Por los barrios de Cuba resulta frecuente escuchar una música que identifica la presencia del vendedor ambulante de helados: generalmente recorren las calles en bicicletas o triciclos en los que llevan un contenedor para mantener la temperatura correcta y preservar la gustada golosina.
Desde lejos los vecinos saben que el heladero está al llegar, porque le reconocen por esas melodías, las cuales casi siempre provienen de series o animados infantiles de alta preferencia por cuanto llaman de inmediato la atención de niños, jóvenes y adultos.

Por la barriada de Obourke, una comunidad pesquera en la periferia de Cienfuegos, la canción del serial español Los Fruitis identifica al vendedor.
Los acordes de la gustada canción hacen que los compradores llamen y hagan ir hasta las puertas de las casas, al heladero que ofrece generalmente paleticas cubiertas de chocolate, pero también los brinda por vasos, según Denys Lazo, joven residente en ese lugar.
Recuerda la historia que este comercio ambulante tuvo sus inicios en los años de la gran depresión en Estados Unidos, cuando un magnate dedicado a la fabricación y comercio del alimento, al ver como disminuían las ventas, ideó cubrir las paleticas con crema de chocolate y equipó varios camiones para que recorrieran la ciudad; el éxito fue rotundo.
Vecinos de diferentes sitios de la Perla del Sur comentan la satisfacción de poder comprar desde sus casas, así dice Luis Miguel, estudiante de grado 12, residente en Pueblo Griffo, quien asegura que espera por las tardes al heladero.
En Cuba, en muchos casos, los tradicionales contenedores industriales los sustituyeron otros fabricados con poliespuma y cartón, así el ingenio popular creaba de manera artesanal una nevera que mantiene el frío y resulta económica.
Por regla general esos helados los producen en pequeñas industrias, a partir de frutas tropicales, entre los sabores más comunes resaltan los de guayaba, mango, plátano, realidad que los hace más demandados.
No es solamente una golosina preferida en estos predios porque Juan Armando Castillo, de Sancti Spíritus, comenta que la presencia de esos vendedores es muy frecuente, tanto en las barriadas de Los Olivos, como en el centro de la ciudad.
Iliensky Pardo, de Santa Clara, hace más de ocho años que recorre la urbe en esta labor y cuenta que todo comenzó cuando un amigo, con una pequeña fábrica, le propuso que llevara a vender por diferentes sitios el refrescante alimento.
Pardo recuerda que al inicio las ventas eran pocas, a lo sumo 40 paleticas en un día, luego, con la diversificación de los sabores y la inclusión de los vasos en las ofertas, la demanda aumentó considerablemente.
Asegura que de manera general los vendedores prefieren los barrios, porque en las partes céntricas de las ciudades o en las vías rápidas resulta muy difícil transitar en bicicletas y detenerse ante el reclamo de los compradores.
Yoanka Ruiz, vive en la Vigía, en Santa Clara, y tiene dos hijos de edad escolar. De manera jocosa narra que los niños escuchan desde lejos la musiquita y corren a la puerta. Realmente, añade, con esa melodía tan contagiosa y los sabores exquisitos que trae, resulta muy difícil vencer la tentación.
Ese alimento, hoy degustado por todos, en sus inicios solo lo consumía la monarquía.
En sitios especializados aparece referencia de que en Inglaterra en 1672 por vez primera incluyeron el "raro manjar" y fue durante un banquete ofrecido por su Majestad Carlos II, negado a quienes no eran descendientes directos de la realeza.
Para lograr la temperatura fría que caracteriza el refrigerio usaban nieve fresca, la que añadían a una mezcla de leche, azúcar y frutas.
Así nació lo que hoy ya se puede considerar una tradición urbana, que en su arrancada anunciaba la llegada con una campana, y luego emplearon música atractiva como las usadas por los vendedores de helados en el centro de Cuba. (Marta Hernández Casas, ACN)
Mhc och lm aryc yit 26
© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
