La Habana, 27 ene (ACN) Cuando el Nelson Fernández rugía como un volcán y los Huracanes olían la hazaña, Rafael Orlando Perdomo subió hoy al montículo y torció el destino: Industriales venció 5-3, selló su cuarto triunfo y abrió la puerta de semifinales.
El estadio estaba lleno hasta la última grieta de concreto. Congas golpeando el aire, trompetas improvisadas, gargantas rotas de tanto creer. Mayabeque empujaba con su gente y con un equipo que no se rinde, un enjambre decidido a morder cada lanzamiento. Industriales había logrado empatar a tres en el quinto episodio, pero el juego seguía oliendo a pólvora. Fue entonces cuando apareció él.
Perdomo, El Talismán Azul, caminó desde el bullpen con la calma de quien ya ha visto este fuego. Parecía un veterano con la brújula clavada en el pecho. Natural del Cerro, traía esa flema heredada de barrio y esquina, esa manera de mirar el diamante como si fuera un patio conocido. Subió a la lomita con la misión que las abuelas resumen mejor que nadie: cortar con una tijera el rabo de nube del Huracán. Y lo hizo, puntada por puntada.
La temporada le había sido esquiva. Una lesión le cerró el grifo cuando el cuerpo pide ritmo, y el calendario avanzó sin él. Pero la postemporada no entiende de excusas. Ahí Perdomo volvió a ser el que fue Novato del Año en 2023, y algo más: un lanzador que sabe cargar letras góticas sin que le tiemble la mano.
Desde el quinto, cada envío fue una promesa cumplida. Rectas con filo, rompientes con mala intención, cambios que caían como hojas secas. Nada lo distrajo, ni el bullicio, ni el nervio ajeno, ni el peso del momento.
En las gradas, su madre lo miraba. No gritaba, rezaba a todos los ancestros. Entre banderas y tambores, su fe era un hilo invisible que lo ataba al centro del diamante. Cada out era un paso menos hacia el miedo; cada inning, una página nueva en una historia que se escribía a contraluz. Perdomo respiraba hondo, ajustaba la gorra, miraba el guante y volvía a empezar. Así, con una vergüenza enorme —de esa que dignifica— llevó el partido sobre los hombros.
Mayabeque intentó todo. Tocó, apretó, buscó la grieta, pero el diestro cerró puertas como quien conoce la casa. Los bates rivales chocaron contra un muro invisible. La conga no se apagó; se volvió súplica, y en medio de ese ruido, el Talismán sostuvo el silencio necesario para ganar.
El guion pedía un clímax y lo tuvo en el noveno. Yasmani Tomás, ex Grandes Ligas, tomó el turno con un compañero en base. El relevista Marlon Vega lanzó y la esférica desapareció, un latigazo que cruzó la tarde y cambió la marea. Fue el golpe definitivo, la ventaja que Industriales necesitaba para cerrar el telón. La victoria cayó en las manos de Perdomo como cae un destino merecido.
Tercer triunfo del joven en esta postemporada, los mismos tres actos de fe que explican cuatro victorias azules. No es casualidad: es carácter. Perdomo lanzó por historia, por su madre en las gradas, por el barrio que lo vio crecer, por un equipo que necesitaba alguien capaz de sostener el pulso cuando el ruido aprieta.
Cuando el último out se consumó, el estadio entendió. Los Huracanes habían peleado con dignidad, empujados por su gente, pero la jornada tenía dueño.
Rafael Orlando Perdomo bajó del montículo como suben los elegidos: sin alardes, con la serenidad de quien sabe que cumplió. Industriales estaba en semifinales y el Talismán Azul, ese niño que aprendió a lanzar mirando el mundo de frente, había vuelto a cortar nubes. Esta vez, con tijeras de acero.
© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
