Aleida Best hizo camino al andar

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ACN - Cuba
Roger Aguilera Morales Foto: Yaciel Peña
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21 Agosto 2026

   “¡Qué tal Aleyda!, ¿Cómo van los muchachos en la Universidad?, ¡Ah!, mis felicitaciones por el premio, por tus declamaciones…” Y ella siempre gentil y sonriente, agradece elogios y le dedica unos minutos de su tiempo a quienes la detienen en su andar para hacerle una pregunta o ‘piropearle’, una de esas cosas que la hacen única.

   Sin embargo, para llegar ahora a sus 80 años, con una vitalidad enfundada, carácter asequible y amable, esta mujer de piel negra, criada en extrema pobreza entre haitianos y jamaicanos, tuvo que transitar por un camino muy empedrado que solamente una guerrera resiliente como ella pudo imponer voluntad y seguridad en sí misma para salir adelante.

   Cuando daba los primeros pasos en la década del 40 del siglo XX, devino el primer infortunio en su ciudad natal, Las Tunas; a los cuatro años perdió a su querida madre.

   Y para colmo la niña no pudo regresar a la casa que la vio nacer porque la única alternativa para pagar los funerales de su progenitora fue vender el modesto hogar.

   Al recordar este pasaje de su vida, detiene la fluidez del diálogo, piensa un rato y continúa: “Desde entonces comencé a vivir un tiempo con mi papá y otro con mi hermana Hilda en el barrio El Marabú”.

   Su padre, un barbadense que llegó a Cuba en la década del 20 del pasado siglo, le enseñó inglés y otras materias. Entonces Aleyda se presentó a una prueba en una escuela pública en 1954 conocida como Las Seis Aulas, y aprobó el cuarto grado a los ocho años.

   “Pero mi vida escolar duró muy poco, tuve que ponerme en función, como trabajadora doméstica o criada --también le llamaban así--, en casas de familias pudientes. Comencé percibiendo tres pesos cada mes, después me trasladaba a otras residencias para ganar más, hasta llegar a un máximo de 35 pesos, en los primeros años de la Revolución.

   “En la última casa en que trabajé, Leonorcita, la hija de los dueños de la casa, me dijo: Oye, creo que están dando becas, anda apúntate que yo te doy una ropita para que te vayas, y cuando fui no era para becas, sino para participar en la Campaña de Alfabetización.

   “Me apunté y fui con un grupo de tuneros para Varadero. Recibí un seminario y tras terminar me ubicaron en el Pontón, actual provincia de Granma, en el seno de una magnífica familia.

   “De regreso a La Habana, al terminar la Campaña, concentrados en la Plaza de la Revolución, me fui abriendo pasos para llegar hasta Fidel, pero no pude.

   “Entonces gritábamos en coro: ¡Fidel dinos qué otra cosa hay que hacer! Y él nos respondía: estudiar, estudiar, estudiar.

   “De vuelta a Las Tunas, con 15 años, empecé a trabajar voluntariamente en lo que se convocara, en la trilla de café, recogida de algodón y como aficionada a la cultura… pero tuve que reincorporarme como trabajadora doméstica, mientras por la noche estudiaba para alcanzar el sexto grado.

   Ya a los 17 llegó la oportunidad de Aleyda de entrar en el mundo de la pedagogía, como instructora en un seminternado de niñas y al terminar fue seleccionada Vanguardia Nacional.

   “Un día estando en una escuela abierta para la superación de las domésticas, me dije: ¿Hasta cuándo voy a ser trabajadora doméstica? Entonces pasé un curso emergente para maestros en Birán, donde nació Fidel. Pero después no sabía cómo enfrentarme a un aula y comencé practicando yo sola frente a un espejo”.

   Sin embargo, por las venas de Aleida Best corría un bichito que no la dejaba tranquila: cantaba, declamaba y hacía teatro. Entonces integró el grupo musical Los Surik, ganador de festivales nacionales de aficionados, e incursionó en los programas Oígalo si quiere y el Cuento, de la emisora Radio Circuito de su natal terruño.

   Y al continuar sus ansias de superación, se licenció en historia, hizo una maestría dirigida desde Santiago de Cuba, con una profunda investigación sobre la influencia caribeña en Las Tunas, que también fue la esencia que la llevó a conquistar el doctorado en Ciencias Pedagógicas.

   “Pero ello no fue nada fácil, tuve que trasladarme a los municipios ‘cogiendo botellas’ los fines de semana y durante mis vacaciones”.

   Ahora en su modesto hogar, de sus paredes no cuelgan los méritos que ha recibido en su existencia, ni siquiera su título de doctora, ni el de Hija Ilustre de la ciudad de Las Tunas, ni el más reciente: Premio Nacional Doctor Justo Alberto Chávez Rodríguez, Por la Obra de Toda la Vida.

   Aleida continúa como profesora titular de la Universidad de su provincia, pero no ha dejado a un lado la cultura. Desde hace cuatro décadas integra el coro gigante de la CTC y de vez en vez la invitan para que declame una poesía, en un acto público o en un ambiente amistoso.

   El magisterio y la cultura son sus pasiones, y en agradecimiento a la Revolución nunca rechazó otras propuestas. De ahí que fue ideológica de los CDR a nivel provincial, funcionaria del Poder Popular y siempre fiel aliada a la Federación de Mujeres Cubanas.

   Ahora, al frente del bloque 43 en la urbe tunera, tiene el encargo de contribuir a que los jóvenes se alejen del consumo de drogas, mediante diálogos con ellos y la familia.

   Pero Aleyda sigue “haciendo camino al andar”, sus ocho décadas no son un freno para continuar. Está enfrascada en un postdoctorado y a punto de presentar, para su publicación, un libro en español, inglés, francés y creole, sobre un artista autodidacto haitiano.

   Todo ello hace recordar un famoso cuento de Onelio Jorge Cardoso, Francisca y la Muerte, que terminó cuando alguien extendió un saludo cariñoso al personaje central de la obra: “Francisca, ¿cuándo te vas a morir? Y ella le devolvió el saludo alegre: Nunca, siempre hay algo que hacer”. 

 


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