En un extremo del Jardín Botánico de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas una construcción de mampostería pasa inadvertida. Nada en su fachada revela el tesoro que resguarda; quien lo custodia tampoco necesita estridencias para hacerse notar, aunque sabe perfectamente lo que sus manos protegen.

Alfredo Noa Monzón, profesor emérito, doctor en Ciencias Biológicas y director del Herbario, doctor Alberto Alonso Triana (ULV), transita por sus pasillos con la parsimonia de quien ha dedicado más de tres décadas a desentrañar los secretos de la flora cubana.
Su hablar es pausado, su rostro afable, pero en sus ojos brilla la conciencia exacta de lo que allí guarda: uno de los patrimonios naturales más valiosos del país.
Bajo ese techo modesto reposan más de 50 mil ejemplares de plantas herborizadas –algunas recolectadas a finales del siglo XIX– evidencias silenciosas que convierten a este sitio en el tercero más importante de su tipo en Cuba.

La historia del hombre y la del lugar se entrelazan para recordarnos que lo verdaderamente valioso no siempre habita en espacios grandiosos, sino en la conciencia serena de quienes saben lo que atesoran.
Nacido en Santa Clara, Noa Monzón sintió desde muy joven una atracción profunda por el mundo vegetal, pero su vocación también lo inclinaba hacia la enseñanza. Por ello, cuando la Revolución llamó a los jóvenes a incorporarse al primer Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, él respondió.
Esa dualidad, investigar y formar, ha definido su vida, y es la misma que distingue al herbario que hoy custodia, un lugar de ciencia rigurosa, pero también de aprendizaje para los que se acercan a sus colecciones.
Su historia se funde con la de esta institución desde 2003, cuando recibió el encargo de restaurar el Jardín Botánico, severamente afectado por la crisis económica de los años 90.

Allí estaba, dispuesto a devolverle la vida a un sitio que cargaba décadas de historia botánica y con la certeza de que el conocimiento acumulado en aquellos pliegos no podía perderse.
El herbario que protege tiene una genealogía que él conoce al detalle. Según documenta Orestes Ricardo Méndez Orozco en Los tipos del herbario 'Dr. Alberto Alonso Triana' (ULV), del Jardín Botánico de Villa Clara, publicado en la revista del Jardín Botánico Nacional, la génesis de esa colección se remonta a 1953.
Ese año comenzó el doctor Alberto Alonso Triana a montar ejemplares en la Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas (EEASV) y las primeras colectas propias datan de 1959, realizadas por el mismo Alonso en Cayo Francés y Finca Margarita en Las Villas.
En 1960, inscribieron a ese espacio en el Index Herbariorum con el acrónimo ULV, considerada fecha de su fundación oficial.
Gracias a las relaciones del doctor Alonso con el doctor Julián Acuña y Galé, de la EEASV, se recibieron donaciones fundamentales, una de las principales, en 1963, sumó más de cinco mil especímenes que hoy integran la colección histórica.

En su ensayo El herbario: su importancia y función en la botánica, el doctor Ángel González sostiene que “los herbarios constituyen archivos irremplazables de la diversidad vegetal, testigos mudos, pero elocuentes de la presencia de una especie en un lugar y tiempo determinados”, una definición que cobra vida en cada uno de los pliegos que custodia Noa Monzón, en los cuales el pasado y el presente de la flora cubana se abrazan.
Pero lo realmente distintivo del herbario son sus tipos nomenclaturales. Para el 2022 la colección superaba el centenar de materiales tipo; se trata de ejemplares que sirvieron para describir por primera vez una especie, el testigo mudo, pero irrefutable de un hallazgo científico.
Entre ellos, explica Méndez Orozco, destacan 58 taxones identificados tras un minucioso rescate, en los cuales las familias de plantas mejor representadas resultan Rubiaceae, Myrtaceae y Melastomataceae.

Cuando Noa Monzón camina entre los estantes metálicos, sus ojos recorren los lomos de las carpetas con la familiaridad de quien ha dedicado su vida a ellos. Sabe que allí están representadas más de cuatro mil 500 especies de fanerógamas, que algunas de esas plantas ya no existen en los lugares donde fueron colectadas, que cada pliego es un testimonio irremplazable de la biodiversidad que hemos sido y la que aún somos.
Sabe también que estas colecciones pasan inadvertidas para muchos. Los visitantes del Jardín Botánico se deslumbran con las flores y los árboles. Pocos preguntan por el herbario, por esas miles de vidas vegetales detenidas en el tiempo.
Afuera, la primavera comienza a despuntar; adentro, en ese local de unos ocho metros de largo por seis de ancho, debidamente climatizado para conservar las frágiles colecciones, la modestia del espacio contrasta con la enormidad de lo que guarda.
Allí, entre estantes metálicos y carpetas ordenadas alfabéticamente, Alfredo Noa Monzón sigue cumpliendo la promesa que hizo cuando decidió dedicar su vida a las plantas. No con estridencias, sino con la conciencia tranquila de quien sabe que la ciencia, como la vida, se construye en silencio.
El doctor González lo expresó con claridad: “los herbarios son bibliotecas de la naturaleza, y quienes los cuidan, bibliotecarios de la memoria evolutiva”.
En esa biblioteca silenciosa, Alfredo ejerce su oficio con la devoción de quien sabe que cada pliego constituye una página única en el gran libro de la vida.
Son más de 50 mil silencios los que guarda este sitio, silencios de plantas que ya no crecen donde crecieron, silencios de colectores que recorrieron Cuba hace más de un siglo, silencios de tipos nomenclaturales que esperan, pacientes, la mirada del investigador que los necesite.
Y en medio de todos esos silencios, la presencia discreta de un hombre que los comprende, los protege y les da voz cuando hace falta.
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