Santa Clara, 18 abr (ACN) Joel Carrazana Valdés, con más de ocho décadas de historia y una amplia hoja de ruta como oficial del Ministerio del Interior y radioaficionado, recuerda aquellos momentos vividos en abril de 1961 en Playa Girón, donde contribuyó a la defensa de Cuba.
Él, natural de Santa Clara, cuenta que con 16 años se presentó en el Cuartel 31, donde estaban reunidos los milicianos para salir a defender la patria ante el llamado del líder Fidel Castro.
Afirma que desde Santa Clara salieron dos batallones, el 303, formado en las cercanías del hoy parque de diversiones Arcoiris, y el 315, que partió desde el actual Aeropuerto Internacional Abel Santamaría.
En horas bien tempranas del día 18 de abril, al llegar a los sitios de Caleta Buena y Caleta Rosario, los invasores hostigaban a las tropas defensivas, acción que recibió la respuesta de la artillería pesada cubana.
El objetivo de la invasión era claro: crear una cabeza de playa que permitiera la entrada de mercenarios, que tomarían las lomas del Escambray y derrocarían a la creciente Revolución.
Carrazana Valdés, ubicado en el cerco que rodeaba la zona del enfrentamiento, impedía la llegada de algún mercenario a los pueblos para confundirse con los vecinos.
Sobre aquel inhóspito lugar, rememora cómo los campesinos ofrecían, con un valor extraordinario, sus vehículos para trasladar tropas milicianas hacia cualquier punto estratégico.
Las condiciones de vida en esa zona eran fuertes porque había mucho calor y el agua era gracias a unas cachimbas, pozos profundos para sacar el vital líquido.
En ese sentido puntualiza que era el Comandante en Jefe quien dirigía las acciones desde el central azucarero Australia, fue una inyección de motivación e ímpetu para afrontar el difícil escenario.
Con total certeza asegura que a nadie le tembló el fusil ante la cruel embestida mercenaria, que intentaba amedrentar a las tropas cubanas.
Admite que el temor a la muerte siempre estuvo presente, pero era mayor el sentimiento antimperialista que llevaba por dentro.
Luego de participar en lo que constituyó la primera gran derrota del imperialismo en América, Joel Carrazana Valdés continuó su vida como trabajador de una tienda y repartidor de mandados en las calles de Santa Clara, pero esta vez con un orgullo diferente, por haber aportado a la lucha por la soberanía de Cuba.
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