Santa Clara, 15 ene (ACN) El cielo amaneció gris y la lluvia bañó la mañana, dicen los abuelos que, cuando alguien parte y el cielo llora, es porque ha muerto un alma buena.
El alma se nos estremece al ver la imagen de sus cuerpos ya inertes en brazos de sus hermanos, no existe un cubano que no sienta profundo dolor.
¿Cómo no ha de llover hoy en Cuba, si treinta y dos de sus hijos regresan a descansar bajo la tierra que los vio nacer?

Cuba no olvidará jamás el sacrificio de sus hijos; miles de cubanos dignos se inclinan hoy con respeto y gratitud para rendirles merecido tributo.
Llegan victoriosos, con la gloria en sus hombros, y se incorporan al destacamento de refuerzo que custodia la Patria, allí donde la memoria y la inmortalidad los abrazan para siempre.
Ellos se integran ahora al ejército de héroes que nos precede; se unen en la inmortalidad a su Comandante en Jefe.
Son la encarnación de esa estirpe que, si nuestra bandera llegara a ser deshecha en menudos pedazos algún día, se levantaría desde el polvo para defenderla junto al último de los combatientes cubanos.
¡Dile a tu John que no venga, Mari! , que aquí, el imperialismo y los traidores, solo hallarán la firmeza del hierro y el lenguaje de la bala.
Cuando se muere en los brazos de la Patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe, ¡empieza al fin con el morir la vida!
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