El arrojo de Raúl el 26 en el Palacio de Justicia

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ACN - Cuba
Aída Quintero Dip | Foto: Archivo
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24 Julio 2026

   Con la llegada de julio se aviva la evocación de la fecha gloriosa del 26, con reseñas de la parte épica del hecho y de los frutos de la simiente ese día sembrada, y también hay recuerdos para las hazañas de los héroes caídos y de los sobrevivientes, algunas menos conocidas, sobre todo, por la modestia de sus protagonistas.

   Como uno de los acontecimientos más significativos que estremecieron a Cuba durante la dictadura de Fulgencio Batista, se considera el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, y al “Carlos Manuel de Céspedes”, en Bayamo, al poner a prueba el coraje de una joven tropa, encabezada por Fidel Castro, quien había profetizado no dejar morir a José Martí en el año de su centenario.

   El objetivo clave de la operación del 26 de julio de 1953 era la Posta 3 de la segunda fortaleza militar del país, para lo cual tratarían de tomar dos importantes edificios aledaños al cuartel: el Hospital Civil, dirigido por Abel Santamaría, segundo jefe del movimiento, en el cual se atenderían a los heridos, y el Palacio de Justicia, donde radicaba la Audiencia, desde cuya azotea apoyarían la acción cardinal.

   La madrugada de la Santa Ana encontró a Raúl Castro Ruz, de solo 22 años, en las calles santiagueras con un fusil Springfield en las manos y la orden de tomar el Palacio de Justicia y, aunque no fue designado inicialmente como jefe de grupo, su desempeño en aquella misión marcaría el inicio de su ascenso como figura imprescindible de la Revolución.

   Su tarea era clara, suspicazmente guardada, se le reveló en la Granjita Siboney, cuartel general de los asaltantes; junto a cinco compañeros, bajo la dirección de Léster Rodríguez, debía asegurar el Palacio de Justicia, un enclave estratégico junto al cuartel Moncada, para desde allí secundar con su grupo a los asaltantes principales.

   Su temple y decisión pronto lo pondrían al mando; en el fragor del combate, Raúl y sus hombres capturaron y desarmaron a los guardias del Palacio y encerraron en un cuarto. Entonces desde las alturas, abrieron fuego hacia el Moncada y cumplieron su papel en el plan.

   Pero, según referencias de documentos históricos, fue en la retirada durante la cual su liderazgo irrumpió con fuerza: al ver que un sargento batistiano estaba a punto de apresar a varios rebeldes, actuó con rapidez, le arrebató la pistola, sometió a los soldados y los encerró junto a los otros prisioneros, un gesto audaz que salvó a sus compañeros y demostró su capacidad de mando bajo presión.

   En esos momentos, por su actitud y acción, entre enemigos y balas, se había convertido en jefe del pequeño grupo, integrado, además de Léster, por Mario Darmau de la Cruz, Abelardo García Illis, José Ramón Martínez Álvarez y Ángel Sánchez Pérez, quienes disciplinadamente acataron sus órdenes, al indicarles la retirada y luego la dispersión para evadir a los esbirros de la tiranía.

   La resolución de repliegue llegó cuando la acción principal fracasó, entonces deambularon por Santiago, buscando refugio. Durante dos días, Raúl esquivó cercos militares, intentó llegar a su natal Birán, pero fue capturado el 28 de julio en las cercanías de San Luis y conducido al Vivac de Santiago de Cuba, donde reveló su identidad y su participación en los sucesos.

   Ese episodio fue el bautismo de fuego de quien luego sería el estratega militar de la Sierra Maestra y uno de los pilares de la Revolución, que no ganó el lugar que ocupa por los lazos de sangre con el Jefe, sino por mérito propio, a partir de su determinación y firmeza, porque el Moncada, más que una derrota, fue la escuela en la cual aprendió a convertir el revés en resistencia y en victoria.

   La periodista y escritora Marta Rojas recoge testimonios aleccionadores en su libro El juicio del Moncada, que denotan la valiente actitud de Raúl en ese proceso. Por ejemplo, ante la interrogante del fiscal sobre cuándo lo había embullado su hermano Fidel para participar en la revolución que preparaba, respondió con convicción:

   “Si hubiera sido porque mi hermano Fidel me embullara, no hubiera venido, porque nunca lo hizo. Yo vine a Santiago por resolución propia. Tuve que andar muy ligero para que se me permitiera tomar las armas para ver si cambiamos este sistema”.

   En realidad, necesitó de la defensa de José Luis Tassende para sumarse al ataque al Moncada. Fidel quería estar seguro de que él lo hiciera por convicción y no por el solo hecho de seguirlo, pero evidentemente ya Raúl había alcanzado dimensiones políticas y revolucionarias propias.

   Ante la pregunta de si disparó durante la acción, su respuesta salió tan veloz como las propias balas: “¡Sí, disparé! Derribé a tiros la puerta de la azotea de este mismo Palacio de Justicia… esta fue la posición que me asignaron… como decía derribé a tiros la puerta y, sin embargo, cuando me hicieron la prueba de la parafina, dio negativa”.

   Su declaración fue más allá del interrogatorio. “¿Cómo no me pregunta qué hice con los hombres que detuve aquí en la Audiencia, desarmándolos a muchos de ellos? Tuve hasta que encerrar a algunos en un escaparate y cuando nos fuimos les abrí la puerta para que no se asfixiaran, porque no vinimos a matar soldados o adversarios, por gusto; nuestra misión era otra”.

   Cuando celebramos el aniversario 73 de aquellos hechos, la figura de Raúl Castro sigue siendo un símbolo de cómo los líderes no se designan, sino que se forjan en los momentos decisivos.

   Su actuación en la madrugada del Día de la Rebeldía Nacional fue el primer capítulo de una existencia entregada a la Revolución, en la que se consagró al frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de las que fue ministro por casi 49 años, las cuales se forjaron sustentadas en las tradiciones de lucha y años de duras batallas, libradas con talento y audacia, bajo su liderazgo.

   La inmensa mística del 26 de Julio siguió acompañando toda la vida a este cubano, como General de un ejército con brazo de acero frente al imperio en defensa del cielo y suelo soberano de la nación, que tuvo el privilegio de formar varias generaciones de combatientes y oficiales revolucionarios, a los que educó con el temple de la tropa protagonista de la epopeya del Moncada.

   A 67 eneros de la gesta que lideró lado a lado de su hermano de sangre e ideales ha demostrado que la lucha no ha cesado; su disposición de seguir con el pie en el estribo es señal infalible de la estirpe mambisa y patriótica que lo distingue.


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