Cincuenta años después de haber transcurrido aquel suceso memorable en los Juegos Olímpicos de Montreal, todavía me parece estar escuchando la voz inigualable de Héctor Rodríguez: «¡Ahí¬ viene Juantorena con el corazón!, ¡Juantorena!, ¡Juantorena!...»
Era el 25 de julio de 1976 y, quien escribe estas líneas estaba a veinticuatro horas de cumplir 14 años, eso refuerza aún más mis recuerdos sobre el instante en que el Elegante de las Pistas entró primero a la meta en la carrera de 800 metros planos en la magna cita multideportiva.
Justo a las 4:00 p.m. sonó el disparo que dio inicio a la final de las dos vueltas al óvalo, en el carril uno estaba Carlos Grippo (ITA); en el dos, Willi Wulbeck (RFA); en el tres, Ivo Van Damme (BEL), y en el cuatro, el estadounidense Rick Wohlhuter.
Por el cinco, Alberto Juantorena; en el seis, el indio Sri Ram Singh; en el siete, Luciano Susang (YUG), y por el ocho, el inglés Steve Ovett.
Juantorena empezó la carrera más lento que los demás, pasados los 200 metros se puso al frente del grupo, pero sorprendentemente el indio Singh pasó por su lado a la altura de los 400 metros.
Comenzaba entonces el tramo de la verdad, el santiaguero y Wohlhuter le dieron alcance a Singh, sin embargo, en los últimos metros al norteamericano le flaquearon las fuerzas, lo cual aprovechó el belga Van Damme, para conquistar la medalla de plata.
El oro nadie se lo pudo arrebatar a Juantorena, que cruzó la meta con los brazos en alto, mientras en la pizarra quedaba reflejada la marca: 1:43, 47 ¡récord mundial!
Era la primera presea de la delegación cubana en aquella confrontación multidisciplinaria y el primer título de la mayor de Las Antillas en el atletismo olímpico, a pocas horas de una fecha tan especial para los cubanos como el 26 de Julio.
Después de haberse coronado campeón, el atleta indómito declaró: «Este récord y esta medalla los dedico a un hecho muy significativo para mi pueblo: la conmemoración del asalto al Cuartel Moncada.»
Fue el preámbulo de una hazaña que no ha podido ser igualada en competencias bajo los cinco aros, pues cuatro días después de haberse celebrado la final de los 800 metros, tras intervenir en dos rondas eliminatorias y la semifinal, el 29 de julio Juantorena salió en busca del título en su especialidad favorita de entonces: los 400 metros.
Junto a él avanzaron hacia la disputa de las medallas los estadounidenses Fred Newhouse, Maxie Parks y Hermann Frazier; el belga Alfons Brijdenbach, el australiano Richard Mitchell, el británico David Jenkins y el polaco Jan Werner.
Durante la carrera, Juantorena estuvo detrás de Newhouse y Frazier, hasta que a partir de los 300 metros comenzó su ataque, y cuando faltaban 50 metros tomó la delantera para con su elegante paso llegar primero, con 44.26 segundos, que constituyó en ese momento, la mejor marca de todos los tiempos a nivel del mar. Después entraron Newhouse (44.40) y Frazier (44.95).
De esta manera, hace 50 años, el cubano se convirtió en el primero y, hasta ahora único atleta en estampar semejante doblón de oro en la historia de los Juegos Olímpicos, en pruebas que se consideran diferentes, técnica y tácticamente.
En Londres, 1948, hubo un par de corredores que estuvieron a punto de protagonizar el hito, pero no pudieron concretarlo, uno fue el jamaicano Arthur Wint, oro en 400 y plata en 800, mientras que el estadounidense Malvin Whitfield obtuvo el metal áureo en 800, pero se tuvo que conformar con la presea de bronce en los 400.
Luego de su hazaña, Juantorena tuvo fuerzas todavía para al siguiente día integrar el relevo 4x400, que logró acceder a la final, en la que los nuestros se ubicaron en la séptima posición.
Casi nunca se habla que del 23 al 31 de julio, el Elegante de las Pistas corrió ¡nueve veces!, sumadas sus actuaciones en eliminatorias y finales, solo descansó el 27 de julio.
«Ojalá yo tuviera en mis brazos la fuerza que tiene Alberto Juantorena en sus piernas», exclamó por aquel entonces el húngaro Imre Foeldi, trimedallista olímpico en levantamiento de pesas.
La proeza de Juantorena en Montreal causó tanto impacto que la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva (AIPS) lo consideró el mejor del planeta en 1976 y cuando en 2012 se creó el Salón de la Fama de la Federación Internacional, el extraordinario corredor figuró entre las 24 primeras estrellas inmortalizadas en el prestigioso recinto del deporte rey.
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