Con más de 80 años de vida, María del Carmen Ferrer Castañedo tiene la placidez que da la ancianidad, pero mantiene la fuerza interior que la consagró como la primera mujer portuaria de Cienfuegos.
Desde muy joven anduvo por los recién nacidos caminos de la Cuba revolucionaria abiertos para todos el primero de enero de 1959.

EL PUERTO, MI GRAN AMOR
Si de amores habla Carmucha, como todos la nombran, siempre pone en primer lugar al puerto sureño, donde fue iniciadora del trabajo femenino en los muelles. Allí conoció de éxitos laborales extraordinarios, de esfuerzos inigualables, recuerda que los días no tenían fin, porque el final lo marcaba el cumplimiento de cada tarea.
Asegura que vio como los estibadores, hombres de muy bajo nivel cultural y orígenes muy humildes conocieron de la justeza e igualdad después que triunfó la Revolución. Ella coadyuvó a que se superaran en escuelas para adultos, que adquirieran mejores maneras y modales.
Recuerda que era muy insistente en cada empeño. Así logró muchas cosas para bien de los braceros, desde que se sindicalizaran, estudiaran, hasta que se vistieran mejor y no dijeran palabras subidas de tono en un mundo tan machista como los predios portuarios de la Perla del Sur.
Aunque comenzó a trabajar en las oficinas muy pronto quiso estar en la zona uno, especializada en carga y descarga, donde estudió y se hizo tarjadora.
“Eso era maravilloso, rememora, ver como esos hombres no perdían un minuto de trabajo para lograr que cada buque cobrara pronto despacho, pensar en que por simple descuido se tenía que pagar estadía, los entristecía a todos.
“De aquellos años resultan inolvidable los Domingo Rojos, en saludo al triunfo de la Revolución de Octubre. Los muelles parecían un inmenso hormiguero y ahí estaba yo, no importaba si era de día o madrugada. Vivía en el puerto y para el puerto, siempre fui feliz, nada de eso significaba sacrificio, al contrario, era mi vida, mi motivación”.

FAMILIA, SATISFACCIONES Y ANHELOS
Carmucha creció en una familia de estirpe revolucionaria, con valores éticos y morales de igualdad, respeto y solidaridad. Desde niña vio a sus padres tratar por igual al negro y al blanco, al rico y al pobre. Su hermana fue combatiente de la clandestinidad y sus progenitores figuraron en todas las acciones y tareas que necesitaba la Revolución.
Aunque nació en Santa Clara, amó el mar desde pequeña. Por eso, cuando solamente tenía 12 años y su papá llegó a Cienfuegos a trabajar y allí estableció la familia, vibró de dicha. Aún insiste en decir que el olor de la bahía y el ir y venir de sus aguas, alimentan su espíritu y la llenan de vida.
Con solo 20 años entró al puerto de Cienfuegos. En ese difícil lugar tuvo sus cinco embarazos, muchos antiguos compañeros de trabajo cuando conversan le recuerdan cómo iba y venía ya con la gestación avanzada.
“Mis hijos son muy buenos, todos tienen sus profesiones, y sobre todo excelentes trabajadores, claro, tienen que ser así porque antes de nacer ya conocían el deber y la responsabilidad”, relata con notable seguridad.
“El apoyo de mi madre fue fundamental, sobre todo cuando los niños eran pequeños, ella era dirigente de la Federación de Mujeres Cubanas, en muchas ocasiones los recogía de sus escuelas o círculos infantiles y los llevaba para el trabajo. En esos años las jornadas laborales eran largas, el tiempo no existía.
“Tenerlos en el puerto era casi imposible porque ese enclave es muy peligroso. Recuerdo con tristeza la ocurrencia de accidentes fatales, muy pocos, pero ocurrían, porque constituye un mundo lleno de cargas izadas, hombres que van y vienen, camiones que llegan, ruido, mucho ruido no podía tener los muchachos allí”, afirma con vehemencia.
Carmucha considera que ha cumplido todos sus sueños y satisfecho sus anhelos, pero aún ya con dificultades para caminar por problemas óseos, decide iniciar una nueva vida, va a criar abejas meliponas porque mientras hay vida hay algo que hacer y soñar.
Satisfecha por crecer junto a la Revolución, feliz por la familia que engendró, solo le queda un deseo: el día que muera, una vez incinerada, viertan sus cenizas en la zona uno Olimpia Medina, del puerto de Cienfuegos, donde vivió, fue feliz y donde quiere descansar.
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