Lidia y Clodomira, mártires del silencio

Durante los últimos meses de  1958, los  aparatos de la dictadura de Fulgencio Batista incrementaron  las acciones represivas y en la madrugada del 12 de septiembre esbirros dirigidos por Esteban Ventura y Conrado Carratalá irrumpieron en el humilde barrio Juanelo, en San Miguel del Padrón, y fueron directo al apartamento interior 11,  del edificio 271 de la Calle Rita.

Sin darles tiempo a defenderse acribillaron a balazos a los jóvenes revolucionarios refugiados en el inmueble: Reinaldo Cruz Romeo, Alberto Álvarez Díaz, Onelio Dampiell Rodríguez, Leonardo Valdés Suárez y apresaron  a Lidia Doce  y Clodomira Acosta, enlaces de la Sierra Maestra en la capital.

El amanecer del día 13 encontró los cadáveres de los revolucionarios aún tendidos en el ensangrentado suelo y sus verdugos con las ametralladoras en ristre amenazaban a los pocos vecinos que se atrevieron a presenciar los hechos, mientras otros golpeaban a las mujeres para que hablaran allí mismo. Ante su silencio las introdujeron en las patrullas y partieron dejando tras de sí el más triste panorama que recuerda aquel barrio.

Las  acciones revolucionarias y el secuestro de la Virgen de Regla, así como  el ajusticiamiento de un chivato en ese pueblo marinero tenían a la policía en jaque cuando una delación llevó a los esbirros  a la calle Rita. Supieron además de la estancia allí de dos emisarias del Ejército Rebelde, y suponían que confesarían sus contactos y tareas en la capital, lo que excitó la sed de sangre de los uniformados.

El apartamento de la calle Rita tenía pocas condiciones para asegurar la clandestinidad.  Era muy pequeño, carecía de  salida de emergencia y al ser interior la visibilidad sobre los alrededores de la zona era nula, lo que desgraciadamente facilitó la confidencia de un traidor.

Recoge una anécdota de gran sentido simbólico que los propios revolucionarios que caerían pocas horas después, llevaron a Lidia y Clodomira en la noche del 12 de septiembre a distraerse en el entorno del parque cercano de la Virgen del Camino, donde se mezclaba la vida nocturna con las creencias religiosas que se le atribuyen a la mencionada efigie que preside el lugar, idolatrada por la religiosidad popular como madre protectora de los caminos y bienhechora de visitantes en peligro; fue  el último paseo de sus vidas.

Lidia había arribado a La Habana a finales de agosto de 1958, y su compañera el 10 de septiembre. La primera se alojó en Guanabacoa y Clodomira en  la dirección referida, hasta que el día 11  Lidia decidió quedarse también en Juanelo.

Ambas eran muy diferentes. Lidia tenía 42 años  y había nacido en el pueblo de Velasco, en Holguín, donde cursó hasta el quinto grado y desde 1957 se había incorporado en tareas de apoyo al Ejército Rebelde, principalmente con la Columna del Comandante Ernesto Che Guevara, quien escribió sobre la heroica mujer estas sentidas palabras:

“Cuando evoco su nombre hay algo más que una apreciación cariñosa hacia la revolucionaria sin tacha, pues tenía ella una devoción particular hacia mi persona (…) llevó a Santiago de Cuba y a La Habana los más comprometedores papeles, todas las comunicaciones de nuestra Columna, los números del periódico El Cubano Libre, traía también el papel, traía medicinas, traía, en fin, lo que fuera necesario…”

Clodomira contaba al morir con 22 años, no pudo acceder a la primera enseñanza por su origen muy humilde, pero era una veterana con más de dos años como mensajera de Fidel, al mando de la Columna No. 1 José Martí, misiones que la llevaron inclusive al Frente del Escambray.

La suerte de Lidia y Clodomira se conoció después del triunfo de 1959, por testimonios de sus torturadores quienes explicaron que al no poderles sacar información, ya moribundas las remitieron  al asesino Julio Laurent, jefe de inteligencia de la Marina, el cual las mandó a introducir en sacos con peso y en una lancha las llevaron frente al litoral habanero y después de sumergirlas en varias ocasiones, sin que hablaran, finalmente las dejaron caer al mar el 17 de septiembre.

Aunque ocultaron sus cuerpos en las profundidades marinas, fracasaron en sus pretensiones de que fuera olvidado su ejemplo. A 65 años de sus asesinatos viven más que nunca en el cariño y recuerdo del pueblo como eternos ejemplos de firmeza e intransigencia de la mujer cubana.

Sobre ellas, el Comandante en Jefe Fidel Castro expresó: “(…) Clodomira era una joven humilde, de una inteligencia y una valentía a toda prueba, junto con Lidia torturada y asesinada, pero sin que revelaran un solo secreto ni dijeran una sola palabra al enemigo”. 

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