Este 21 de septiembre se cumplen 73 años del inicio de uno de los procesos judiciales considerados de mayor notoriedad y relevancia en la historia de Cuba, que tuvo como implicados a los intrépidos asaltantes al cuartel Moncada y se desarrolló en el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba, antigua provincia de Oriente, donde se realizaron las vistas de la Causa 37 de 1953.
En el juicio fueron juzgadas 132 personas, de ellas 109 comparecieron, entre los sobrevivientes de la heroica gesta y de la masacre emprendida el propio 26 de julio y días posteriores e, incluso, otras acusadas que no participaron directamente en las acciones, pero el gobierno aprovechó la ocasión para vincularlas con esa causa e incriminarlas.
El proceso contra la mayor parte de esos dignos cubanos, símbolos de la lucha frente al gobierno de Fulgencio Batista, concluyó a principio de octubre, pero el acusado Fidel Castro únicamente pudo asistir en dos oportunidades a las vistas, ya que el régimen arreció la incomunicación en su contra.
Al cumplir 76 días de estar en esa situación, culminó el proceso seguido contra el líder del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, para lo que utilizaron de escenario una sala de enfermeras del otrora hospital Saturnino Lora, de la legendaria urbe santiaguera, convertida en tribuna para el joven y osado jurista.
No era la primera vez que Fidel asumía su propia defensa; en diciembre de 1950 lo hizo ante el Tribunal de Urgencia de la Audiencia de Santa Clara como parte de la Causa 543, ocasión en que se le acusaba de promover desórdenes públicos y de provocar una manifestación estudiantil frente al gobierno en la ciudad de Cienfuegos.
Habían transcurrido solo meses de recibir su título de Doctor en Derecho, sin embargo, puso a prueba sus habilidades profesionales y resultó absuelto.
Para la Causa 37 de 1953 actuó en circunstancias diferentes y en medio de incuestionables anormalidades del proceso, porque, además de estar incomunicado, no se le permitió el diálogo en privado con su abogado, el ilustre decano del Colegio de Abogados de Santiago de Cuba, el doctor Jorge Pagliery, a quien tampoco se le posibilitó acceder al sumario de la causa.
Al ser conducido arbitrariamente esposado ante el Tribunal, Fidel protestó de forma contundente y obligó al Presidente de la Sala a dictar la orden de que se las retiraran: el primer acto que haría devenir al acusado en acusador.
Seguidamente exigió que en su condición de abogado se admitiera su propia defensa, a lo que el Tribunal también tuvo que acceder, pues a políticos de oposición, juristas como él, que habían solicitado la aplicación de ese derecho, no les fue negado, aunque tendría primero que responder las preguntas del Fiscal y los magistrados, luego de que escuchara los cargos que había contra él.
Fidel aprovechó al máximo el aislamiento que le sirvió para preparar un alegato de autodefensa que más allá del valor jurídico que entrañó, resultó un verdadero discurso de denuncia y presentación de un programa político de lo que luego sería el Movimiento Revolucionario 26 de Julio.
En su exposición sobresalieron, entre otros aspectos, pormenores acerca de los preparativos y ejecución del asalto a los cuartales Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, una auténtica proeza que simbolizó el reinicio de la lucha emancipadora de la nación.
Se pronunció en su singular autodefensa sobre la muerte y torturas que sufrieron numerosos combatientes, y con respecto a cuestiones que había sentido en carne propia, dijo: “La mentira, falsedad, hipocresía, convencionalismos y cobardía moral en que se basa la burda comedia que, desde el 10 de marzo y aún antes del 10 de marzo, se llama en Cuba justicia”.
Con similar energía acusó a Batista de pisotear la Constitución de 1940 e instaurar un gobierno de facto: …”la dictadura que oprime a la nación no es un poder constitucional, sino inconstitucional; se engendró contra la Constitución, por encima de la Constitución, violando la Constitución legítima de la República”, que es aquella que emana directamente del pueblo soberano, subrayó.
Insistió en la necesidad de instaurar el orden constitucional y solucionar los problemas más apremiantes del país, con lo que desmintió la aparente legalidad de la gestión gubernamental y expuso las directrices esenciales de lo que sería un gobierno revolucionario que respondiera al pueblo.
Uno de los asuntos más impactantes de tan inusitada exposición fue reivindicar la figura de José Martí como autor intelectual del asalto a la segunda fortaleza militar de la nación, pues en su encierro se le prohibió acceder a las obras del más universal de los cubanos, lo cual no impidió que su ideario sirviera de guía a los valerosos protagonistas de la gesta.
En el curso de sus respuestas, el doctor Fidel Castro expresaba los lineamientos políticos que sustentaban la acción; de tal forma comenzó por la reivindicación de la memoria de Martí en el año de su centenario y enumeró elementos contenidos en el Manifiesto del Moncada a la Nación, redactado a indicación suya por Raúl Gómez García.
Se decía, en síntesis, en el Manifiesto que, ante el cuadro patético y doloroso de una república sumida bajo la voluntad caprichosa de un solo hombre, se levanta el espíritu nacional desde lo más recóndito de las almas de los hombres libres para proseguir la revolución inacabada que iniciara Céspedes en 1868, continuó Martí en 1895 y actualizaron Guiteras y Chibás en la época republicana.
La manipulación de la opinión pública no pudo frenar que la verdad sobre el juicio y la declaración de Fidel trascendieran.
De tal manera que su alegato en el juicio, La Historia me Absolverá, se reprodujo y distribuyó como uno de los documentos más subversivos de la historia nacional, la base programática de la Revolución victoriosa en 1959.
Su impactante contenido lo convirtió en uno de los legajos más reconocidos por el valor humano, testimonial y de denuncia, impresionante por sus argumentos y las acusaciones que entrañaba, nacido a raíz del audaz suceso, protagonizado por la Generación del Centenario.
El artífice primordial, Fidel Castro, hizo enmudecer a los adversarios en el juicio por aquella acción, el 16 de octubre de 1953, al enunciar: “De igual modo se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de Julio?...
Como perspicaz abogado y un coraje fuera de lo común remarcaba: “¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos”.
A 73 años del histórico juicio se reafirma que el movimiento revolucionario dirigido por Fidel, no pretendía solamente una acción militar tradicional para derrocar un gobierno espurio, pues desde los primeros momentos, se demostraría cómo respondían a un programa político revolucionario que removería las estructuras de la nación, como realmente ocurrió. (Aída Quintero Dip, ACN)
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