Santa Clara, 30 ago (ACN) En el municipio villaclareño de Remedios, donde cada adoquín parece custodiar un secreto y la brisa de la tarde huele a historia, las leyendas no son simples relatos del pasado: son la arquitectura invisible que sostiene la memoria de la urbe; entre las tantas fantasías que pueblan la imaginación de la Octava Villa, pocas poseen la delicadeza y el halo trágico del Palomar.
Corría el año 1859 cuando un cónyuge de origen francés, llamado Augusto Fisné Miranda, mandó a levantar en el entramado urbano remediano una singular casona de dos plantas.
La edificación, concebida con los trazos sobrios de la arquitectura militar, despertaba el asombro de los transeúntes.
Para el pueblo, Fisné era un hombre inmensamente rico que había decidido construir un nido inexpugnable para albergar su historia de amor con una hermosa e ilustre joven de la aristocracia local.

Dentro de aquella fortaleza de piedra, la vida transcurría entre la ternura y la música.
Cuentan que la muchacha poseía un talento virtuoso para el piano y que, durante horas, su esposo permanecía en éxtasis escuchando las melodías que brotaban del instrumento.
Rodeados de servidumbre y alejados del bullicio, ambos habitaban un mundo propio donde el tiempo parecía no transcurrir.
La dicha, sin embargo, se quebró con la brusquedad de un golpe de viento,una mañana, el piano enmudeció.
Una enfermedad repentina e implacable arrebató la vida a la joven esposa, embargado por la desesperación y sumido en un delirio que devino locura, el francés se negó a llevarla al cementerio; dispuso que fuera sepultada en el propio patio de la casona y se entregó a una vigilia perpetua junto a la tumba.
Sin probar alimento ni conciliar el sueño, el enamorado consumió sus días en la pena hasta morir poco tiempo después, siendo sepultado al lado de su amada.

Fue entonces cuando nació el mito, al poco tiempo del trágico desenlace; los vecinos notaron que, en el torreón deshabitado del caserón, dos blancas palomas aparecían cada amanecer y cada crepúsculo para arrullarse dulcemente.
Hubo quienes juraron escuchar también notas melodiosas que salían de la casona a oscuras, como si unas manos invisibles acariciaran las teclas del viejo piano.
La voz popular no tardó en bautizar el recinto como "el Palomar", convencida de que las aves no eran más que las almas de los amantes que regresaban a su hogar.
Según el investigador Alejandro Batista López, director de la revista "Signos", este tipo de relatos demuestra la inagotable capacidad del pueblo remediano para transfigurar el dolor y la muerte en poesía colectiva.
Aunque la antigua estructura original ya no existe, el sitio conserva hoy una hermosa paradoja de la vida cotidiana.
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