El tesoro de María Antonia (+Fotos)

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ACN - Cuba
Roxana Soto del Sol | Fotos Autora y cortesía de la entrevistada
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23 Junio 2026

  María Antonia Cardoso Lima guarda un tesoro que viajó desde Tokio hasta Villa Clara. Hojea una y otra vez tres fotografías con la devoción de quien sabe que ciertos instantes merecen ser eternos. En una de esas imágenes, un hombre de mirada serena, el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, sostiene en brazos a su hija de dos años. 

   "Para mí es un orgullo haberlo conocido", dice María Antonia, actualmente secretaria ejecutiva de la Sociedad Cultural José Martí en esta central geografía y pedagoga con más de 40 años dedicados a la enseñanza del Español y la Literatura. 

   Su voz se quiebra apenas rememora aquellos años —1985, 1986, 1987— en que la vida la llevó al extremo opuesto del mundo y fue entonces, durante su misión diplomática en la embajada de Cuba en Japón, cuando conoció a un hombre que, para ella, es "la historia viva de la Revolución Cubana". 

   "Desde que lo conocí llamaba la atención, relata, era un ser extraordinario, sencillo, cariñoso, amante de los niños". 

   Allí, en el salón de la embajada, ese hombre que había estado al lado de Fidel desde el Moncada, en el Granma, en la Sierra Maestra, en la invasión, que había combatido junto al Che en Santa Clara, se convertía en una presencia cotidiana, cercana, humana. 

   Ramiro Valdés no era solo el guerrillero de las clases de Historia. Era, también, el hombre que, durante varios días en la sede diplomática, se interesó por la vida de los trabajadores y, sobre todo, se entregó con ternura a los pequeños. 

   "Atesoro estas fotos con un cariño especial, en una estamos todas las mujeres que trabajábamos allí, cuenta María Antonia, en otra, está con todos los niños. Y otra, mi favorita, en la que él carga a mi hija, que era la más chiquita". 

   La hija de María Antonia tenía dos años cuando el Comandante la alzó entre sus brazos. "Le hacía gracias y él sonreía, la acariciaba. Fue un gesto tan sencillo y tan grande que resume quién era él. 

   "Ese hombre, que había desafiado la muerte en tantas batallas, se rendía ante la ternura de una infancia que él mismo había ayudado a hacer posible". 

   No hubo discursos ni protocolos. Solo un comandante y la hija de una trabajadora, una foto y un recuerdo que María Antonia trajo consigo de regreso a Cuba, como el más valioso de los bienes. 

   "Es lo más grande que me ha pasado en la vida, confiesa mientras en sus ojos se adivina el brillo de quien ha tocado la historia con las manos, conocer a un hombre que ha sido sencillo, fiel a la Revolución". 

   Lo dice sin artificios, desde el asombro de quien ha visto de cerca la grandeza. Y lo dice también desde la convicción de quien ha estudiado a Martí, porque Ramiro Valdés, añade, "es martiano de esencia". 

   "Es un hombre a quien no le gustaban las entrevistas, ni la fama". Y de esa modestia, de esa grandeza que rehúye el protagonismo, María Antonia extrae una certeza: "él no puede, en esencia, morir, se va físicamente, pero estará siempre en el corazón de todos los cubanos de bien". 

   Ahora, los restos del Comandante descansarán para siempre en Villa Clara, junto al Che, su "hermano de lucha, de ideas". 

   María Antonia lo conoció a miles de kilómetros de su tierra y ahora él viene a quedarse para siempre en su misma ciudad, en el suelo que ella pisa cada día. 

   El tesoro que trajo desde Japón, esas tres fotografías, adquiere ahora una dimensión nueva, pues el hombre retratado en ellas regresa, esta vez para quedarse. 

   "Para Villa Clara, para Santa Clara, es un honor y un orgullo que sus restos descansen aquí, en esta ciudad a la que quiso, a la que ayudó a liberar y de la que es Hijo Ilustre". 

   No volvió a verlo. El destino, caprichoso, solo le concedió aquellos días. Pero las fotos, como los recuerdos, permanecen. En la más preciada de todas, un Comandante de la Revolución Cubana carga en sus brazos a la hija de María Antonia. 

   Esa imagen, más que cualquier otra cosa, habla de cómo los héroes saben sostener la vida entre sus brazos. Y es, quizás, el más valioso de los tesoros que una mujer puede guardar.


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