Guillermo Carmona y el rugido del león

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ACN - Cuba
Boris Luis Cabrera | Foto: Autor
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07 Julio 2026

   La Habana, 7 jul (ACN) Guillermo Carmona no celebró de inmediato: respiró hondo, como quien por fin confirma un presentimiento antiguo, mientras Industriales vencía 8-2 a Las Tunas y levantaba la corona soñada en la IV Liga Élite del Béisbol Cubano.

   En el banco, donde tantas veces masticó dudas ajenas, Carmona parecía de piedra. Pero no era frialdad, era memoria. Recordaba cada comentario en redes, cada sentencia prematura, cada “no puede” que le lanzaron como si fuera definitivo. Y sin embargo, ahí estaba, erguido, viendo a sus leones desatar el rugido que llevaba años incubándose.

   Cinco carreras en el cuarto inning, cinco zarpazos que cambiaron la historia. Carmona no se movió. Apenas un leve ajuste en la postura, el pecho más alto, como si dentro de él ya se levantara el trofeo antes de existir. Lo había olfateado desde antes, como un viejo león que reconoce la presa incluso en la niebla.

   Porque los viejos leones conocen los caminos de la selva. Saben reconocer las señales cuando todavía reina la oscuridad. Carmona, con más de tres décadas de béisbol en los hombros, había visto algo que otros no alcanzaban a mirar: aquel equipo tenía alma de campeón.   

   Y eso que el inicio fue áspero. Ausencias, figuras lejos, pronósticos grises. Él habló de realismo, nunca de miedo. No flaqueó, al contrario, sembró confianza en un grupo que terminó creyendo cuando casi nadie creía.

   No era su primera batalla. Ya había llevado a Industriales al podio en las Series 62 y 63, y también en la segunda Liga Élite. Y mucho antes, entre 1998 y 2001, dejó un subcampeonato y un bronce. Siempre cerca, siempre bordeando la historia… hasta hoy.

   Dicen que antes del primer juego de esta final, en el Latinoamericano, encendió un puro. Un gesto mínimo, casi ritual. Le hablaron entonces del equipo sub-23, de Nicaragua, del futuro. Respondió con calma: si lo llaman, irá. Pero su sueño era otro. Era este.

   En el Bosque Encantado, con el público en contra pidiendo un milagro que nunca llegó, Carmona no miraba las gradas. Miraba el juego como quien lee un libro ya comprendido. Cada inning confirmaba lo que llevaba dentro.

   Cuando cayó el último out, no explotó, sonrió apenas. Tal vez pensó en el retiro que anunció el año pasado y que no fue. Tal vez agradeció a quienes lo hicieron quedarse. O tal vez, simplemente, se permitió descansar del ruido.

   Hay victorias que se sostienen en silencio. La de Guillermo Carmona fue así: larga, paciente, inevitable. La victoria de un hombre que esperó el momento exacto para escuchar, finalmente, el rugido del león que lleva dentro.


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