Holguín, 26 dic (ACN) El sol vuelve a brillar con fuerza sobre el municipio holguinero de Cacocum y elimina el rastro de humedad en caminos, campos y hogares, como si buscara compensar la tristeza que dejó el huracán Melissa, que destruyó mucho pero no logró arrebatar una sola vida humana, porque la terquedad de su pueblo no lo permitió.


Al sur de la provincia de Holguín, en esa tierra fértil donde los trenes dictan la hora y no los relojes, se levanta el poblado apadrinado por San Pedro, cuya escultura observa severa, sobre su barba enmarañada y ojos sabios, el renacer del verdor y de sus gentes empeñadas en borrar las huellas del azote reciente.
Con una geografía predominantemente llana, los habitantes de Cacocum saben convivir con las aguas que bajan desde Holguín y Granma, por lo que el paso del ciclón —que entró a territorio cubano la madrugada del 29 de octubre como categoría tres en la escala Saffir-Simpson— representó una amenaza clara.
De inmediato, los mecanismos del Consejo de Defensa Municipal se activaron para proteger a la población de las inundaciones que sabían que ocurrirían en zonas bajas, por lo que dispusieron de centros de protección y organizaron evacuaciones en casas de familiares y vecinos de manera que nadie quedara desamparado.
Por su cercanía a la falla Oriente, los cacocumenses están acostumbrados a sentir temblores de tierra, las vibraciones del ferrocarril y las crecidas repentinas, por lo que más de 18 mil personas, conocedoras del riesgo, acudieron a la evacuación en el preuniversitario Mártires de Holguín y el círculo infantil Sueños de Camilo.
En este último centro, la familia de Yarelis Pérez Pérez, de la localidad de Yaguabo, formaba un pintoresco grupo que incluía a su pequeño y a su chiva Blanca, la única sobreviviente de un rebaño de diez.

“Mi hijo y yo nos evacuamos el día antes del paso del ciclón, mientras mi marido se quedaba a cuidar la casa hasta que las condiciones lo permitieran”, comenta ella. “Nos atendieron muy bien, nunca nos sentimos desamparados, incluso cuando tuvimos que traer a la chiva porque fue la única que se salvó de la crecida”.
“Después del huracán, con sus intensos vientos y lluvias, nos percatamos de que lugares que nunca antes se inundaban estaban bajo el agua por el desborde de ríos y la ruptura de un dique, de inmediato comenzamos a actuar”, explica Mariela Cruz Herrera, presidenta de la Asamblea Municipal del Poder Popular.
Desde el amanecer, en medio del miedo y con apoyo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el Ministerio del Interior, autoridades provinciales y la población, que abrió las puertas de su casa y brindar refugio a los que lo necesitaban, comenzaron las operaciones de rescate con el empeño de que ningún hijo de Cacocum debía perderse ese día ni los que siguieran.
Nielsen Francisco Piña Pérez, vecino de Yaguabo, recuerda que creyó no sobrevivir. “Fui el último en salir. Ya todos habían sido evacuados”, relata, y tras tres intentos fallidos de salvarlo, debido a la magnitud de la corriente, no le quedaban muchas esperanzas, hasta que, en la forma de un bote, vio su salida a los cálidos brazos que lo aguardaban en la orilla.
En las aguas oscuras de Santa María y El Zarzal, las voces de los rescatistas, como la de Yoel Rodríguez Anasco, jefe de sector de la Policía Nacional Revolucionaria, fueron esperanza de que vivirían un día más para contarlo, entre ellos Clara Larrea, de 98 años, la vecina más longeva de la comunidad.
El rescatista Raúl Borges Rodríguez detalló que todas las operaciones contaron con equipos especializados en actuar en condiciones de máxima dificultad, sobre helicópteros y transportadores anfibios, organizados previamente en brigadas con misiones definidas enfocados en intervenir con rapidez y eficacia en las zonas más vulnerables.
Yarelis relató que los primeros días resultaron los más difíciles, el regreso a casa y a la dura realidad que encontraron empañada por el lodo y el agua, muchos bienes perdidos y animales muertos, pero agradecieron la ayuda recibida porque tuvieron un hogar al que volver y, lo más importante, conservaron la vida para poder reconstruir.
Entre las comunidades más afectadas estuvieron Altagracia, Yaguabo, Santa María, El Algarrobo y El Zarzal, convertidas en espejos oscuros donde el agua alcanzó hasta dos metros de profundidad y se apoderó de hogares, destruyó estructuras y bienes, pero no consiguió arrebatar ninguna vida humana.


Con una población de marcada ruralidad, en Cacocum priorizan el trabajo de los programas sociales impulsados por la Revolución, volcados en las comunidades aisladas, como es el caso de la salud pública que desarrolla una estrategia orientada a facilitar un sistema accesible con énfasis en los grupos vulnerables.
En el ámbito educacional, la Dirección del sector en ese municipio refuerza el trabajo preventivo y político-ideológico, fomenta la formación de valores y el desarrollo integral desde los espacios escolares y comunitarios que exhibe importantes resultados en la evaluación de los educandos y en la implementación de planes enfocados en mejorar la cobertura docente.

Aunque la actividad agropecuaria y la industria local sostienen el día a día en la demarcación, esta también es cuna de nuevas formas de gestión que contribuyen al desarrollo socioeconómico, como la mipyme estatal Tauba Holmotor SURL, vinculada a proyectos hidráulicos y educativos, y la pequeña empresa Cachito, impulsora de la red de emprendedores locales.
Para ese pueblo, antaño pintoresco batey de pasado cañero, y la gente sencilla que lo habita, cuyo andar y latido siguen el ritmo y los horarios que marcan los trenes, cada vida salvada es símbolo de su entereza, acciones que recibieron su recompensa con las festividades por el advenimiento del Primero de Enero, fecha en que se cumple el aniversario 67 del Triunfo de la Revolución.
Aunque queda mucho por hacer, porque destruir cuesta poco, pero reconstruir a veces tarda más de una vida, los cacocumenses, que han visto tantos trenes pasar, no miden el tiempo como el resto de los humanos; lo hacen en travesías, en memorias, en las que siempre recordarán que, al final, se salvó lo más preciado.


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