El mayor general del Ejército Libertador Pedro Felipe Figueredo Cisneros (Perucho), el patriota que escribió las vibrantes notas de nuestro himno nacional, se distinguió por su vertical posición independentista que puso a prueba en momentos apremiantes de la lucha por la emancipación de Cuba, actitud que le ganó un sitial honorable en la historia patria.
Abogado, poeta, músico, era un hombre apasionado y valiente que amaba con la misma intensidad a su patria y a su natal Bayamo, donde formó parte, junto a Francisco Vicente Aguilera y Francisco Maceo Osorio, del Comité Revolucionario que, en ese territorio oriental cubano, apoyó el levantamiento de 1868, y por sus méritos llegó a ser jefe del Estado Mayor y subsecretario de guerra de la República en Armas.
En su fecunda trayectoria en defensa de las causas más nobles y justas, sobresale por ser uno de los que reunió a sus compatriotas más cercanos para unirse a la insurrección en el ingenio Demajagua, cuando el 10 de octubre el ilustre bayamés Carlos Manuel de Céspedes le dio la libertad a sus esclavos e hizo resonar aquel grito para todos los tiempos.
De carácter íntegro y liberal, se conoce que, durante la toma de Bayamo por los soldados del Ejército Libertador, la abanderada fue su hija, Candelaria Figueredo Vázquez, quien se sumó a la lucha en el monte y al ser hecha prisionera fue enviada hacia los Estados Unidos, donde permaneció hasta el cese del poder español en Cuba.
En un momento de su vida, renunció a su profesión de abogado desmotivado por vivir y actuar en un medio político corrompido, en el cual los derechos humanos y la justicia eran ignorados y por no poder ejercer con verdadero decoro; se dedica entonces al canto, y al estudio de la música y la literatura, con lo cual dio vuelo a sus vocaciones artísticas.
Tan amplio aval permitió reconocer a Perucho Figueredo como uno de los cubanos de más prominente participación en las guerras por la independencia, pero su nombre adquirió mayor notoriedad en la memoria de su tierra por ser autor del himno nacional, compuesto 1867, con esas sublimes estrofas que engrandecen el alma de quien la entona y la escucha.
Cuando se está lejos de la Patria, sobre todo, oír apenas los acordes de ese inspirador comienzo: "¡Al combate corred, bayameses!", puede provocar hasta las lágrimas.
El himno nacional o Himno de Bayamo, ese símbolo sagrado de la nación, se identifica como su obra más trascendente, que se le llamó originalmente La Bayamesa, por haber sido compuesta y tocada por primera vez en ese centro urbano oriental y como referencia a la ya conocida marcha La Marsellesa de la Revolución francesa.
En plenos trajines emancipadores, a Figueredo se le encomendó componer una melodía para enardecer el espíritu de los combatientes y precisamente el 14 de agosto de 1867, durante una reunión secreta en su domicilio, escribió la letra de la marcha de guerra que devendría himno nacional.
A inicios de mayo de 1868, Perucho la entregó a Manuel Muñoz, director de la orquesta de la Iglesia Mayor de Bayamo, quien le puso música e instrumentación. Como hecho curioso, se interpretó un mes después en presencia del gobernador de la ciudad, el teniente coronel Julián Udaeta, durante las celebraciones religiosas del Corpus Christi.
Tiempo después, el 20 de octubre, la melodía iniciada en el santuario regresó a la plaza central bayamesa, allí el pueblo celebraba la victoria de los mambises sobre las fuerzas españolas.
Cuentan que Udaeta estaba confinado muy cerca por las huestes cubanas y reconoció la música escuchada en la iglesia y expresó: “Yo sabía que no estaba equivocado; no era música religiosa, sino una marcha patriótica”.
Ha quedado para la posteridad la imagen del célebre patriota en la Ciudad Monumento, montado sobre su caballo y en medio del fragor de la lucha, cuando escribió las notas de ese canto sublime, estrenado el 20 de octubre de 1868 y el cual expresa que “en cadenas, vivir es vivir en afrenta y oprobio sumido” y que “morir por la patria es vivir”. Una afirmación que todo buen cubano ha hecho suya.
Tras la urbe incinerada por hijos ansiosos de libertad, que la prefirieron así antes que entregarla al poder colonial, Perucho marchó a la manigua donde enfermó de tifus y las lesiones en los pies le impedían caminar; en esas condiciones fue hecho prisionero y conducido luego a Santiago de Cuba; fue juzgado, sancionado a pena de muerte y fusilado el 17 de agosto de 1870.
Antes de la ejecución, las autoridades coloniales intentaron relegar los valores de Figueredo, porque le propusieron perdonarle la vida si hacía dejación de la lucha, lo cual fue rechazado con hidalguía por el cubano, quien expresó que sentía la muerte “solo por no poder gozar con mis hermanos la gloriosa obra redentora que había imaginado y que se encuentra ya en sus comienzos…”.
Enfrentó el final de su existencia como digno revolucionario e hizo honor al himno salido de sus manos y también de su alma, pues sus últimas palabras ante el paredón fueron “morir por la patria es vivir”.
De entre los patriotas poetas de la Guerra del 68 se hallan Carlos Manuel de Céspedes, José Joaquín Palma, Ramón Roa, Antonio Hurtado del Valle (el Hijo del Damují), Miguel Gerónimo Gutiérrez, Juan Clemente Zenea y Perucho Figueredo, el último legó una historia tan admirable como impresionante, al entregar vida y fortuna por la causa de la libertad.
Nace una cultura raigalmente patriótica
De esa esencia raigalmente patriótica nació el Día de la Cultura Cubana, que se celebra cada 20 de octubre, porque tiene su simiente, se afianza y fortalece en las ricas tradiciones históricas y de lucha de la patria.
Hoy los hombres y mujeres de este país disfrutan de una cultura genuina, diversa y pródiga, respetada y bendecida en la propia tierra y famosa en el mundo entero, con figuras emblemáticas que la han hecho trascender, o géneros y manifestaciones surgidos al calor de la búsqueda y la autenticidad.
Pero no se circunscribe únicamente a esto, hay que entenderla en su vastedad, como el conjunto de acontecimientos y resultados que definen a una nación desde el punto de vista político, social y económico, y por su espíritu libre y creador.
Asimismo, se manifiesta con gran hondura popular, esa que es carne de sus pobladores, no es coyuntural, efímera ni de espectáculo; más bien se pasea virtuosa, auténtica, para encantar a quienes la disfrutan aquí y en cualquier parte.
Es la que moldea el obrero en el torno de la fábrica, aporta la sencilla maestra con clases magistrales, la científica que descubre medicamentos para salvar o alargar la vida, el campesino que hace fértil la tierra y el estudiante que aprende hoy para ser útil y entregar mañana.
Constituye una síntesis que define y salva: a los seres humanos, a un pueblo, a una época. Es, al decir del destacado intelectual santiaguero ya fallecido, Joel James “espacio natural y duradero, donde se asienta la independencia de un pueblo”.
Razones suficientes hay para honrarla cada 20 de octubre, porque sus cultores les han hecho un monumento a las diversas expresiones del arte, al imprimirle virtuosismo, originalidad, maestría, sabor y goce a todo cuanto sale de sus cuerpos, corazones, manos, pies e intelecto, alimentando la espiritualidad de sus coterráneos.
Para enaltecerla como merece hay que volver una y otra vez a la trova, a la canción, al baile, a la pintura, al teatro, a la literatura y a los versos que han dejado huellas indelebles en el camino de la vida.
Asimismo, hay que evocar a los íconos que le han dado gloria y la han hecho grande, desde Benny Moré hasta los premios nacionales en cada especialidad, que privilegian actualmente a sus coterráneos con su arte de calidad y comprometido; desde Palabras a los intelectuales, pronunciadas por Fidel, en junio de 1961, hasta la cultura de resistencia que Cuba exhibe con orgullo en estos tiempos tan desafiantes de ferocidad imperial.
Precisamente, constituye un legado ese intenso diálogo sostenido por el máximo líder con un grupo significativo de escritores y artistas, en la Biblioteca Nacional, en momento clave cuando se requería definir plataformas, hallar puntos de contacto, desbrozar caminos que faciliten la inserción del arte y la literatura en el proceso de transformaciones sociales.
La Revolución, que solo puede ser hija de la cultura y las ideas, como dijo Fidel en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, en febrero de 1999, representa el más alto logro cultural de nuestra patria, en su esencia y su sentido, ya que enseñó a los cubanos a pensar, a ver y a saber cuál era el sendero verdadero.
Cuba toda puede considerarse una plaza fuerte en la cultura, desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio; gracias a su exquisito acervo, reconocido en el país e internacionalmente, que ha trascendido luego del triunfo del primero de enero de 1959, especialmente, por su calidad, hondura y alcance popular.
Atrás quedó la política cultural de los gobiernos burgueses, de carácter eminentemente simbólico, que servía para denotar la clase en el poder, con exponentes que no representaban la sabiduría y valores nacionales, sino más bien lo que tenía relación con lo foráneo, pues era un arte de élite.
Al nacer una Revolución social y cultural se estructuró un sistema dirigido a satisfacer las necesidades culturales y fortalecer los rasgos más identitarios; al tiempo que se estimuló la creación de instituciones, grupos y solistas para promover desde el ámbito local hasta internacional lo más auténtico.
Un valor agregado importante es que no resulta solo privativa de los grandes escenarios ni de las grandes ciudades, garantía de disfrute y participación del pueblo en variados proyectos, desde los barrios y casas de cultura de la comunidad, desde la zona de montaña hasta el litoral, con dedicación especial a grupos vulnerables y hasta la población penal.
En esencia, constituye fiel reflejo de la idiosincrasia del pueblo al que va destinada; es seductora como su propia gente que la hace perdurar cuando es buena, y la olvida muy pronto cuando carece de esa fuerza que le imprime vitalidad al paso de los años.
Necesariamente hay que volver a la célebre frase pronunciada por el Comandante en jefe Fidel Castro, en el VI Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1998, de que “lo primero que hay que salvar es la cultura”, no solo por el patrimonio valioso que atesora, sino como escudo y sostén de la nación.
Mérito que ha ganado, igualmente, por ser tan pródiga, potente, genuina, por esa mezcla de hondura popular y alto rango artístico que la hacen inmensa en su esencialidad.
En el sitial más alto hay que mantenerla en honor a su génesis, al ser trigo que fecunda y canto por entonar no solo cada 20 de octubre, como homenaje perpetuo al patriota Perucho Figueredo, quien, además del machete en los campos de batalla, levantó un himno de amor y combate por la libertad y la vida.
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