Mujeres mambisas de Santa Clara: el anonimato y la valentía

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ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León I Foto cortesía de la fuente
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08 Marzo 2026

Santa Clara, 8 mar (ACN) En una casa de San Gil, donde comenzaron las gestas independentistas en la antigua provincia de Las Villas el 6 de febrero de 1869, la historiadora Adriana Mani Benítez, vicepresidenta primera de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara, desempolva nombres que la memoria oficial ha tratado con cuentagotas. 

    No vino, dijo, a hablar de las mujeres magníficas, esas que la historiografía tradicional convirtió en semidiosas a fuerza de biografías aisladas. Vino a hablar de las otras: las que conspiraron, bordaron banderas, perdieron propiedades y murieron en el olvido.
   En la Junta Revolucionaria de Santa Clara, durante la Guerra de los Diez Años, conspiraron 14 mujeres. Una cifra bastante apreciable, aclaró Mani Benitez a la Agencia Cubana de Noticias, si se piensa en el contexto de discriminación decimonónica; pero de la mayoría apenas queda el nombre en una lista. 

   Pastora González, hermana del dueño del cafetal donde se produjo el alzamiento villareño, guardó prisión en la iglesia Nuestra Señora del Carmen y salvó a la familia de un músico asesinado, trasladándola a caballo hasta Trinidad. 

   Javiera Consuegra, madre del general José de Jesús Monteagudo, conspiró desde la primera gesta. Inés Morillo confeccionó la bandera que llevaron desde San Gil hasta Guáimaro; detenida y condenada a muerte, fue indultada y recluida en La Habana hasta la Paz del Zanjón.
   Pero hay más: Ana Fernández Velazco, conspiradora en 1868, huyó a Cienfuegos perseguida por la metrópoli y allí se convirtió en pedagoga y patriota. Carolina Rodríguez, a quien José Martí llamó “el alma de Cuba”, acumuló armas para la Guerra Chiquita, se exilió en Estados Unidos y desde la pobreza donó casi todo su jornal a la causa; regresó a Santa Clara en 1899, ciega, enferma y sin reconocimiento.
   Luego está Carmen Gutiérrez Morillo, sobrina del patricio Miguel Jerónimo Gutiérrez. Durante la Guerra Necesaria presidió el Club Hermanas de Juan Bruno Zayas, donde se unieron las mujeres santaclareñas para auxiliar a las tropas. 

   Un detalle revelador: el club llevaba ese nombre porque sus integrantes eran esposas, madres e hijas de los miembros del club masculino. Dicha subordinación se evidencia desde el mismo nombre, apuntó.

   No fueron Inés, Ana, Carmen, Carolina y otras seis —insistió la historiadora—. Hubo un enjambre de mujeres valerosas que lucharon por la independencia. Muchas, muchas, de las que no se tiene ningún tipo de registro.
   Y ahí está el nudo del problema. Durante décadas, la historiografía cubana abordó a las mujeres mambisas desde el género biográfico, como casos excepcionales, “las magníficas”; pero cuando se intenta ir más allá, choca con un muro: las fuentes no existen. 
   Como no fueron reconocidas por sus contemporáneos, a finales del siglo XIX, a principios del XX cuando terminó la guerra tampoco, ahora en el XXI no podemos completar el estudio porque las fuentes no están; es el resultado de la misma discriminación que vivieron esas mujeres en su momento, explicó.

   Del anonimato se desprende otra regularidad: muchas mujeres que lideraron clubes femeninos nunca se casaron; su recompensa por luchar por la libertad fue la soledad, luchar contra la soledad es en sí un acto de valentía.

   El reto, dijo la historiadora, es visibilizar no solo a las que sobresalieron a pesar de todo, sino señalar que hubo un espíritu colectivo de apoyo a la independencia, tanto en Cuba como en la emigración. 
   Sin dudas, el gran mérito sería lograr que no solo se visibilice a esas siete u ocho personas extraordinarias, sino reconocer que muchas, muchas mujeres quedaron en el total desconocimiento, olvidadas en la historia, sin que se reconozca ni su nombre ni su participación.
   Firmes, abnegadas, valerosas… Cuando comenzó la guerra, a muchas les quitaron todas sus propiedades, pasaron a la pobreza extrema, y sin embargo siguieron firmes con sus ideales. 

   Pastora González, Javiera Consuegra, Inés Morillo, Ana Fernández, Carolina Rodríguez, Carmen Gutiérrez Morillo, Marta Abreu de Estévez… Esas son las que conocemos; las otras, las que no dejaron rastro, esperan aún su lugar en la historia.


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