En un aula de tercer grado, una pequeña en un sillón de ruedas intenta sujetar un lápiz. Es Verónica Martín Morales, de ocho años, a quien todos llaman “la niña de la escuela”.
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Verónica, la única estudiante de Camagüey que tiene actualmente la Escuela Regional Marta Abreu de Santa Clara para discapacitados físico-motores. Vive con su bisabuela en una casita remendada de una comunidad rural del municipio de Florida. Su mamá nunca la quiso. Su papá se fue.
Llegó a la institución sin influencia educativa, sin haber recibido rehabilitación. Hasta ese momento era invisible, casi no existía.
Actualmente, después del trabajo de su maestro Yankiel y de los terapeutas del centro, Verónica ya puede sujetar la cuchara, coopera para levantarse de la cama, canta las canciones que le gustan. No camina. No escribe. Pero su progreso constituye un milagro cotidiano.
“Está en espera de una operación”, comenta en voz baja Mildred López Calero, subdirectora docente. “Los ortopédicos dicen que puede mejorar su calidad de vida, porque está muy cerradita de las piernas y las caderas; pero la operación se ha retrasado por las medidas de austeridad que tomó la provincia como consecuencia del bloqueo petrolero de Estados Unidos a Cuba.
Sería una lástima que todo su progreso se perdiera si la escuela cerrara algún día”, aseguró.
La frase queda flotando en el aire: “Sería una lástima que su progreso se perdiera”, porque detrás de cada uno de los 65 niños que acoge hoy la entidad hay un esfuerzo titánico, una red de amor y profesionalidad que sostiene lo que la familia o el contexto no pueden.
El maestro que siembra futuro
Yankiel Moreno Vilar es fundador de la Regional Marta Abreu. Llegó aquí desde la escuela Fructuoso Rodríguez, en la cual trabajaba con pequeños sordos y con discapacidades visuales. Cuando inauguraron la "Marta Abreu", quiso venir. Y aquí se quedó.
Enseña en el ciclo de primaria, y este año atiende a un grupo de siete estudiantes. Una cifra que en cualquier otra escuela parecería insignificante, pero que aquí significa siete vidas, siete historias, siete rehabilitaciones personalizadas.
“Es un maestro muy preparado, dedicado, que vive para sus alumnos”, reconoce Yadira Pascual Rodríguez, directora de la entidad. “Siempre obtiene el premio Tiza de Oro, sobresale en concursos de la clase, en festivales pedagógicos. Está propuesto este año para el Premio del Ministro…pero lo más importante es el toque mágico con que logra encender vidas marchitas, corazones rotos”.
Viene del municipio villaclareño de Manicaragua. Cada día viaja 40 kilómetros de ida y vuelta porque, allá en la loma, tiene a su abuela anciana y enferma, pero aquí en la ciudad tiene estos retoños, a quienes “no solo nos devuelve las ganas de vivir, también nos enseña a vivir”, como asegura Laritza.
“Al profe no le garantizan transporte, pero él siempre asiste puntual al aula. Toma un estudiante desde primero y lo lleva hasta sexto grado. Logra que aprendan, a pesar de la discapacidad, a pesar de todo, porque tiene certeza de que el milagro depende de la buena voluntad”.
Laritza, la niña que hoy camina, lo llama su segundo padre. Verónica, que apenas comienza, sonríe cuando él se acerca. Yankiel no hace milagros, ejerce el magisterio que es, en esta escuela, casi lo mismo.
Paulito, el corazón cantante
En el grupo de cuarto ciclo, donde están los jóvenes que ya superaron la edad de la secundaria, pero aún necesitan de la escuela, Paulito es una estrella. Con 21 años, viene, como él dice, de un “campito de Ciego de Ávila” y sueña con ser cantante. Desde que la escuela se inauguró, él está aquí.
“Paulito adora este lugar”, confirma López Calero. Tiene parálisis cerebral, pero su voz es clara y entona canciones con una alegría que contagia. El caso resulta que ya debe transitar. Allí se atiende hasta los 18 años, y aunque él se resiste a irse, el tiempo no espera.
“Los niños con intelecto normal, como Paulito, deben transitar a la ubicación laboral o educativa”, explica.
“Se les prepara para un oficio, para que puedan ser útiles en su comunidad. Él está aprendiendo en la Industria Nacional Productora de Utensilios Domésticos (Inpud) Primero de Mayo a reparar equipos electrodomésticos ―ventiladores, por ejemplo― para abrir su propio negocio desde la casa. Eso es lo que queremos, que sean independientes, que tengan una vida digna”.
Pero no quiere irse, “porque aquí tengo mi público, mi familia, mi razón para cantar”, aclara.
Juan Carlos (*), el niño que lleva la comida a su casa
Hay historias más duras aún. La de Juan Carlos, por ejemplo. De nueve años, una discapacidad físico-motora en su piececito y está en espera de operación. Pero en su situación familiar está lo más complejo.
“Su mamá tiene trastorno mental”, cuenta la subdirectora con un hilo de voz que se quiebra. “Su papá está preso por algo indecible. Nosotros visitamos el hogar y notamos que su estado era crítico; a veces eran las siete u ocho de la noche y en esa casa no había comida. Para nadie”.
Juan Carlos nos cuenta que tiene tres hermanitos, “una hembrita, media hermana, y dos varones”. Desde que el papá está preso, la mamá, enferma, se queda sola con los hijos. A veces, para sobrevivir, los ponía a vender cosas en la calle, “pa’buscar qué comer”, acota el pequeño.
“Aunque él no es interno, porque vive en Santa Clara, nosotros decidimos garantizarle, además de las meriendas y el almuerzo que les corresponde, el desayuno y también le damos la comida para que se la lleve al hogar”, constató Pascual Rodríguez.
“Cuando notamos que aun así no lograba ni mantener su peso corporal, seguimos investigando y descubrimos que no se comía la comida porque se la dejaba a sus hermanos”; la subdirectora no pudo continuar contando porque se ahogaba su voz.
Debió completar la historia la directora: “No lo dudamos ni por un momento; decidimos, desde entonces, darle cada día cuatro raciones para que las llevara a su casa y compartiera con su familia sin dejar de alimentarse por las noches”.
Solo de mirarlo, el niño, con postura de hombre, desarma con esa actitud heroica que lo hace más grande incluso cuando, con la inocencia robada, se muestra espontáneamente cariñoso.
“Aquí le damos ropa, zapatos, todo lo que se puede, aunque resulta difícil; también gestionamos que ese núcleo familiar fuera atendido por el grupo preventivo de política social para que disminuya su vulnerabilidad”, asegura Pascual Rodríguez.
En estas pequeñas grandes historias es que, sin dudas, queda demostrado lo inmenso de esta Revolución por la que aún vale la pena seguir luchando.
Verónica aprende a sujetar la cuchara. Paulito canta para no irse. Juan Carlos lleva comida a sus hermanos.
En la segunda parte de esta serie, hemos visto a los que llegan, a los que más necesitan. En la próxima entrega, conoceremos cómo la escuela se las ingenia para sostenerlos a todos, contra viento y marea, contra gigantes imperiales.
(*) Se cambió el nombre del niño para proteger su privacidad.
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