa’l campo», que nos suelta con la sonrisa de siempre.
Mientras nos alejamos volvemos a ver el hormiguero de campesinos labrando el suelo fértil y es que el tabaco en Cuba constituye una religión de hombres y mujeres de bien.
Entre el grito del boyero y el verde de la vega, siguen escribiendo una historia de amor a la tierra, confirmando que la tradición, cuando se cultiva con el corazón, nunca muere.
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