Batallando contra especies exóticas invasoras

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Adolfo Silva Silva | Foto Internet
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05 Octubre 2016

   La camagüeyana María Monserrat  Canalejo, fallecida en el siglo XIX, carga aún con la culpa de un deseo muy censurable: haber introducido el marabú en Cuba.

   La camagüeyana María Monserrat  Canalejo, fallecida en el siglo XIX, carga aún con la culpa de un deseo muy censurable: haber introducido el marabú en Cuba.
   Esposa de un célebre coterráneo, Gaspar Betancourt Cisneros –El Lugareño--,  dicen que quiso traer a su jardín un nuevo exponente y lo dejó prosperar en la hacienda La Bola, a orillas del río Tínima, un paraje hoy ocupado por repartos como La Belén, en la ciudad de Camagüey.
  Es una culpa injusta, matizada por la leyenda, porque en realidad la dama trajo de Milán, Italia, la Tamarix gallica --nativa de Europa--, de flores blancas o de color rosa pálido, y muy parecida al marabú, el cual con embates epidémicos es la planta que de forma natural más se ha extendido en los últimos 150 años en el país.
  Oriunda de zonas como África, se supone que fue introducida en Cuba en el estómago de vacunos traídos del exterior, posiblemente en los llamados barcos negreros.
  Actualmente es uno de los mayores enemigos del sector agrícola y pecuario en el país, y no obstante los esfuerzos por combatirla  sigue hincada, con sus flagelos  del diablo, en miles de caballerías en la Isla.
  En uno de esos esfuerzos por revertir la nociva presencia, varias comunidades agropecuarias de la provincia de Camagüey tienen al intruso arbusto en la mirilla, como diana principal de un proyecto contra especies  exóticas invasoras.
  Fruto de una colaboración entre Cuba y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el plan en el territorio está liderado por la Delegación Provincial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) e incide en áreas de los municipios Guámairo, Camagüey y Sierra de Cubitas.
  Motosierras, machetes, limas, productos químicos y jaulas especiales para atrapar animales dañinos figuran entre los medios suministrados para una campaña destinada a incrementar la producción de alimentos y aprovechar, con fines económicos adicionales, la materia vegetal eliminada.
  ¿Ha sido un empeño frustrado?
  El paisaje y los resultados demuestran lo contrario en las tres
zonas donde rige la colaboración Cuba-PNUD.
   Por ejemplo, entre los índices del primer semestre del actual año, y donde antes la indeseable espinosa era la reina, fueron obtenidos 11 mil kilogramos  (unas 24 mil 200 libras) de carne de cerdo y más de 229 mil litros de leche solo en la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) Constitución de Guáimaro, donde quedó limpia toda la superficie de alrededor de mil 208 hectáreas de marabú y de otras plantas intrusas.
  En la Cooperativa de Crédito y Servicios (CCS) Paco Borrero Labadí, de Camagüey, está desmontado  --según el último parte-- el 69 por ciento de las 134 hectáreas afectadas, que serán desbrozadas totalmente.
   El territorio ya limpio de la maleza se utiliza, además,  en ambas unidades, para la siembra de renglones como pastos, cultivos varios, viandas, hortalizas, granos y cría de ovinos, cerdos y pollos.
   No hay dudas, un foco de generación de alimentos donde antes reinaban la improductividad y las malezas.
     El restante sector es el de Limones-Tuabaquey y la CCS Antero Regalado, situada en el sitio de amortiguamiento de esa área protegida de la naturaleza, la cual contiene notables componentes.
   Posee entre otros, un amplio muestrario vegetal y faunístico, el desfiladero Los Paredones, el Hoyo de Bonet  --un paraíso de la botánica--, el Cerro de Tuabaquey --la mayor elevación de la
provincia--, y la cueva de María Teresa, con pictografías indocubanas.
   Allí está libre de la infestación el 68,8 por ciento  --de acuerdo
con la más  más reciente estadística-- de las 582 hectáreas atacadas, incluidas en un propósito de anulación en la totalidad.
  En la zona rige además un plan de captura, en jaulas especiales, de perros y gatos jíbaros, depredadores de otros animales, y los cuales son un peligro para uno de los requisitos del área protegida:  la estabilidad de la fauna.
   El desbroce del marabú, lógicamente, genera desechos. ¿Qué hacer con ellos? Pues convertirlos en adicionales ingresos económicos con destino al mercado interno e internacional.
   Razones sobran porque el carbón vegetal basado en ese arbusto espinoso, que forma masas compactas y llega a una altura de cuatro a cinco metros y 18 centímetros de diámetro, tiene excelentes valores como combustible de alto nivel calórico, consistencia, período de combustión y poca cantidad de humo y ceniza.
   El producto registra una creciente demanda de exportación, entre otras naciones, a Italia, donde utilizan el carbón vegetal para elaborar pizzas, pues con ese tipo de fuente de calor aumentan las propiedades cualitativas del plato a causa de la cocción más lenta.
   La oferta exportable es tentadora: la tonelada métrica de lo que fue un elemento repulsivo llega a cotizarse hasta 300 dólares norteamericanos.
  El proyecto Cuba-PNUD en la mayor de las provincias del país deviene una de las disímiles vías para neutralizar a las especies exóticas invasoras, con un énfasis especial en el marabú.
   Sí, una de las diversas vías, pero una victoria nada despreciable frente a una epidemia natural que agrede no solo al medio ambiente, sino también a una de las exigencias básicas de la supervivencia humana: la producción alimentaria.


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