La Habana, 22 oct (ACN) El Festival del Papalote por la Paz y contra el Bloqueo, impulsada por la Organización de Pioneros José Martí (OPJM), volvió a convertir las inmediaciones del Castillo de La Punta, en La Habana, en una escena de infancia y denuncia.
Centenares de pioneros elevaron sus papalotes no como un entretenimiento aislado, sino como un gesto público frente al cerco económico, comercial y financiero que condiciona la vida cotidiana de los niños cubanos.
El papalote, juguete de viento y de manos pequeñas, adquirió así un sentido más profundo: es paz que se reclama, resistencia que no se rinde y al mismo tiempo defensa de la vida frente a un bloqueo que se recrudece.

Chaveli Arencibia Martell, presidenta nacional de la OPJM, explicó que la jornada es un acto simbólico de denuncia “por los niños que ni siquiera han llegado a nacer” debido al cerco energético y al recrudecimiento del bloqueo que conlleva a un incremento del doble en la mortalidad infantil.
Describió como un acto de amor en medio de las complejidades que impone la inestabilidad eléctrica a la rutina escolar.
Sus palabras sitúan el festival en un terreno que no admite lecturas superficiales: los papalotes en defensa de la vida ratificaron que en Cuba no habrá renuncia y que la felicidad de los pioneros seguirá siendo defendida.
La convocatoria de la OPJM no habla en abstracto, pues relaciona el vuelo de los papalotes con urgencias concretas que el bloqueo vuelve más graves:
Más de 12 mil niños esperan una operación quirúrgica en medio del cerco energético; medicamentos necesarios permanecen entre los más de siete mil contenedores que las restricciones estadounidenses impiden llegar a Cuba.
Los niños del Cardiocentro Pediátrico “William Soler” no han podido recibir tratamientos con levosimendán, fármaco cardíaco producido solo por laboratorios estadounidenses.
Decenas de niños con retinopatía de prematuridad corren el riesgo de quedar ciegos porque a la isla se le impide comprar el sistema de láser fabricado por empresas de Estados Unidos.
Cada papalote, entonces, no se eleva sobre un paisaje neutro, sino sobre una realidad donde la salud y la infancia están atravesadas por una política de asfixia.
Esa pedagogía de denuncia y resistencia tiene antecedentes que ayudan a leer la denuncia de cada octubre como continuidad y no como excepción.
En marzo, la actividad “Yo acuso al imperialismo” fue protagonizada por estudiantes de la Escuela Primaria Rafael María de Mendive y de la Secundaria Básica Rubén Bravo en una representación judicial donde se denunció la injerencia estadounidense en Latinoamérica y el Caribe.
En dicho evento simbólico se recordaron agresiones históricas como la guerra de despojo contra México, la desestabilización de la Nicaragua sandinista, los golpes de Estado y dictaduras en Brasil, Chile y Argentina, el papel de la CIA en la invasión mercenaria a Playa Girón y el bloqueo recrudecido mediante la persecución petrolera.
Se condenó también el genocidio en Gaza y se declaró culpable al imperialismo estadounidense por el bloqueo a Cuba y por su complicidad activa en ese crimen.
Por otro lado, en abril, la Parada Juvenil Antiimperialista “Aquí, con Fidel” y el Festival “Cuba, mi país” mostraron otra cara de esa misma formación: la reafirmación patriótica acompañada de cultura, juegos tradicionales, teatro musical y actividades deportivas.
Los pioneros depositaron una ofrenda floral ante la estatua ecuestre de José Martí en el parque 13 de Marzo y participaron en propuestas recreativas que no separan la alegría de la memoria ni el disfrute de la denuncia.
Esa combinación explica por qué el Festival del Papalote por la Paz y contra el Bloqueo no es una actividad menor: forma parte de un mismo aprendizaje donde la infancia cubana aprende a nombrar las injusticias y a defender la vida con sus propios gestos.
Los papalotes de octubre, como los de abril, vistos desde esa continuidad, son algo más que cometas al aire: son memoria, denuncia y afirmación de paz que retumbará también en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
El hilo que sostiene los papalotes frente al viento también sostiene una idea de país donde ni siquiera la infancia se resigna ante los intereses del imperialismo, donde la salud no se negocia y donde la felicidad de los pioneros defienden esos principios como parte inseparable de la dignidad cubana.
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