Hay amores que no caben en una vida. Se desbordan, trascienden y encuentran en la materia un testigo silencioso que los perpetúa. En el corazón del Museo de Artes Decorativas, de Santa Clara, justo detrás de las vitrinas que custodian porcelanas y muebles de caoba, reposa uno de esos amores.

No está escrito en cartas ni sellado en fotografías. Está tejido, punto por punto, hilo sobre hilo, en 227 piezas que componen el ajuar de bodas de José Francisco Martí Zayas-Bazán, el Ismaelillo, y su esposa María Teresa Bance, a quien él llamaba Teté
La historia de cómo llegaron estas piezas a una ciudad del centro de Cuba comenzó en un mañana de enero de 1986 en La Habana, cuando un grupo de santaclareños tocaba a la puerta de una pequeña casa escondida detrás del Centro de Estudios Martianos.
Allí –según narra el periodista y escritor Alexis Castañeda Pérez de Alejo– Manuela Sánchez López, anciana española que vivió durante años con el matrimonio Martí-Bance hasta ser considerada parte de la familia, les entregó uno de los tesoros más preciados que custodió durante su existencia.
“Me duele alejarme de todo esto —les dijo ella—, que para mí es tan entrañable, pero me siento enferma y sé que en su museo será más admirado”.

Sábanas, fundas, cuadrantes, manteles, doyles, servilletas, tapetes… el ajuar completo. Todo bordado a mano con una exquisitez que el tiempo no logró opacar.
Marcas de lápiz aún visibles delatan el minucioso trabajo de encajeras profesionales, de casas productoras que recibieron el encargo de un matrimonio joven que quería empezar su vida con belleza y permanencia.
Aquella mujer, última heredera de ese legado, entregó con manos temblorosas lo que había atesorado por décadas.
Confiesa Castañeda Pérez de Alejo que solo con los años pudo dimensionar lo que aquella mañana significó, salvar para Santa Clara, para Cuba, un patrimonio que hoy es memoria viva del hijo del Apóstol y de un amor que merece ser contado.

Claudia Tena Figueroa, actual directora del Museo de Artes Decorativas, no oculta el orgullo cuando habla del conjunto. Sabe que en esta adquisición estuvo la génesis del conjunto textil más importante del país.
“Nuestra colección no nació grande, reconoce Teresa de Jesús Hernández Ruiz, museóloga de la institución y experta en este tipo de piezas. Los primeros fondos textiles llegaron desde Trinidad, mediante compras modestas, pero la incorporación del ajuar Martí-Bance en 1986 lo cambió todo. Apartir de ese momento, nos ocupamos de fomentarla, de que creciera, de que fuera algo muy importante, a tal punto que hoy es quizás la mejor de Cuba”.
No solo impresiona por su cantidad, sino también por la calidad de su factura. No son objetos comunes, precisa, son encajes eruditos en técnica de bolillo, del encaje a la aguja, de las mallas bordadas, muy complicadas, que incluso hoy artesanas con mucha experiencia no las pueden clasificar.
Aunque la colección no perteneció al Apóstol, su espíritu la habita. Hernández Ruiz recuerda con frecuencia las palabras de José Martí sobre el arte y la decoración, porque el Maestro, que habló de todo, también dejó su impronta en este ámbito.

Martí llegó a decir que las casas no se van a tener lindas para enseñarlas a las visitas y dijo “que el vaso no sea más que la flor”. Él dejó preceptos muy claros sobre cómo debía ser el ornamento y sus límites.
Ese equilibrio, esa belleza sin estridencias, es la que muestra el ajuar del Ismaelillo. No hay ostentación inútil, sino el cuidado exquisito de quien sabe que los detalles también son una forma de amor.
José Francisco, el niño que inspiró los versos más tiernos, creció y quiso construir un hogar con la misma delicadeza con que su padre escribía poemas. Su ajuar de bodas deviene, en ese sentido, una continuación de aquella conversación íntima entre padre e hijo.
Detrás de la belleza expuesta hay un trabajo invisible. Teresa Hernández lo sabe bien.

Durante años, junto a Leida Quesada, entonces directora del inmueble museable, se dedicó a estudiar y clasificar cada pieza. Fue una labor de investigación minuciosa, con libros antiguos como únicas herramientas, hasta que internet facilitó el camino.
La conservación resulta otro desafío, pues los textiles son, en palabras de la experta, las cenicientas de los museos. Los visitantes se deslumbran con los brillos de las porcelanas, la majestuosidad de los muebles, los colores de las cristalerías; sin embargo, las telas, discretas, pasan inadvertidas en las salas de época, pero su fragilidad es extrema.
“No hay muchos conservadores especializados en el país, no hay museos especializados en textiles. Son muy costosos para los montajes, para la conservación. Nuestro clima trae no solo variaciones de temperatura, también mucha humedad, insectos… Ellos están muy desfavorecidos, al igual que el papel”, explica.
A pesar de todo, Tena Figueroa precisa que cuentan con un proceso de conservación bastante definido para estos objetos, se cuidan mucho porque son un tesoro, y tras un reciente proceso de restauración, el ajuar ha recuperado su esplendor y puede ser admirado, aunque con la discreción que exige su fragilidad.

“Cada enero, en la jornada martiana, se exhibe con especial devoción. Le regalamos a los santaclareños la posibilidad de estar un poquito más cerca del hijo del Apóstol”, expresa.
Quienes hoy pasan a contemplar esta colección encuentran algo más que encajes eruditos y técnicas de bolillo, encuentran la historia de un niño que fue verso, de un hombre que amó, de una esposa que guardó con celo los recuerdos, de una anciana que confió su legado a una ciudad lejana, y de un museo que, contra humedad e insectos, ha mantenido vivo ese latido.
Las sábanas que llevan bordadas las iniciales de José Francisco y Teté, los manteles que tal vez vieron celebraciones íntimas, las servilletas que alguna vez rozaron labios felices, son hoy el testimonio de que el amor, cuando es verdadero, encuentra la manera de no extinguirse. Se teje en hilos de lino, se borda con paciencia, se hereda con generosidad.
En cada punto de aguja y hebra cuidadosamente conservada, el ajuar del Ismaelillo sigue tejiendo su historia. Porque hay amores que no terminan cuando se acaba la vida. Hay amores que encuentran en un hilo la manera de seguir vivos.
Y Santa Clara, sin saber quizás la dimensión exacta del tesoro que guarda, es hoy la almohada tibia donde ese amor descansa y espera, pacientemente, a quien quiera descubrirlo. (Roxana Soto del Sol, ACN)
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