En aviación, el horizonte es más que una línea, es la brújula esencial que ordena el espacio; pero, ¿qué ocurre cuando ese punto de referencia se diluye, convertido en una vastedad de agua turbia y furiosa?
Este fue el reto que, durante ocho días, enfrentó una tripulación del Grupo de Aviación Centro de Villa Clara, cuya base de operaciones se estableció en la provincia de Holguín para responder a las emergencias asociadas al huracán Melissa.
Sobrevolando los territorios orientales, el paisaje que encontraron parecía apocalíptico. Sobre Granma y Santiago de Cuba, el río Cauto había borrado su cauce y engullido pueblos enteros.
Solo los techos de las casas en pequeñas comunidades aledañas sobresalían como testimonio de vida anterior, condiciones en las que la precisión técnica cedió su protagonismo al instinto y al entendimiento forjado en años de vuelo.
Se convirtieron en una sola mente con seis sentidos, donde una mirada hacia atrás en la cabina bastaba para confirmar una maniobra o percibir el peligro.

La sinergia era vital. Al frente, el coronel Carlos César Columbie Carnet, cuya trayectoria de casi cuatro décadas en la aviación se reflejaba en una calma impasible a sus 59 años. A su lado, el teniente coronel Iván Leiva García, también veterano, actuaba como su alter ego, escudriñando instrumentos y paisajes para advertir sobre cualquier amenaza invisible.
Mi función era clara –explica Leiva– concentrarme en los parámetros, en el espacio aéreo, en los obstáculos. Durante un rescate el jefe de nave se fija en mantener el helicóptero estático, pero es el copiloto quien le dice “cuidado con ese poste” o “vamos un metro a la izquierda”, es un trabajo de absoluta confianza.
Desde la cabina trasera, la voz joven, pero experimentada del teniente Santiago Rodríguez Fernández, de 32 años y 15 en el oficio, guiaba cada descenso sobre comunidades como Casimba, Santa Rosa, Guamo, San Fernando, Cueto, Cauto Cristo y Grito de Yara. Juntos, con los paracaidistas y el médico, formaron un equipo cuyo éxito dependía de una confianza absoluta, del tipo que solo se construye en familia.
Somos una familia que en el aire lo demuestra, afirma Leiva, al resumir un vínculo que trasciende lo profesional.
“Antes de cada misión hay una preparación donde coordinamos cada movimiento, pero cuando estamos sobre el objetivo, con el viento y la corriente, eso se convierte en pura sincronía: el técnico de vuelo te guía, el paracaidista te indica, y tú, como copiloto, eres el puente entre todos; si un pequeño detalle falla, las cosas no salen bien. En esta tarea, nuestra preparación estuvo tan unificada que los resultados hablan por sí solos”.
El saldo de su trabajo es elocuente, en 29 horas de vuelo sobre la devastación, evacuaron 164 personas, entre ellas 40 embarazadas y 27 niños, pero más allá de las cifras, son las historias las que permanecen, algunas, de tan arriesgadas, solo comprensibles para quienes, como ellos, conocen de la tensión, la adrenalina y los sentimientos que asaltan en el aire.
Una de las experiencias más impactantes tuvo lugar en El Palmar, donde encontramos a un grupo que llevaba tres días sobre una placa de concreto (lo único que sobresalía) con el agua contaminada por encima de la cintura, con alimentos escasos y rodeados por la corriente, narra el coronel Columbie.
La esperanza de aquellas personas se cifraba en el sonido del rotor que se acercaba. Su rescate, complejo y meticuloso, devino muestra de la coordinación del equipo, en el cual cada gesto y cada orden, susurrada o con una mirada, era un eslabón decisivo.
Para el teniente Rodríguez, la escena imborrable fue la de un joven matrimonio con un bebé en brazos, aislado en el techo de su casa en medio de la llanura inundada.
“Me puse en su lugar de inmediato, confiesa, imaginar a mi propio hijo ahí…, esa idea te obliga a seguir sin descanso”. En el reflejo del miedo ajeno, veía la razón última de su sacrificio.
Como copiloto, el teniente coronel Leiva añade su propia perspectiva de una maniobra particular: “En Guamo Embarcadero rescatamos a 12 personas de un puente de ferrocarril increíblemente estrecho; era tan ajustado que la cesta solo podía bajar de una manera específica y había que mantener una precisión milimétrica, con los mástiles de los barcos a cada lado.
En la cabina, la tensión era palpable, pero no había gritos, solo instrucciones claras y concisas. Ese es el trabajo en equipo, convertir una situación de alto riesgo en una operación limpia. Al final, la sonrisa de alivio de una madre con su niño en brazos era nuestro informe de misión”, acotó.
La recompensa, más allá del deber, fue humana. El coronel Columbie atesora el abrazo de un niño rescatado, cuyo susurro de “gracias por salvarme la vida, piloto”, resuena más que cualquier reconocimiento.
Por su parte, Leiva ahonda en esa satisfacción compartida de que “la mayor gratificación es el agradecimiento puro del pueblo, ver a los ancianos, a las mujeres, a los niños subir a bordo y saber que, para ellos, éramos la única esperanza. Ellos lo perdieron todo, menos la fe. Y nosotros somos parte de ese pueblo.
Servirles, especialmente a mis 61 años y con 38 en esta labor, no es solo un deber, sino un honor. Es la confirmación de que nuestro lugar está donde más se nos necesita”.
Tras incontables horas de vuelo común y hazañas tejidas en silencio sobre incendios forestales (como en las lomas de Mayarí), lucha contra el narcotráfico y la participación decisiva en las operaciones de rescate y contención durante el incendio en la base de supertanqueros de Matanzas. Lo que a otros podría deslumbrar o alimentar el ego, para ellos se traduce en el lenguaje noble y austero del deber cumplido.
Será por esa razón que el sentir unánime de la tripulación se resume en la idea de su jefe de nave, el coronel Columbie, para quien “la heroicidad consiste precisamente en eso, en que sin andar buscando títulos, el cumplimiento del deber te convierte en héroe a los ojos de los demás, nunca a los de uno mismo”.
Cuando el huracán Melissa borró el horizonte físico, ellos ya habían encontrado el suyo, forjado en el metal de los helicópteros y en la fibra de una confianza que solo nace de saberse parte de un todo mayor.
Esta familia aérea de Villa Clara, unida por la experiencia y la mirada, trazó con su vuelo una ruta nueva, tejió, entre la furia de las aguas, un puente de regreso hacia la esperanza, sostenido por el silencioso lenguaje del compañerismo y el eco de un “gracias” que nunca se apagará.
© 2026 Agencia Cubana de Noticias. Prohibida la reproducción parcial o total de este contenido si no es suscriptor editorial
