Apenas dijo «Yo soy el maestro» y bajó del matutino entre aplausos tímidos y risas infantiles, nadie en la escuela 26 de Julio, de Matanzas, imaginó que aquella frase breve cargaba futuro. Casi 20 años después Lázaro Hernández Díaz cruza hoy el mismo patio con libretas bajo el brazo y una certeza firme: la vocación regresa siempre al lugar donde nace.
Bajo los aleros de esa primaria creció también Lourdes Hernández Díaz, aunque desde el otro lado del aula, pizarra al frente y 30 años de oficio en la voz: «yo no vengo por el salario, vengo para que ellos no pierdan la oportunidad de aprender», dice la maestra que formó generaciones y sembró disciplina con ternura.

Con paciencia de orfebre, Lourdes eligió la educación desde temprano, quiso la enseñanza especial, soñó con alfabetos táctiles y niños ciegos, pero la vida y circunstancias la guiaron por otro rumbo y la primaria abrió su puerta. Allí enseñó «el magisterio es la vida», resume sin titubeos.
Dentro de la familia Hernández Díaz la pedagogía funciona como herencia viva. Lázaro creció entre planes de clases y reuniones docentes, aunque el sendero no resultó recto, probó la Medicina y renunció en una semana. «Eso no era para mí», recuerda, el aula lo llamó con más fuerza.
En marzo de 2020, en plena COVID-19, asumió su primer grupo, cinco años después suma diversas experiencias y aprendizajes nobles. «Yo aprendí a ser maestro con amor», afirma. Reconoce influencias diversas, pero el ejemplo diario de su madre marcó su carácter.

Frente a los retos actuales, ambos coinciden en que la familia, es lo esencial: «sin apoyo de la casa el trabajo del maestro no es completo», advierte Lourdes; Lázaro lo confirma desde su grupo, exigente y diverso, donde el respeto se gana con coherencia y constancia.
Guiado por su pasión por la ciencia, el joven de 25 años recreó junto a sus alumnos un aula diferente. Allí brillan maquetas, carteles, láminas y experimentos creados por los niños, temas de astronomía, geografía, comunicaciones y naturaleza llenan el espacio; el conocimiento nace desde sus manos y la creatividad.
Hablar de generaciones implica adaptación, Lourdes lo sabe bien: «cada tiempo trae su carácter», explica, teléfonos móviles y nuevas preguntas desafían al aula, pero la esencia de la labor pedagógica permanece en todos los tiempos; educar con valores, defender la patria y formar ciudadanos críticos.
Intercambiar roles en la casa y en la escuela también deja aprendizajes, madre e hijo dialogan metodologías, discrepan y acuerdan, el respeto mutuo sostiene el vínculo profesional, «cada maestro tiene su librito», reconoce Lázaro, la experiencia y la juventud se complementan desde los escenarios compartidos.
Nutrido por ese compromiso, Lázaro apuesta también por la superación profesional, cursa una maestría en Educación Infantil y se acerca a su culminación, el estudio refuerza su vocación y amplía herramientas pedagógicas. «Yo nací para ser maestro», afirmó con convicción.
Jamás pensó Lourdes que aquel niño del matutino caminaría a su lado como maestro en la misma institución, hoy lo mira con orgullo sereno y emoción contenida, comparten pasillos, aulas y responsabilidades. El vínculo de ambos se funde con el del magisterio, una vocación exigente que asumen con entrega y respeto. El aula confirma el sentido de una vida dedicada a enseñar.
Constancia y entrega sostienen esta historia cotidiana, grupos numerosos, inclusión, carencias y largas jornadas marcan el oficio docente en tiempos complejos, pero también regresan los abrazos sinceros y las palabras de gratitud. Antiguos alumnos vuelven y saludan al maestro que los guio, ese gesto sencillo devuelve fuerzas y confirma la huella de la enseñanza.
La escuela 26 de Julio guarda así una lección viva, el magisterio como lazo familiar y acto de fe. Lourdes y Lázaro enseñan desde la misma trinchera, su historia honra a los educadores cubanos y recuerda que enseñar también es amar.
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