Santa Clara,8 nov (ACN) Una leyenda sobre un enamorado que recurrió al engaño para librarse de una vecina curiosa y acercarse a su amada podría explicar el nombre antiguo de la Calle de los Huesillos, relato que el periodista, escritor e intelectual cubano Florentino Martínez Rodríguez rescató en su libro Ayer en Santa Clara.
Publicado en 1959 por el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad Central de Las Villas, el volumen conserva esta narración de la tradición oral y permite asomarse a las costumbres, los temores y la vida nocturna de la villa en sus primeros tiempos.
Antes de que la calle recibiera los nombres de Rosario, San Juan Bautista e Isabel Segunda, una parte de la vía que hoy corresponde a Colón y Luis Estévez era conocida como la Calle de los Huesillos, denominación cuya procedencia ha quedado como interrogante para vecinos e investigadores.
En el relato de Martínez Rodríguez, Santa Clara aparece bajo un alumbrado tenue, con faroles de aceite colgados en algunas viviendas y una luz que apenas conseguía imponerse a la oscuridad, mientras los árboles y los solares despoblados prolongaban las sombras sobre las calles.
A esa escena se sumaba el cierre temprano de las casas y la afición de los vecinos a creer en apariciones y duendes, un ambiente que el autor describe sin perder el humor y que sirve de marco para la historia de Mercedes, joven hija del alcalde ordinario de la villa.
La muchacha correspondía a un pretendiente que, aunque contaba con su afecto, no encontraba manera de acercarse a ella sin exponerse a la vigilancia de su padre, hombre de carácter severo cuya autoridad pesaba tanto dentro del hogar como en la vida pública.
El enamorado y Mercedes habían convenido comunicarse desde una ventana durante la noche, cuando sus padres y los vecinos estuvieran recogidos, pero el plan tropezaba siempre con la misma dificultad: una mujer permanecía tras el postigo de la casa frente a la del alcalde y observaba cuanto ocurría en la calle.
Según reconstruye Martínez Rodríguez, aquella vecina era una beata entrada en años que vivía con una mujer africana y solía permanecer despierta hasta la medianoche, primero a la espera del Santo Rosario y luego por su costumbre de mirar a los transeúntes y reunir noticias para las conversaciones del día siguiente.
El joven intentó acercarse a la ventana de Mercedes en varias ocasiones, pero cada vez descubrió la silueta detrás del postigo, circunstancia que lo llevó a asistir a la procesión nocturna del Rosario para observar a la mujer sin llamar su atención y conocer quiénes habitaban la casa.
Después de confirmar que la curiosa vivía allí con su compañera, decidió poner en práctica una treta, primero con un susto que la hizo cerrar la ventana y, más tarde, con un envoltorio que presentó como un par de velas y un candelero.
Una noche llegó disfrazado, con un abrigo largo y el sombrero calado hasta los ojos, y pidió a la mujer que guardara el paquete en nombre de la Virgen, mientras lo introducía por un hueco de la ventana antes de que ella pudiera cerrar el postigo.
Al desenvolverlo, la vecina encontró un cráneo y dos tibias humanas en lugar de los objetos que esperaba, y recordó la promesa del desconocido de llevarle más huesos hasta llenar la casa, una amenaza que, en medio de las supersticiones de la época, bastó para que decidiera mudarse al amanecer.
La tradición recogida por el escritor cuenta que el pretendiente presenció la partida desde un sitio cercano y que, libre ya de aquella vigilancia, pudo comunicarse con Mercedes por la ventana, mientras entre los vecinos se extendía la historia de una casa donde aparecían seres nocturnos con osamentas.
Martínez Rodríguez no presenta el episodio como una explicación documental definitiva, sino como una posible respuesta al origen del nombre popular, y deja a los lectores y estudiosos de la historia local la tarea de valorar la relación entre la leyenda y la antigua denominación de la calle.
Con el paso de los años, la vía adoptó otros nombres y quedó integrada en la trama urbana actual, pero la historia de los huesos sobrevivió en la memoria oral y en las páginas de Ayer en Santa Clara, donde Florentino Martínez Rodríguez dejó constancia de una narración que combina el humor, el misterio y el ingenio popular.
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