En tiempos donde la guerra mediática y las sanciones buscan doblegar la voluntad de los pueblos, la voz del profesor, ensayista e investigador francés Salim Lamrani se alza como referente imprescindible para comprender la resistencia cubana.
Especialista en las relaciones entre La Habana y Washington, Lamrani ha dedicado décadas a desmontar mitos y revelar las contradicciones de la política estadounidense hacia la isla.
En diálogo exclusivo con la Agencia Cubana de Noticias, el intelectual analiza con rigor histórico y mirada crítica los desafíos de Cuba en el escenario internacional, subrayando que la verdadera “amenaza” de la nación caribeña no es militar ni política, sino el ejemplo de soberanía y dignidad que ofrece al mundo.
---¿Qué evidencias históricas demuestran que Cuba nunca ha representado una amenaza militar ni política real para EE.UU. desde 1959?
Es un pequeño país de apenas 10 millones de habitantes, con recursos limitados, que sufre un estado de sitio económico desde 1960 y que históricamente siempre se ha opuesto a las guerras de agresión. En su historia, nunca ha agredido a su vecino del Norte.
Por el contrario, desde el triunfo de la Revolución, siempre el territorio caribeño ha expresado, por la voz de todos sus presidentes, su disposición a tener relaciones cordiales, pacíficas y respetuosas basadas en los principios fundamentales del derecho internacional: la reciprocidad, la igualdad soberana y la no injerencia en los asuntos internos.
Cuando en 1984 los servicios de inteligencia cubanos se enteraron de que se estaba fraguando un atentado contra el presidente Ronald Reagan, avisaron inmediatamente a las autoridades estadounidenses. Cuba le salvó la vida a Reagan, a pesar de su política hostil.
Después de los atentados contra las Torres Gemelas en 2001, La Habana ofreció su espacio aéreo y sus aeropuertos a los Estados Unidos. Tras el huracán Katrina en 2005, propuso enviar su brigada médica Henry Reeve para socorrer a los damnificados.
Cuba es un país de paz, pero no está dispuesto a hacer concesiones sobre su soberanía. Washington debe entenderlo y comprender la idiosincrasia del pueblo cubano, que no resulta sensible al lenguaje de la amenaza, la intimidación, el chantaje o la coacción. Sólo entiende un lenguaje: el del diálogo respetuoso.
---¿Cómo se puede interpretar el bloqueo y las sanciones como un pretexto político, más que como una respuesta a un peligro objetivo?
El propósito de las sanciones económicas apunta a derrocar la Revolución. Era un fin secreto desde abril de 1960 hasta 1992. Desde 1992, con la adopción de la Ley Torricelli, es un objetivo público. Estados Unidos impuso las primeras medidas coercitivas unilaterales en julio de 1960, bajo la administración de Eisenhower. Luego, el presidente demócrata John F. Kennedy impuso las sanciones económicas totales en febrero de 1962.
Todas las administraciones sucesivas las han mantenido desde entonces.
Resulta interesante observar que la retórica diplomática para justificar este estado de sitio económico ha variado según las épocas. Eisenhower explicó que imponía sanciones a causa del proceso de nacionalizaciones y expropiaciones de empresas estadounidenses.
Kennedy alegó la alianza de Cuba con la Unión Soviética. Posteriormente, se esgrimió el pretexto del apoyo cubano a movimientos independentistas y revolucionarios en el Tercer Mundo, particularmente en América Latina y África. Finalmente, tras el desmoronamiento de la URSS, Washington recurre al argumento de la democracia y los derechos humanos.
En realidad, la Casa Blanca nunca ha aceptado que esta nación conquistara su verdadera independencia el primero de enero de 1959 ni que desafiara exitosamente su hegemonía en su propio “patio trasero”. Por eso intenta asfixiar al pueblo por todos los medios posibles.
---¿De qué manera la narrativa mediática estadounidense construye la imagen de Cuba como “enemigo”, y qué intereses se esconden detrás de esa representación?
Nadie toma esta acusación en serio, ni siquiera dentro de los propios EE.UU. El objetivo es construir un pretexto para justificar medidas coercitivas contrarias al derecho internacional, que la Oficina Oval pisotea cada vez que lo estima conveniente para sus intereses.
En el fondo, el Imperio aún no ha digerido 1959. No ha aceptado la realidad de una Cuba independiente ni el hecho de que un pequeño país, con recursos, geografía y demografía modestas, le haya dicho “no”.
---¿Qué papel juega la guerra mediática en la legitimación de las sanciones contra este territorio y cómo se vincula con la manipulación de la opinión pública internacional?
La opinión pública internacional se opone mayoritariamente al estado de sitio económico por varios motivos. En primer lugar, porque sabe que Cuba no representa una amenaza para nadie. La única “amenaza” que emana de Cuba deviene de su ejemplo en términos de soberanía y de universalización del acceso a la educación, la salud, la cultura, el deporte y el bienestar social.
Además, desde 1992, la comunidad internacional condena cada año, en la ONU y por abrumadora mayoría, las sanciones económicas unilaterales, anacrónicas, crueles e ilegales impuestas por Estados Unidos contra Cuba.
---¿Cómo se puede demostrar que Cuba es un país de paz, a partir de su política exterior de cooperación médica y solidaridad internacional?
La mayor de las Antillas desde el 59 ha hecho de la solidaridad internacional un pilar fundamental de su política exterior. Así, ya en 1960 ofreció su ayuda a Chile tras el terremoto que asoló al país. En 1963, el Gobierno de La Habana envió su primera brigada médica a Argelia para ayudar a la joven nación independiente a enfrentar una grave crisis sanitaria.
Desde entonces, la isla bloqueada ha extendido su cooperación al resto del mundo, particularmente a América Latina, África y Asia.
Entre 1959 y 2020, Cuba realizó más de 600 mil misiones en 158 países, con la participación de más de 326 mil profesionales de la salud.
Dentro de esa misma cuerda en 1998 decidió crear la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en La Habana, con el objetivo de formar a futuros médicos del Tercer Mundo. Desde su fundación ha graduado a cerca de 40 mil profesionales de la salud de 141 países, de los cuales aproximadamente el 95 % son médicos.
El papel de Cuba con las víctimas de la catástrofe nuclear de Chernóbil es único. Desde la creación, en 1990, del Programa de Atención Integral a Niños Afectados por Desastres, más de 26 mil niños de entre 5 y 15 años fueron atendidos gratuitamente acá, en respuesta al mayor accidente nuclear de la historia.
Corría 2004, cuando La Habana y Caracas lanzaron una amplia campaña humanitaria continental bajo el nombre de Operación Milagro, destinada a operar gratuitamente a personas pobres que padecían cataratas y otras enfermedades oculares.
Esta misión se extendió posteriormente a África y Asia. En quince años, los médicos cubanos devolvieron la vista a cerca de 4 millones de personas de más de 35 países.
En 2014, Cuba respondió a una solicitud de las Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud, enviando a 165 profesionales de la salud a Sierra Leona, Guinea y Liberia para combatir la epidemia de ébola. Se trató del contingente médico más numeroso desplegado en la región afectada.
Durante la COVID-19, varios países solicitaron la ayuda médica cubana. Por primera vez, brigadas médicas del patio intervinieron en Europa occidental. La Habana envió una brigada de 52 galenos y enfermeros a Lombardía, duramente golpeada por el virus. Andorra recibió a 39 profesionales cubanos, y Francia contó con el apoyo de 15 médicos durante la pandemia.
---¿En qué medida las medidas de Trump contra Cuba violan principios básicos del derecho internacional, como la igualdad soberana y la no injerencia?
Desde hace más de seis décadas, Estados Unidos asfixia al pueblo cubano mediante sanciones económicas anacrónicas e inhumanas. Esas medidas afectan a los sectores más vulnerables de la población – enfermos, niños, personas mayores y mujeres embarazadas – y tienen un impacto devastador en todos los ámbitos de la sociedad.
De carácter retroactivo y extraterritorial, las sanciones contravienen los principios más elementales del derecho internacional.
Durante su primer mandato, Donald Trump impuso 243 nuevas medidas coercitivas unilaterales –50 de ellas en plena pandemia de la COVID-19– contra el pueblo cubano, atacando las principales fuentes de ingresos de la isla: la cooperación médica, las remesas de la diáspora y el turismo. Entre 2017 y 2020, la Casa Blanca impuso, en promedio, una nueva sanción por semana durante cuatro años consecutivos.
Las sanciones ocasionaron en 2025: pérdidas por valor de 7 mil 500 millones de dólares, lo que equivale a 20 millones de dólares diarios, o 15 mil dólares por minuto.
Tal cifra corresponde al consumo eléctrico de los 10 millones de cubanos durante seis años. Con ese mismo monto, Cuba podría garantizar el abastecimiento de productos de primera necesidad para toda la población durante el mismo período.
Desde 1960, las sanciones han causado pérdidas acumuladas estimadas en 170 mil millones de dólares, y más del 80 % de la población antillana ha nacido bajo este estado de sitio económico.
El 29 de enero de 2026, la administración Trump adoptó un decreto presidencial que calificó a Cuba como una “amenaza extraordinaria e inusual para la seguridad de Estados Unidos” e impuso aranceles a cualquier país que suministrara petróleo a la isla. Desde entonces, Cuba – ya duramente golpeada por el cerco económico y por repetidas catástrofes naturales – enfrenta una situación extremadamente difícil al verse privada de un combustible vital para su economía y sus servicios esenciales.
El sistema eléctrico cubano, del cual dependen el suministro de agua potable, los hospitales y las escuelas, depende en gran medida del acceso al petróleo.
---¿Qué lecciones ofrece la resistencia de Cuba frente a la guerra mediática y las sanciones para otros países que enfrentan presiones similares?
Es un ejemplo de soberanía, valentía y fidelidad a sus ideas. No negocia su independencia y exige el respeto de los principios fundamentales del derecho internacional. No se deja intimidar ni cede ante el lenguaje de la amenaza.
Esa actitud resulta admirable en un mundo donde con demasiada frecuencia prevalecen la cobardía y la traición.
Con sus reflexiones, el académico francés dejó claro que el estudio de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos exige rigor histórico y mirada crítica, lejos de simplificaciones mediáticas.
Sus valoraciones aportan claves para comprender un vínculo marcado por tensiones y desafíos, pero también por la resistencia de un pueblo que defiende su soberanía.
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