La Habana, 29 ene (ACN) Yuniesky Larduet escribió hoy, con un swing de redención, la escena decisiva que envió a los Leñadores de Las Tunas a las semifinales de la 64.ª Serie Nacional de Béisbol.
El Bosque Encantado del Julio Antonio Mella era una caldera viva, un anfiteatro de respiraciones entrecortadas y banderas en trance. Los verdirrojos, bicampeones, defendían su corona como quien protege un fuego sagrado, mientras Villa Clara, el equipo sorpresa de Ramón Moré —de cumpleaños, como si el destino también celebrara—, se negaba a ser convidado de piedra.
Siete a siete en el octavo. El partido había entrado en ese territorio donde el béisbol deja de ser deporte y se convierte en relato: cada lanzamiento pesa como una decisión moral, cada paso por las bases parece una metáfora del tiempo. La Pesadilla Oriental, que tantas veces había hecho temblar estadios, fue contenida desde el segundo capítulo por el pulso frío del relevista Omar David Pérez.
Y entonces llegó la octava entrada. Dos outs, un hombre en segunda, el estadio de pie como una sola criatura. Larduet, que ya se había vestido ayer con la piel de héroe, caminó hacia la caja de bateo con el rostro de los veteranos: no pedía permiso, no imploraba milagros. Había fallado tres veces en la tarde. No era su temporada, no era su mejor año, no era su estadística, pero era su momento.
Porque hay peloteros que viven de números, y otros que sobreviven al olvido. Larduet pertenece a la segunda estirpe: diecinueve series nacionales a cuestas, cicatrices invisibles, madrugadas de guante sudado, derrotas y victorias memorables archivadas en la memoria como viejas películas en blanco y negro. Un Leñador de pura cepa, de los que no se rompen: se astillan.
El trono del béisbol cubano tembló cuando el lanzador soltó la pelota. Un segundo eterno. El swing fue limpio, seco, casi definitivo. La bola viajó hacia la pradera izquierda como un mensaje cifrado al pasado, y el corredor en segunda desató la carrera más importante de la jornada. Cuando cruzó el plato, el estadio explotó en un rugido primitivo: no era solo una ventaja, era una absolución.
El doble de Larduet no fue un simple batazo, fue una negación al desgaste, una respuesta al paso de los años, una firma de sangre en el libro invisible de la dinastía tunera. En medio de la locura, mientras los abrazos se multiplicaban como relámpagos humanos, el veterano miró al cielo con esa serenidad de quien sabe que, al menos por hoy, ha vuelto a ser imprescindible.
Lo demás fue la liturgia del cierre. Yudier Rondón clavó la última puntilla en el ataúd villaclareño con otro hit, y Alberto Pablo Civil, con tres outs impecables, selló la victoria como un notario del destino. Pero todos sabían que la historia ya estaba escrita desde antes: desde ese instante en que un hombre cansado decidió no cansarse más.
Las Tunas avanzó. La corona sigue en juego. El Bosque Encantado se quedó sin voz y con memoria y en algún rincón invisible del béisbol cubano, Yuniesky Larduet —el que no brilló en la temporada, el que falló tres veces, el que llevaba diecinueve años cargando su propio pasado—, volvió a demostrar que hay héroes que no nacen de la estadística, sino del coraje.
Porque el tiempo también se puede derrotar. A veces basta con un doble al jardín izquierdo y con la dignidad intacta de un Leñador que se negó a ser recuerdo y empujó a los suyos, otra vez, a la tierra donde descansan los cuatro grandes del béisbol cubano.
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