Mientras las aulas y los consultorios trabajan en la reinserción de los niños, en la parte trasera de la Escuela Regional Marta Abreu de Santa Clara ocurre otro milagro silencioso; se trata de un pequeño huerto que se ha convertido en pilar de la alimentación saludable y libre de químicos.
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Rábanos, lechuga, acelga, quimbombó, col, remolacha, zanahoria, pepino, maíz y hasta plantas medicinales crecen en el traspatio escolar, pero el valor del huerto va más allá de lo nutritivo. Para estos niños, trabajar la tierra es también una forma de rehabilitación.

“Los estudiantes de cuarto ciclo que así lo desean participan en las labores, desde la siembra hasta la cosecha, lo que les permite desarrollar habilidades manuales y cognitivas”, explica Antonio Benito Hernández González, labriego al frente de esa área de cultivos.
“Para ellos constituye una de las diferentes formas de terapia ocupacional del centro. Les ayuda a moverse, a coordinarse, a sentirse útiles”.
Esos productos se destinan al comedor escolar para enriquecer la dieta de los 65 estudiantes y del centenar de trabajadores.
“Es un círculo virtuoso”, señala Ángela Margarita Díaz Mesa, trabajadora del colectivo.
“Los niños aprenden, reciben terapia, comen mejor y además se sienten orgullosos de lo que hacen. Eso no tiene precio”.
Y vaya si tiene precio. Los 652 millones 161 mil 241 pesos con 96 centavos invertidos en 2025 en el sostenimiento de la escuela, a pesar del bloqueo económico, comercial y financiero estadounidense, no alcanzarían si no fuera por la inventiva, los proyectos complementarios y las alianzas que la escuela ha tejido con el Estado y la comunidad.
La red que sostiene
La Marta Abreu no es una isla. Ante las dificultades, ha sabido tender puentes.
El proyecto de desarrollo local Reluxes Herrería repara los sillones de ruedas. El Fondo de Bienes Culturales y otros actores económicos donan ropa, zapatos, artículos de aseo personal. La motorizada, como iniciativa de la Policía Nacional Revolucionaria, apadrina las fiestas de 15 y las actividades recreativas de los muchachos.
Las instituciones de Cultura y Comercio abren sus puertas para que los niños visiten ―por ejemplo, los domingos― el parque zoológico o la sala virtual del boulevard de la ciudad, sin costo alguno.
Asimismo, la Oficina Nacional para el Control del Uso Racional de la Energía en la provincia, gestionó la donación de 10 lámparas que funcionan mediante paneles solares para enfrentar los apagones.
“No siempre tenemos todo, pero tratamos de que lo mejor sea para ellos”, dice Yadira Pascual Rodríguez, directora de la Regional.
“Los internos reciben sábanas, toallas, jabón, pasta dental, uniformes. La comida, por supuesto, comprende desayuno, almuerzo, comida y tres meriendas al día; no falta la leche, ni el pan.
De la misma manera sucede con el material escolar: libretas, lápices, libros… se garantizan. Aquí hay agua caliente permanente, colchones de esponja, ventiladores. Hacemos lo humanamente posible”, explicó.
El fantasma del combustible
Pero el déficit de combustible resulta quizás el problema más acuciante. Para una escuela que recibe pupilos de cinco provincias, el transporte es vital. Los pases, que antes eran cada 21 días, se redujeron a 11 para proteger la salud y el aprendizaje de los pequeños.
“Hicimos un estudio y vimos que cuando los estudiantes salían 21 días y descansaban 10 en casa, en muchos casos volvían mal alimentados o enfermos”, detalla la subdirectora docente Mildred López Calero.
“Además, para un paciente con parálisis cerebral, 10 días sin rehabilitación significan retroceder. Había que empezar de nuevo. Por eso decidimos acortar los pases: 11 días aquí y tres en casa. Es menos tiempo separados de la familia y también menos tiempo sin tratamiento”, afirmó.
Si el combustible llegara a faltar por completo, el panorama sería desolador. “Tendrían que irse a sus casas”, admite Pascual Rodríguez. “Y allí, muchos no tienen acceso al tratamiento fisiátrico, a especialistas. Algunos podrían recibir atención ambulatoria, pero los maestros tampoco tendrían cómo llegar. Sería muy difícil. Muy difícil. El bloqueo atenta contra la vida de esos pequeños”.
La tarde en la Marta Abreu
Cuando el sol comienza a caer sobre Santa Clara, la escuela se llena de sombras largas y risas cansadas. Los alumnos de la primaria guardan lápices y libretas. Los de secundaria corren por los pasillos. En el área de terapia, los especialistas precisan las últimas indicaciones del día.
Laritza camina despacio por el pasillo, apoyada en su andador. Sonríe. Verónica, en su sillón, canta una canción aprendida esa misma mañana. Paulito ensaya una melodía para la actividad cultural del fin de semana.
En el huerto, las hortalizas crecen silenciosas, en espera de la próxima cosecha. La tierra, como los niños, se niega a rendirse.
“Hay muchos con historias difíciles”, dice López Calero mientras observa la escena, “pero aquí encuentran cariño, atención y una oportunidad”.
La funcionaria hace una pausa. Sus ojos recorren el patio, los dormitorios, el aula donde Yankiel aún revisa cuadernos.
"Este es el corazón de la escuela”, dice al fin. “No los edificios, ni las estadísticas. Son ellos. Son 65 niños, nuestras razones, que merecen todo. Y mientras podamos, vamos a dárselo. A pesar del bloqueo, de la falta de combustible. A pesar de todo”.
Afuera, la noche comienza a caer. En los dormitorios, los cuidadores nocturnos encienden las lámparas solares. Hay tres dormitorios, cada uno con dos cuidadores: un trabajador educativo y una auxiliar pedagógica, que rotan en turnos de 24 horas. Un miembro del consejo de dirección se queda también, velando.
Los pequeños se preparan para dormir. Mañana será otro día de rehabilitación, de clases, de huerto, de esperanza.
Otra jornada en la Escuela Regional Marta Abreu, en la cual 65 retoños, con sus historias, sus sueños y sus limitaciones, le recuerdan al mundo que rendirse nunca es una opción.
En Santa Clara, Villa Clara, la escuela que lleva el nombre de Marta Abreu sigue siendo, contra viento y marea, un hogar para quienes más lo necesitan.
Esta serie ha querido contar su historia. Pero la historia, como la vida de estos niños, continúa cada mañana.
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