La brisa de una mañana de primavera en este convulso 2026 nos sorprendió en la finca Nazareno, intrincada en la geografía de la provincia de Mayabeque, a unos 12 kilómetros de San José de las Lajas. Es un sitio tranquilo donde la naturaleza es la dueña.
Orquídeas, caobas, ocujes y tecas ofrecen aromas diferentes y sombra. Allí, Anselmo Torres Cutiño labora desde hace 56 años y se le ilumina el rostro cuando habla de Fidel Castro, porque el Comandante en Jefe acudía al lugar para experimentar con tecnologías agrícolas, estudiar y leer, solo con el sonido de las aves que rondan los inmensos árboles.

Desde los primeros años de la década del 60 del siglo XX existe allí una pequeña cabaña de descanso, aunque no era tal. Su posición, alejada de los ruidos de la ciudad, permitía al Jefe de la Revolución desarrollar iniciativas sobre plantas proteicas para la alimentación animal.
Anselmo, ingeniero bioquímico, administra una pequeña fábrica de queso, rudimentaria y casi artesanal, que hoy pertenece al grupo empresarial de la Industria Agroalimentaria. Apenas 12 trabajadores se adentran en la magia y el arte de producir, en pequeñas escalas, el producto lácteo.
La cabaña, construida de madera y teja, atesora los sillones en el amplio portal donde Fidel acostumbraba a sentarse, la cama donde reposaba después de largas jornadas de trabajo y, en las paredes, fotografías que lo recuerdan en la última etapa de su vida.
No resulta fácil conversar con Anselmo. Es hombre de pocas palabras y mucho trabajo; pero tratándose del Comandante, accedió a evocar algunos momentos: “No todo, porque hay cosas que me llevo conmigo”, dijo.
"A este lugar le decían el Minifundio, en realidad no sé de quién salió el apelativo. Fidel llegaba a entrevistarnos, a preguntar, a indagar, a dialogar, porque realmente él comenzaba relajándote, para que tú te relajaras, y después iba a las profundidades, a preguntas específicas.
“Particularmente a mí me preguntaba sobre los quesos, porque es mi fuerte, es lo que yo realmente produzco. A la otra compañera, que era dirigente de aquí, le preguntaba de la agricultura. Pero lo mío era el queso y la leche, y cómo se podía mejorar esto, y cómo se podía resolver aquello…

“Por ahí, más o menos, se encaminaba su intercambio. A pesar de que él hablaba de todo, tenía una experiencia vasta, y me tiraba contra la esquina generalmente, porque bueno, uno domina la parte técnica, pero cuando se mete, digamos, política internacional, tú te sientes chiquitico al lado de él.
“Recuerdo una anécdota, que es la única que te voy a hacer, que me tenía giro, me tenía acorralado, y yo ahí por disciplina, manteniéndome con él en el intercambio hasta donde yo podía.
“Pero caímos en el tema de la pelota. Yo, hoy por hoy, le he dado tres tiros a la pelota porque me mata. Yo soy enfermo a la pelota, a la pelota buena y mala.
“Entonces, en ese momento comenzaba el primer clásico mundial, y tocamos el tema. Cuando tocamos ese tema, yo le dije: ‘Bueno, Comandante, hasta ahora me ha tenido contra las cuerdas, ahora soy yo el que le voy a poner a usted contra la cuerda’. Y le expliqué que al equipo le faltaba fulano y tal…
“Se quedó pensativo y me dijo: ‘Verdad, tienes razón’. Yo no te voy a decir el nombre ahora, para que no aparezca escrito, pero lo puso en el equipo y quitó a otra gente."
Anselmo se empina en el banco donde conversa, confiesa que se considera un conocedor del béisbol, lo vive, indaga y profundiza en todos los detalles de ese deporte.
Recuerda que Fidel pasaba a preguntar sobre temas de trabajo, cómo iba la fábrica, la producción, siempre pendiente.
"Él, en una oportunidad, pasó por aquí y dio 10 autos de los conocidos como ‘polaquitos’, autorizó que los compraran.
“Se compraron los polaquitos y cada vez que venía —venía dos o tres veces al año— preguntaba: ¿Cómo están los polaquitos? Y uno, de noble, siempre decía: no, estamos bien. Pasaban los años. Ya los polaquitos no dan más.
“Y un día viene y me pregunta, y yo le respondí que bien, porque es que no quería decirle, y la gente quería matarme, mis compañeros. ¿Por qué no lo dijiste? Compadre, yo no sirvo para eso. Pero nada, volvió, porque tú sabes que venía cada rato. Y vino con una compañera y volvió a preguntarme. Le dije: bueno, Comandante, ahora sí le voy a decir que los carros ya no dan más. Y le dijo a la compañera: anota eso.
“Ella lo anotó, pero como tú sabes, para ver al Comandante no es como tú quieras, y cuando él venía, eso murió ahí. El polaquito yo lo tengo, y todo el mundo me dice: ¿por qué no vendí el polaquito? ¿Por qué no lo negociaba? Porque la cosa es que con lo que da el Comandante no se hace negocio. Y por eso mantengo el polaquito."
Anselmo mira hacia arriba y su respiración se acelera un poco, los recuerdos se amontonan:
"Venía; si venía sin apuros, yo me sentaba ahí (señala un sillón en la esquina izquierda del portal) a conversar de todo, de lo que venga: dime de esto, cuéntame de aquello, cuéntame de lo otro. Hasta que me tiraba contra la esquina…"
Este hombre curtido por los años y el trabajo se emociona cuando habla de Sonia Feo, maestra quesera, experta en temas de la industria del lácteo, fallecida hace poco tiempo y que dejó inconcluso un libro para dedicarlo a la memoria de Fidel en el año de su Centenario.
“La quise como si fuera mi segunda madre. Fue la persona que me acogió a mí cuando yo llegué aquí, un guajiro del campo, en medio del monte en Mayarí, que llegó aquí con 19 años con un atraso tremendo, y ella me acogió y me dijo: arriba, ven para acá conmigo, y me llevó hasta la universidad.”
El 31 de diciembre de 2015 fue la última vez que Fidel estuvo en Nazareno, y Anselmo no olvida… y señaló la entrada donde se parqueó el auto en el que viajaba el Comandante.
“Ya yo me iba para la casa, me paró y me dijo: dime, párate un momentito, dime qué cosas hace falta para hacer un queso bueno. Esa fue la primera pregunta que me hizo. Tú te preparabas para mil preguntas y te hacía las que tú no te imaginabas. Pero bueno, siempre uno con mucho respeto, mucha disciplina.”
Y le queda en su memoria para contar al futuro que le dijo al Comandante cómo hacer un buen queso, que cuesta mucho lograrlo porque la leche tiene que venir con calidad, porque las temperaturas no ayudan, ni la corriente tampoco, y se producen grietas en el producto…
Debajo de las caobas, con el aroma de las orquídeas, Anselmo no quiso hablar mucho más. Tuvo el privilegio de estar cerca de un hombre inmenso.
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