Laritza cumplió recientemente sus quince primaveras y camina. Parece una frase sencilla, casi un dato menor en la vida de cualquier adolescente.
Pero para la niña que llegó un día a Villa Clara ―desde una comunidad rural de Santa Cruz del Sur, Camagüey, en un sillón de ruedas y sin poder mover sus piernas― andar es la mayor de las victorias.
Vino con ocho años, pequeña, asustada, en silencio..., recuerda en su desenfadado diálogo con la Agencia Cubana de Noticias.

“Mi mamá se marchó al extranjero, dice ella que se fue para garantizarme un mejor futuro, y mi papá adoptivo vive en Sancti Spíritus, pero lo cierto resulta que la Escuela Regional Marta Abreu de Santa Clara, se convirtió, desde entonces, en mi casa; y mi profe Yankiel, en ese segundo padre que la vida me puso en el camino.
No tengo palabras para explicar el amor que encontré aquí, ni para agradecer a Yankiel”, aseguró emocionada.
Yadira Pascual Rodríguez, directora de la entidad, mientras calma el bullicio de los niños que llegan al área de rehabilitación, confirma la declaración de la estudiante.
“Gracias al esfuerzo de los profesores y de los terapeutas, Laritza hoy puede caminar con sus propios pies. Es una nena hermosa, a quien la escuela tuvo la gran satisfacción de celebrar su fiesta de quince años”, afirmó con orgullo.
Su historia, una de las tantas que laten dentro de los muros de esta institución docente, única en el centro de Cuba; una que, a pesar de las asfixiantes políticas del bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos, se niega a rendirse; porque, aquí, cada infante deviene una razón para seguir.
Un hogar de cinco provincias
La Regional Marta Abreu no constituye una escuela común. Su encargo social va más allá de la enseñanza, pues se trata de un centro de tránsito para infantes con discapacidad físico-motora, en el cual la rehabilitación y la educación caminan de la mano.
Actualmente, la matrícula es de 65 estudiantes, explica Pascual Rodríguez; son 20 hembras y 45 varones provenientes de las provincias de Cienfuegos, Villa Clara, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila y Camagüey.
De ellos, 19 son internos. Viven aquí, en régimen de beca, porque sus hogares quedan lejos o porque las condiciones familiares no permiten el cuidado que ellos requieren.
Los restantes asisten de lunes a viernes, pero la mayoría comparte un mismo diagnóstico, ya que 51 tienen parálisis cerebral.
El principal objeto de existir tal instalación consiste en rehabilitarlos, subraya la directora. “Más allá del mero aprendizaje, se trata de prepararlos para la vida y vincularlos a la práctica social, para que sean lo más independientes posible. Ese es el motor impulsor de lo que hacemos”.
Para lograrlo, no escatiman recursos. Solo en 2025, el estado cubano invirtió 652 millones 161 mil 241 pesos con 96 centavos, solo en moneda nacional, para garantizar la atención integral de estos pequeños.
Esa cuantía, fría y sin rostro, se traduce en alimentos, productos de aseo personal, material escolar, insumos médicos y la energía necesaria para cocinar, calentar agua y mantener funcionando la tecnología médica y educativa que hace posible la terapia constante.

Una salud integral
Por su puesto, el dinero no es casi nada. En la "Marta Abreu", la salud resulta un derecho que se ejerce siempre. La escuela tiene un consultorio médico propio, atendido por una doctora durante ocho horas diarias y un equipo de enfermería a tiempo completo. Los retoños no necesitan salir del centro para recibir atención primaria.
En sus instalaciones también funciona un departamento de estomatología, con todo el equipamiento requerido, una odontóloga y un técnico que garantizan la salud bucal de los estudiantes, además, cada semana reciben la visita de especialistas en ortopedia, cardiología, neurología y fisiatría.
También cuentan con el centro de fisiatría y sus 10 especialistas trabajan para que niños como Laritza puedan, un día, sostenerse sobre sus propios pies o al menos mejorar su calidad de vida.
Ellos poseen aquí todos los servicios, confirmó Mildred López Calero, subdirectora docente. “No es solo la escuela, sino también un hogar, un hospital, un centro de rehabilitación. Todo en uno. Porque ellos lo necesitan así”.
El regreso de los hijos pródigos
Uno de los mayores orgullos de la escuela son sus egresados. Los pequeños que un día llegaron sin esperanza, hoy se han convertido en profesionales, obreros, ciudadanos útiles.
Milagros Zamira Hernández Verdecia es uno de ellos. En la actualidad trabaja en la propia escuela, como personal de apoyo y multiplica lo mucho que recibió.
La joven de 20 años, con parálisis cerebral y que se graduó en 2024 como Técnico Medio en Informática, también está aquí, enseñando a otros que, como ella, un día creyeron que no podían.
“Yostaba en-enuna desas eskelas de «nolmales», pe-pelo no matendían bien”, explica en esa tierna forma en que su trastorno del lenguaje le permite, “aquí me-me sentí a-a-atendía pol pimrela vez como pel-perjona”.
“Con nosotros encontró maestros que creyeron en ella y la impulsaron. Terminó la secundaria, y la estimulamos para que siguiera estudiando porque no camina y habla con dificultad, pero es muy inteligente y lo entiende todo. Hoy trabaja con nosotros, cobra un salario, es útil a su familia y a la sociedad. Un ejemplo para los demás”, constató López Calero.
También recuerda a otros, dijo, como Evian Barceló, del municipio villaclareño de Corralillo, ganador del concurso nacional de Historia, que egresó a la enseñanza preuniversitaria, y a Lorena Duval, ganadora por la asignatura de español, que ya transita hacia la universidad.
Ellos son la prueba viva de que la discapacidad no constituye un límite, sino una circunstancia, un reto para alcanzar la meta.
Laritza camina. Zamira enseña. Evian y Lorena estudian.
En la primera parte de esta serie, hemos visto cómo la Escuela Regional Marta Abreu se convierte en hogar, en hospital y en trampolín hacia la vida. En la próxima entrega, conoceremos a los que llegan, a los que más necesitan, a los que encuentran en esta institución su única oportunidad.
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