La madrugada del 15 de octubre de 1994 quedó marcada en la memoria de Caibarién. El pedraplén que entonces se levantaba sobre el mar, camino hacia Cayo Santa María, se convirtió en escenario de un crimen que aún hoy duele: el asesinato de Arcilio Rodríguez García.
Tati tenía 34 años, amaba la pesca y la pelota, y era de esos hombres que llenaban de alegría cada rincón donde entraban.
El relato de lo ocurrido ha sido recogido por periodistas e historiadores, entre ellos Máximo Luz, quien ha dedicado años a rescatar la memoria de las víctimas del terrorismo contra Cuba y sobre todo en su natal Caibarién.
Luz recuerda que aquel día un comando armado del Partido Unidad Nacional Democrática (PUND), con base en Miami, intentó penetrar por el pedraplén en construcción.
Interceptaron el carro en que viajaba Tati y, sin mediar palabra, lo acribillaron a balazos. El objetivo era robar el vehículo y avanzar hacia el Escambray para reactivar bandas armadas, como en los años más duros de la contrarrevolución.
El crimen fue brutal y premeditado. Al ser capturados los asesinos, se les incautó un arsenal de fusiles y pistolas, prueba de que no se trataba de un simple robo, sino de una operación terrorista.
La rápida reacción de trabajadores del contingente de la construcción y del Ministerio del Interior permitió detenerlos en pocas horas, pero nada podía devolver la vida a la víctima ni aliviar el dolor de su familia.
Sus padres, Marta y el viejo Arcilio, ya fallecidos, lo recordaban con ternura y orgullo. Marta decía que era “su ídolo”, un hijo bueno, cariñoso, que siempre llegaba con un beso y con la alegría de quien sabe compartir.
El viejo, en cambio, quedó marcado por la ausencia. Se le veía sentado junto al aljibe de la casita campesina, mirando eternamente hacia el camino que viene de Caibarién, como si esperara que un día Tati regresara.
Esa espera se convirtió en costumbre, en símbolo de fidelidad y dolor. “Lo demás me lo mataron también las ráfagas del criminal”, confesó en una entrevista años después, al periódico Granma.
Según narró el anciano, la mata de aguacate del patio, que siempre había dado frutos, dejó de parir aquel año y más tarde un ciclón la arrancó de raíz.
Para el viejo, aquello fue señal de que la naturaleza misma compartía su duelo.
Desde entonces, lo único que le quedó vivo fueron sus principios, porque la alegría y la buena ventura que habían caracterizado a la familia se apagaron con la muerte de Tati.
Máximo Luz insiste en que este episodio no puede olvidarse ni minimizarse, no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia de terror contra Cuba.
La organización PUND se adjudicó el asesinato, y su objetivo era sembrar miedo y desconfianza, sin embargo, lo que lograron fue reforzar la indignación y la resistencia de un pueblo que no se doblega.

¿Cómo puede acusarse a Cuba de terrorismo cuando ha sido víctima de actos como este?
El pedraplén de Caibarién guarda todavía el grito desgarrador de aquella madrugada. En la memoria del pueblo Tati sigue siendo el joven alegre que amaba la pesca y la pelota, arrancado de la vida por la intolerancia y el odio.
La reciente infiltración frustrada en costas cubanas demuestra que los métodos de estos grupos terroristas continúan siendo los mismos: penetrar con violencia, armados con fusiles y municiones, buscando robar vehículos y abrir rutas hacia el interior del país para sembrar miedo y desestabilización.
El Ministerio del Interior y sus tropas guardafronteras han sido, una vez más, el muro de contención que impide que tales planes prosperen.
La vigilancia constante, la respuesta rápida y la coordinación con la población son la garantía de que nunca más un padre tenga que esperar eternamente por un hijo que no regresará, como le ocurrió al viejo Arcilio sentado junto al aljibe, mirando hacia el camino de Caibarién.

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