Roberto Salas, sensibilidad por la vida para convertirla en arte (+ Fotos)

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ACN - Cuba
Alain Amador Pardo | Fotos tomadas de Cubaperiodistas
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07 Febrero 2026

La Habana, 7 feb (ACN) Yo estoy aquí por mi padre, dijo Roberto Salas Merino este viernes cuando un equipo de periodistas, el jurado del Premio Nacional de Artes Plásticas 2025 y directivos del Consejo Nacional de Artes Plásticas (Cnap), llegó a su casa devenida estudio-taller.

   No se refería al lógico componente genético completado por la gestación materna, sino a un oficio para el que hay que tener otras miradas, el de su padre Osvaldo Salas (1914-1992); profesión para la que hay que estar donde se tiene que estar y en el momento en que se tiene que estar, como expresó al recibir un ramo de rosas rojas de manos de la presidenta del Cnap, Tania Cardó González.

  Entre anécdotas y la evocación de escenas que le vinculan con Cuba a pesar de nacer en Nueva York (16 de noviembre de 1940), el laureado artista del lente confesó su preferencia por la fotografía digital; no solo porque el visor descubre en seguida la imagen captada, sino porque sus uñas pueden seguir siendo blancas y lozanas, ajenas a la erosión que producen los líquidos en el "cuarto oscuro".

   La memoria lo llevó más de una vez a aquellos días neoyorquinos cuando muy joven tuvo que convertir su cuarto en laboratorio para ayudar al padre; porque si algo sabe Salas Merino gracias al progenitor, es realizar todo el proceso, fotografía, revelado e impresión.

   Renuente a todo deseo de ser reconocido o aupado, la vida de Roberto Salas ha transcurrido cerca de la realidad en todas sus facetas, porque, dijo, siempre detrás de todas las cosas está la buena intención de querer conservar la historia de un país; y porque sus fotos no son —como muchos pudieran pensar—, solo un recuento político, sino de la nación y su gente, y entre sus gentes también están los grandes hombres de esa misma historia, como Fidel Castro (1926-2016) y Ernesto Guevara (1928-1967).

   Justamente ellos son los protagonistas de la foto que, confesó, es la que considera la más importante de su extensa carrera; y la cual tuvo lugar en el antiguo Palacio Presidencial —residencia temporal del fotógrafo—, en aquellos días iniciales de la Revolución, en 1959.  

   Fue esa la primera vez que vi al Che. Lo conocía por el nombre nada más. Cuando entré, ellos estaban en una mesa muy larga, sentados en la punta, con dos apliques detrás de ellos; y no había luz ninguna. Yo tenía una cámara leica que no tenía flash ni mucho menos; pero de buenas a primeras noté que cuando Fidel intentaba encender su tabaco, la luz del fósforo iluminaba las caras, rememoró. 

   Puse la cámara en la mesa y empecé a tratar de cazar ese reflejo, continuó recordando, y en verdad tuve mucha suerte porque el tabaco era miserable y Fidel tuvo que usar mucho fósforo. Insistí, insistí, insistí, hasta que por fin logré hacerla. Si tú me preguntaras a mí, ¿de todo lo que tú has hecho en toda tu vida, cuál es la fotografía que más te ha gustado? Respondería sin temor a equivocarme: es esa. Luego he hecho miles de fotografías en el mundo entero; pero como esa, ninguna, sentenció. 

   Sin embargo, del arsenal de instantáneas que pudieran calificarse como clásicas, destaca una que está considerada como la más importante sobre el movimiento revolucionario cubano contra Fulgencio Batista realizada fuera de Cuba, icono de la fotografía de prensa en su momento, y que lleva consigo una historia de heroicidad: La señora y la bandera. 

   Un día a los cubanos de Nueva York se les ocurrió ponerle la bandera cubana al edificio más alto que había allí, Empire State. Yo paré con mi camarita para ver el espectáculo. Y cuando miro para arriba no se veía nada absolutamente. Dos o tres días después se nos ocurrió la idea, de poner en la Estatua de la Libertad una bandera del movimiento 26 de julio. 

   Cuenta la historia que el tres de agosto de 1957, apareció en primera plana del New York Tribune la imagen del icónico monumento con la bandera del M.R. 26 Julio en la corona, excelente fotografía tomada por Salas en contrapicado, verdadero símbolo de la lucha clandestina que el Herald, el Times y la afamada revista Life también reprodujeron. 

   Salitas, como cariñosamente le han llamado cercanos, devotos, alumnos y amigos, asegura que el fotógrafo verdadero hace las cosas por instinto, como un reflejo; luego, si se convierte en arte o en algo rutinario, se sabrá con el tiempo.

   El problema es sentirlo, afirmó, considerando que la buena fotografía no se aprende en ninguna escuela, sino en la calle, mirando la vida de la gente, con sensibilidad, porque sin ella, no sucede nada; y si no la tienes, estás perdiendo el tiempo, recalcó. 

   Yo me siento orgulloso de lo que he hecho hasta ahora aunque hace mucho que no tiro ninguna fotografía. Ahí está lo que he hecho. Y justo en este momento puedo considerar que fui un buen fotógrafo, dijo el maestro del lente, el contador de historias, de rostros, de esencias; el hijo de Osvaldo, el que pinta con su lente un cuadro desde cualquier azotea habanera, donde el cielo luce mejor en blanco y negro. 

   No me gustan los cielos azules porque nunca me ha gustado hacer tarjetitas postales, concluyó.


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