La Habana, 2 ago (ACN) El mar de Santo Domingo no descansa, respira hondo contra el Malecón, y en medio de ese rumor salado, bajo un sol que no perdona, la ciclista Marlies Mejías pedaleó en la final de la ruta de los Juegos Centroamericanos y del Caribe con algo más que piernas, con algo que no se entrena, que no se mide, que no aparece en los parciales.
Hubo un instante, apenas un segundo suspendido entre la curva final y el desenlace, en que todo se calló dentro de ella. Ni el viento en la cara, ni el jadeo, ni el grito del público. Solo una imagen: una carretera en Cuba, el olor a tierra caliente, su madre, el inicio de todo.
Porque hay distancias que no se cuentan en kilómetros y ella lo sabe. Hace años que no vive en la Isla, hace años que su rutina se escribe en otros mapas, pero hay pertenencias que no se mudan nunca, que se quedan ancladas como una raíz obstinada en el pecho.
El pelotón se rompió y ella no se desesperó. Lo aprendió a golpes, a fugas mal calculadas, a finales donde el corazón se le adelantaba a la cabeza. Ese día no, corrió distinto y administró la ansiedad como quien protege una llama en medio del viento. Y cuando decidió atacar, no fue solo una estrategia: fue una declaración silenciosa de que todavía sabía cómo volver, de que todavía podía encontrarse en ese punto exacto donde la atleta y la mujer coinciden.
La ciudad vibraba y el asfalto devolvía el calor como una bofetada constante. Desde el Malecón llegaban ráfagas de salitre, y por un momento todo parecía mezclarse: Dominicana y Cuba, presente y pasado, familia y bandera. Porque su vida también es eso, un puente tendido entre dos orillas. Su hija la espera en una acera cualquiera de este país que también siente suyo, pero en su cabeza resuena otra palabra, una sola, repetida como un latido: Cuba.
Y entonces llegó la última curva. Ella La tomó como quien entra a un recuerdo. Ajustó y midió, porque sabía que hay decisiones que definen carreras y hay otras que definen lo que uno es. Cuando salió de ahí, cuando abrió las piernas y dejó que la bicicleta respondiera, ya no estaba compitiendo contra nadie: estaba corriendo contra todo lo que la separa de ese origen que no se le borra.
La meta apareció como un golpe de luz y cuando cruzó y levantó los brazos, lo que salió de su boca no fue un grito cualquiera. Fue una herida abierta y feliz, una necesidad antigua, un regreso: “Lo hicimos, Cuba”. No lo dijo desde la geografía, lo dijo desde la memoria, desde esa parte de sí misma que nunca se fue.
Después vinieron los abrazos, las risas, el cuerpo que por fin se rinde, la hija que llega y la devuelve al presente. Pero hay algo que no cambió: esa manera suya de mirar la bandera, más que un símbolo, una casa. Porque Marlies Mejías vive lejos, entrena lejos, construyó su vida lejos… y sin embargo compite como si nunca se hubiera ido.
Quizás por eso emociona verla ganar. Porque en un deporte donde todo parece medirse en segundos, ella compite en otra escala. La del desarraigo, la del sacrificio, la de pertenecer a un sitio que no siempre se puede tocar. Y aun así, cada vez que aprieta los pedales, vuelve a Cuba...y gana.
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