El pocero, un oficio que amenazaba con extinguirse

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ACN - Cuba
Roger Aguilera Morales
305
02 Enero 2026

Las Tunas, 2 ene (ACN) En las profundidades de la tierra, un hombre grita: ¡Agua! Y los que aguardan en la superficie comienzan a chocar las manos y a surcar el éter con carcajadas, y al final, ¡Hurra!, como los antiguos guerreros. 

   Y es que para desafiar la perpetua sequía que caracteriza a Las Tunas, en distintos puntos de la ciudad renace un complicado y retador oficio que amenazaba con extinguirse: el pocero.

   Dos o tres hombres, acompañados de picos, palas, barretas… se someten a las sorpresas que puede traer cuando se cava la tierra, con la expectativa de encontrar partes arenosas  o piedra caliza.

   Y todo indica que ese viejo oficio  tendrá un sello de perpetuidad, porque es Las Tunas la ciudad donde menos llueve en Cuba, con un promedio de mil 038 milímetros anualmente, y las fuentes de abasto dependen del estado de las presas El Rincón y Cayojo, amén de los imponderables tecnológicos.

    Pero los que nacieron en este macizo urbano, con 80 o más años, recuerdan que Las Tunas siempre fue una urbe complicada con el abasto de agua, de ahí que abundaban hombres que mediante tanques de 55 galones tirados por caballos recorrían las calles buscándose la vida vendiendo el líquido a cinco o 10 centavos la lata (de 15 a 20 litros).

Mientras, otros sumamente fuertes y de mucho oficio eran contratados para abrir pozos de amplio diámetros y profundidades, cuyos dueños se encargaban de suministrarles el agua a los llamados “aguateros” (aguadores).

   Y los que vivían en el centro histórico construían aljibes para aprovechar el agua de lluvia que las mujeres destinaban a la limpieza de las casas y baños sanitarios, mientras en las zonas rurales pululaban los molinos de viento acoplados a pozos para  garantizarle el agua a la ganadería.

    Pero en los años 70 del pasado siglo Las Tunas comenzó a independizarse de la vieja rutina de construir pozos y se intentó darle una estocada al subdesarrollo, al construirse un gigantesco tanque elevado, el referente tanque de Buena Vista, una de las maravillas de la arquitectura en Las Tunas, de medio millón de galones de capacidad, para, a través del naciente acueducto, distribuir agua por gravedad, pero por distintas causas, ello  funcionó efímeramente.

     Desde entonces la red de acueducto se ha ampliado, pero en algunos lugares se garantiza el agua intermitentemente y en otros, los más altos, no llega  por agotamiento de los embalses o por deficiencia tecnológica, que imposibilitan distribuir el líquido a su máxima potencialidad:  500 litros por segundo.

   Entonces bienvenido el pocero, el oficio que amenazaba con desaparecer, pero ahora renace con la vitalidad de sus conquistadores: hombres muy fuertes, guerreros, decididos a encontrar el agua en las profundidades de la tierra. 


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