El 4 de febrero de 1962, la Plaza de la Revolución José Martí resultó pequeña para tantos cubanos que respondieron a la convocatoria del gobierno revolucionario a la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo, luego de que Cuba fuera expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA), durante la VIII Reunión de Consultas de Ministros de Relaciones Exteriores de dicho ente, efectuada en Punta del Este, Uruguay, entre el 23 y el 31 de enero de 1962.
En la referida reunión, Estados Unidos “pretendía el aislamiento diplomático de Cuba; el cese total del comercio con la Isla; y, especialmente, su expulsión del Tratado Interamericano de Defensa Recíproca (TIAR) aduciendo como pretexto el vínculo con potencias extra continentales y la incompatibilidad del marxismo-leninismo con los principios del Sistema Interamericano”.
Ante más de un millón de mujeres y hombres reunidos en la plaza, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, entonces Primer Ministro, comenzó su discurso: “Compañeros y compañeras de la Segunda Asamblea General Nacional del Pueblo:
“Se reúne por segunda vez, con carácter de órgano soberano de la voluntad del pueblo cubano, esta Asamblea General en el día de hoy; y se reúne para dar cabal respuesta a la maniobra, a la conjura, al complot de nuestros enemigos en Punta del Este”, afirmó.
Poco a poco, fue desgranando la patraña orquestada contra la Revolución y argumentó que, desde un inicio, “nuestro pueblo sabía perfectamente bien qué se proponían los imperialistas yankis”.
Subrayó que la conferencia no tenía otro propósito que “promover nuevas agresiones y nuevos complots contra nuestro país…”.
Y añadió: “…Y, desde luego, ya el imperialismo ha dado nuevos pasos agresivos. Como explicó nuestro Presidente al hablar en la tarde de hoy, ya los imperialistas han acordado un embargo más —¡uno más! — sobre nuestras relaciones comerciales”.
Precisamente, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, había firmado el 3 de febrero la Orden Ejecutiva Presidencial que impuso a Cuba el férreo bloqueo económico, comercial, financiero que se mantiene por más de seis décadas.
El líder cubano denunció que cada vez ha sido más abierta y desenfrenada la intervención del gobierno de EE.UU. en la política interna de los países de América Latina, a la vez que reafirmó la vocación revolucionaria de los pueblos latinoamericanos.
Quedó en la Segunda Declaración de La Habana patentizada la profunda vocación martiana de los cubanos. No es casual que en las primeras líneas del documento se retome la carta inconclusa enviada por José Martí a su amigo Manuel Mercado, pocas horas antes de morir en combate el 19 de mayo de 1895.
“Ya Martí, en 1895, señaló el peligro que se cernía sobre América y llamó al imperialismo por su nombre: imperialismo. A los pueblos de América advirtió que ellos estaban más que nadie interesados en que Cuba no sucumbiera a la codicia yanki, despreciadora de los pueblos latinoamericanos”, expuso la declaración.
El histórico documento, que ratificó la Primera Declaración –aprobada en consulta popular, el 2 de septiembre de 1960–, subrayó el pensamiento independentista y latinoamericanista de la Revolución, convertida en faro de América Latina.
Todavía resuenan aquellas palabras finales: “Porque esta gran humanidad ha dicho “¡Basta!” y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia!" …”.
Al concluir la lectura del texto, la multitud levantó las manos y cantó el himno nacional cubano y la internacional. Quedó así aprobado un manifiesto que mantiene plena vigencia.
Más de 60 años después, los cubanos siguen demostrando la voluntad de defender la Patria y su Revolución al precio que sea necesario frente a las agresiones del imperialismo yanqui.
