Sentadas en el lugar donde aprendieron sus primeros trazos, Yanislenia Mosega y Naidely Díaz apenas contienen la emoción. Ser maestras fue siempre su sueño y la vida se encargaría de colocarlas otra vez en la escuela primaria rural Manuel Ascunce Domenech, esta vez para formar a nuevas generaciones y compartir saberes con quienes fueron sus “profes”.
Localizada al borde de la carretera que une a la capital provincial de Sancti Spíritus con el emporio agrícola de Banao, la institución en la que cursan estudios 23 alumnos de las zonas de Pozo Colorado y Los Limpios constituye un referente para la comunidad, no solo por la calidad del proceso docente , sino también por esa suerte de familia en la cual se convirtió su claustro.

Regresar a este centro para mí significó mucho, porque enseñar es una obra de infinito amor, pero hacerlo entre quienes fueron mis maestras me compromete a dar el ejemplo, confesó Yanislenia Mosega, y, además, esa compañera a tu lado está viendo lo que inculcó en ti.
Es un recuerdo que queda para toda la vida y que produce gran emoción, subrayó quien asume el primer y segundo grados.
EL ORGULLO DE SABERSE MAESTRAS
Mientras la jornada transcurre entre libretas, libros, pizarra y tizas, Neidy Ramos, la profesora de tercer y cuarto grados, repasa poco a poco sus casi 30 años impartiendo clases en zonas rurales.
Me siento muy orgullosa de pertenecer a una profesión muy digna y en la que todos los días recibes muestras de gratitud, de amor de los niños y la familia, sobre todo en sitios como este, significó.

A mí desde pequeña me gustó enseñar, me apasionaba la escuela, acotó Yodaysi Pérez, la educadora de quinto y sexto grados, y aunque comencé como bibliotecaria en asentamientos también apartados o de difícil acceso de la geografía espirituana, cuando me hablaron de la posibilidad de superarme e incorporarme a esta instalación de Pozo Colorado, enseguida lo hice.
Al principio fue difícil, me desenvolvía más o menos, rememoró esta profesional que habla con admiración de sus “hijos” que son médicos, enfermeras y hasta compañeras de trabajo, pero tenía el apoyo de otra profe que me acompañó en todo momento.
El camino hacia el magisterio de Naidely Díaz, quien ahora disfruta de su licencia de maternidad, nació en la “Manuel Ascunce Domenech” y fue cultivándose en otras enseñanzas y de la mano de educadoras como Sara Martín, un paradigma por esos lares.
Con una facilidad sorprendente, ella me dio desde prescolar hasta cuarto grado, detalló quien pese a su “receso” de la docencia disfruta cuando los educandos van a verla o le preguntan dudas de una tarea, eso me motivó mucho y devino en una de las razones para regresar aquí luego de transitar por otras instituciones.
Entre risas y nervios expresó que, tras casi una década de labor, todavía se cohíbe un poco al estar al lado de las que un día fueron sus maestras; ponerme a su nivel es un reto diario, puntualizó, a cada rato me recuerdan anécdotas de mi etapa aquí y hacer ese viaje a mi infancia me da nostalgia y regocijo.

PROFES MULTIGRADO: LA SUPERACIÓN CONSTANTE
Ser maestro multígrado es un poco complejo, se llevan dos programas al mismo tiempo, explicó Yanislenia Mosega con toda la responsabilidad que entraña este desafío.
Se da un contenido en un grado y en el otro, se ejercita, apuntó, cuando uno va trabajando, tú le vas explicando al resto y resulta bonito, muy bonito, una siente que los alumnos se apropian más de los conocimientos, que aprenden un poco más y, en lo personal, me gusta mucho.
Para Neidy Ramos, lo más importante en este proceso es la superación constante, porque se trata de estudiar dos programas diferentes que integran una clase única.
Erróneamente, puede pensarse que por estar matriculados en una escuela rural, multigrado, los educandos aprenden menos, acotó, sin embargo, el niño de tercero, por ejemplo, escucha a la educadora cuando da el contenido de cuarto y, viceversa, y esa constituye una forma también de irlos adentrando en lo que dan después o de refrescar los conocimientos.
Al decir de Yodaysi Pérez, también se prepara a los pequeños de manera integral, se les inculcan valores como el de la solidaridad y se insiste de manera especial en su formación, quizás el mejor homenaje al joven alfabetizador, cuyo nombre ostenta orgullosa el centro y cuya frase: Yo soy el maestro, todavía resuena entre este pequeño ejército de educadores.

Y en ese proceso tienen un papel importante la familia, la comunidad, la cooperativa agropecuaria, detalló Neidy Ramos.
El propio perfeccionamiento de la educación ha sido un reto fuerte para nosotras, algunos libros llegaron tarde, mas nos pusimos en función de que las clases tengan la calidad que los alumnos necesitan, aseveró Yodaysi Pérez.
Palabras como agradecimiento, orgullo, realización profesional y personal son constantes entre estas mujeres para las que el magisterio es un sueño hecho realidad; es lo mejor que nos ha pasado en la vida, dicen casi al unísono y al instante, retoman sus clases.
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