Brindemos por el centenario del adalid mayor

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ACN - Cuba
Aída Quintero Dip
89
13 Agosto 2026

   Este 13 de agosto todos los agradecidos deben brindar con la copa bien alto hasta que se derrame el vino y corra como agua fresca y cristalina de manantial, para celebrar con una fiesta de cariño y gratitud en cada corazón de buen cubano el centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro.

   Alabemos la vida del compatriota que con el mismo coraje que enfrentó al imperio, defendió ideas por un mundo mejor; quien con la misma pasión que trabajó arduamente por su pueblo, le tendió las manos a los hermanos del planeta, porque con los pobres de la tierra quiso siempre su suerte echar.

   Lo ha ganado Fidel por su altura ética, moral y revolucionaria, lo merece el hombre de la gesta y del sacrificio, el que dejó un legado inconmensurable para las nuevas generaciones en cada discurso, diálogo, encuentro, en cada obra edificada a favor del pueblo, en lo que reflejó la hondura de su liderazgo y magisterio.

   Su vigencia es tal que lo enunciado el 26 de julio de 1978 parece expresado hoy: “Nosotros estamos dispuestos a resistir digna y abnegadamente los años que sean necesarios el bloqueo imperialista. Si otros transigen, si otros se dejan sobornar, si otros traicionan, Cuba sabrá mantenerse como ejemplo de una revolución que no claudica, que no se vende, que no se rinde, que no se pone de rodillas”.

   Es ese Fidel que supo transmitir el sentimiento de una nación estremecida de dolor por la muerte de 57 de sus hijos, en el atentado terrorista a un avión de Cubana en pleno vuelo en el que fallecieron 73 personas; al decir: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia tiembla”, ante una Plaza de la Revolución repleta de hombres y mujeres con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.

   El estadista que ofreció lecciones para cada circunstancia, dijo en una ocasión que quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento, y respeta más a los problemas que a las propias soluciones.

   De un asunto crucial y de tanta actualidad, expresó: “Hablar de crisis es promoverla y callar en la crisis es exaltar el conformismo, en vez de esto trabajemos duro, acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

   Con su impetuosa capacidad de convencimiento nuestro invicto líder tenía el don de comprometer lo mismo a una persona, a un grupo que un pueblo o a la humanidad toda. Una de las virtudes que lo hacen trascendente y perdurable en la memoria colectiva.

   Cuba ha sido bendecida de que naciera un hombre de su estirpe, el 13 de agosto de 1926, en el Birán oriental; una verdadera fortuna, medida con el invaluable precio de las virtudes y los valores que sembró y cimentó en la forja de una nación Con todos y para el bien de todos, como lo quería su Maestro José Martí, de quien llevaba su doctrina en el corazón.

   Es ese líder amoroso, tan querido por los niños y niñas de la Patria, a los cuales consideró el mayor tesoro y les propició una infancia provechosa y feliz; tan respetado por los campesinos, a los que dignificó con la entrega de tierra y una vida decorosa; tan admirado por las mujeres, convertidas en poderosa fuerza, guerreras y vencedoras de imposibles, al aprovechar los derechos, igualdad social y oportunidades venidas de sus manos e ingenio.

   De joven estudió Derecho en la Universidad de La Habana, donde se hizo revolucionario, según confesó; el mismo escenario que lo motivó a las primeras manifestaciones contra la dictadura de turno y el triste panorama que reinaba en la nación, donde le brotaron los destellos iniciales de su ancestral rebeldía.

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   Raúl, su hermano menor, ocupó un sitio especial en su vida, tuvo la suerte de tenerlo siempre a su lado, de compartir los mismos sentimientos, convicciones y sueños en la forja de una Revolución auténtica, que demandó de ambos adalides sacrificio y consagración sin límites como estrategas en los días de la guerra y en tiempos de paz.

   Leal y respetuoso con sus compañeros de lucha y sus subordinados mantuvo una entrañable relación, que es ejemplo vivo, con los Comandantes de la Revolución Juan Almeida Bosque y Ramiro Valdés Menéndez, demostrada en cada épica, en el Moncada, en el Granma, en la Sierra; a los cuales sintió el placer de condecorar con la Estrella de Héroes de la República de Cuba.

   En la misma medida en que fue un artífice en el combate por preservar la soberanía de la Patria, la que consideró sagrada, aras y no pedestal, siguiendo la prédica martiana; nuestro Fidel se empeñó en mantener la unidad del pueblo y la nación, como la niña de los ojos, y lo dio todo para que reinara la paz en el planeta, de la cual fue sempiterno luchador.

   Acarició infinidad de sueños y con su ímpetu particular los convirtió en realidad; desde los años iniciales del poder revolucionario se levantaron bajo su influjo numerosas obras para el desarrollo de la industria, la educación, la salud, la agricultura, el deporte, la cultura y, en especial, la ciencia, con asombrosos resultados para el progreso y la vida, ejemplos hasta para el Primer Mundo.

   Con similar entusiasmo estimuló e hizo patente la cooperación y solidaridad por disímiles rincones del orbe, adonde envió médicos, maestros, constructores… y como ninguna pena ni dolor humano les fueron ajenos mostró su generosidad ante terremotos, huracanes, pandemias, con el respaldo de un pueblo que le seguía sin miramientos.

   Tuvo el mérito, al frente de la Generación del Centenario, de atacar el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, acción que sembró la esperanza de una alternativa y enseñó que la perspectiva política es irreversible, clave movilizadora de las masas y garantía de la victoria verdadera.

   Para la epopeya escogió a Santiago con un apellido que expresa cuánto le pertenece a toda la nación; Santiago como la cuna mejor, la rebelde en su inmensidad simbólica, con la estirpe de los Maceo, brindando siempre el pan con que la distinguió el poeta; la ciudad donde de niño estudiara y descubriera el mar, y de líder le dio las gracias por encarnar la heroicidad y bravura de Cuba.

   A Fidel lo admiraron y respetaron muchos líderes del planeta, y especialmente con Hugo Rafael Chávez Frías hubo total coincidencia a la hora de impulsar cada batalla y cada proyecto; se consideraron y trataron como padre e hijo, unidos más que todo por los ideales y sueños compartidos con el propósito de hacer en la América nuestra lo que Bolívar no había podido.

   Por su carisma y empatía cosechó amistad con reconocidos intelectuales como el escritor colombiano, Gabriel García Márquez, el pintor ecuatoriano, Osvaldo Guayasamín, así como el intelectual y periodista francés, Ignacio Ramonet, quien le hizo la entrevista de mayor alcance y magnitud recogida en su libro Cien horas con Fidel, igual que al teólogo brasileño Frey Betto, con su texto Fidel y la religión.

   Los periodistas cubanos evocan con emoción la modestia con que Fidel les pidió ser uno más en las filas de la organización profesional, en el Séptimo Congreso de la Upec, en 1999, cuando los convocó a conspirar juntos, en la solución de problemas medulares del país en aquellos momentos, en aras de contribuir al avance de la nación.

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   Así obraba habitualmente el Comandante en Jefe con intelectuales, médicos de la familia, constructores, obreros y profesionales de diversas ramas, en diálogos amistosos y diáfanos, de los cuales salían ideas fabulosas para beneficio de la Patria; memorables fueron aquellos encuentros realizados en los años en que La Habana resultó un laboratorio de la Revolución, según sus propias palabras.

   El optimismo en persona era el Comandante en Jefe; únicamente él podía afirmar el 18 de diciembre de 1956, en la finca de Mongo Pérez, en Cinco Palmas, escoltado por la vegetación de la Sierra Maestra: ¡Ahora sí ganamos la guerra!, al encontrarse con Raúl y otros combatientes y reunir apenas siete fusiles, luego del bautismo de fuego y descalabro de Alegría de Pío.

   Solo Fidel para tener esa visión tan preclara en la causa de los Cinco antiterroristas cubanos, presos por más de 16 años en los Estados Unidos, cuando en los momentos más álgidos del proceso proclamó una y otra vez persistentemente una frase que fue bandera en más de 10 años de batalla: ¡Volverán!, como ocurrió en diciembre de 2014.

   Su liderazgo resultó sui géneris, una cátedra en el arte de gobernar: Tenía los pies en la tierra, tocaba las cosas con la mano e iba a todos los lugares, hablaba directamente con quienes ejecutaban las decisiones; comprobaba resultados, constataba por sí mismo lo orientado.

   La honestidad y la dignidad fueron el Edén de su conducta, y la tenacidad su destino irresistible; así con la verdad desintegró falacias y se encumbró hasta la cima del decoro. El sentido humano de la política y la más absoluta sensibilidad constituyeron la bitácora moral del Comandante en Jefe.

   Por eso en las desafiantes batallas que aguardan, junto a la convicción de vencer la guerra imperial y conquistar toda la justicia, marchará adelante el pueblo inspirado en el legado indestructible de Fidel, por quien se elevarán las copas para brindar en el centenario de su nacimiento, este 13 de agosto, por la intensa vida que nos regaló.


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