Cada nota que emana del saxofón de José “Pepe el Manco” Díaz Moreno es una victoria. Una victoria contra el pronóstico médico, la duda y el silencio.
La historia de este hombre, cuyo sobrenombre define una limitación física que nunca se tradujo en limitación artística, es la de un diálogo permanente entre el dolor y la superación, entre la adversidad y la creación.

Su brazo, salvado de una amputación por la intervención urgente de compañeros y combatientes, se convirtió en el bastión desde el cual domina su instrumento, forjando un sonido que es pura resiliencia hecha melodía.
Para él, cada interpretación es un acto de voluntad férrea, un testimonio de que los verdaderos obstáculos no están en el cuerpo, sino en la determinación del espíritu.
Esa que lo ha convertido en mucho más que un músico excepcional; es un maestro, un faro. La escena musical villaclareña, y la cubana en general, miran hacia él no solo con admiración por su arte, sino con un respeto profundo por su ejemplaridad. Enseñar, para Pepe, no es una opción, es un mandato del corazón.
“No le cobro un centavo a nadie por darle una clase”, asegura, convirtiendo su experiencia y su técnica en patrimonio abierto para las nuevas generaciones. Su vida es, en sí misma, la lección más poderosa: que el talento, cuando se aliña con tenacidad, no conoce barreras.
Precisamente, en el marco del 41 Festival Internacional Jazz Plaza 2026, Villa Clara rinde tributo a la altura de este gigante.

Con motivo de su cumpleaños 87, el pasado 28 de enero, el festival dedicó un concierto homenaje a su figura, un reconocimiento que trasciende lo musical para convertirse en un acto de gratitud colectiva.
“Pepe el Manco es, sin lugar a dudas, un monumento viviente de nuestra cultura sonora; su técnica depurada, su feeling único y su entrega total al saxofón constituyen, en sí mismos, una escuela completa”, manifestó a la Agencia Cubana de Noticias Oscar Salabarria Martínez, comunicador oficial del Festival en el territorio.
El honor de dirigir este emotivo concierto recayó en la agrupación Nuevas Raíces, bajo la batuta del joven talento Ariel Marrero Gutiérrez.
La trayectoria de Pepe el Manco es un viaje desde los rincones del municipio villaclareño de Ranchuelo hasta los escenarios del mundo.
Bautizado con el nombre del Héroe Nacional, José Martí —privilegio, dice, que siempre ha llevado como “más que una gloria”—, el destacado saxofonista asegura que su oído privilegiado fue su primer maestro.
En un pueblo sin conservatorio, aprendió devorando los sonidos de la banda municipal, donde grandes como Alfredo “Chocolate” Armenteros y el saxofonista Alberto “El Polaquito” Altarriba dejaron su huella. “Yo me vanagloriaba de que me dijeran ¡Cómo te pareces al Polaco tocando!”, rememora con orgullo aquel primer elogio que confirmaba su camino.
Su encuentro definitivo con el saxofón tuvo algo de casualidad infantil, entre juegos y el impulso de un amigo.
Aunque empezó con un clarinete cuyas llaves no alcanzaba a cubrir por lo pequeño de sus dedos, fue la fascinación por el instrumento de viento lo que prevaleció.
De manera autodidacta, se aprendió la marcha Viva Camagüey, sorprendiendo a los músicos veteranos. Figuras claves lo guiaron: el trompetista Gilberto Sureda, a quien considera un padre artístico, le dio su primera gran oportunidad en una orquesta profesional.
Y cuando las críticas sobre su sonido inicial podían desanimarlo, apareció el saxofonista Melquíades con el consejo preciso: cambiar la boquilla. “Él fue quien me hizo músico”, afirma con una gratitud que el tiempo no ha borrado.
Sin embargo, el punto de inflexión dramático llegó con un accidente durante su servicio en el Ejército Rebelde. El peligro de perder el brazo fue real y angustiante. “Comencé a tocar con muchas dificultades, pero la tenacidad me impulsó a seguir”, relata, recordando el momento en que la intervención de Sureda y del comandante Félix Duque, quien gestionó un traslado aéreo de emergencia a La Habana, salvó su extremidad y su destino. “Solo un saxofonista sabe lo que hago para tocar”, confiesa, resumiendo en una frase el desafío diario y el triunfo que representa cada actuación.
Esa tenacidad lo catapultó a lo más alto. Después de su etapa fundacional con Raíces Nuevas, su consagración llegó de la mano de Orlando “Maraca” Valle, con quien alcanzó “el pináculo” de su carrera y obtuvo un premio Grammy.
Ha compartido escenarios y estudios con leyendas internacionales como Earth, Wind and Fire, Paquito de Rivera y Arturo Sandoval. No obstante, para este hombre humilde, el éxito más valioso reside en el legado formativo. “He enseñado todo lo que aprendí, no podía quedarme con eso”, asegura, viendo con orgullo cómo sus alumnos brillan en distintas latitudes.
Al cerrar el círculo de este homenaje en el Jazz Plaza, las voces de sus colegas resumen su magnitud. Para Ariel Marrero Gutiérrez, director de Nuevas Raíces, dirigir el concierto fue un honor que asumió con la responsabilidad de quien interpreta la música de un mito viviente.
El saxofonista y profesor Emilio Morales confirma que “contar entre nosotros con un maestro de la estatura de Pepe el Manco es a la vez un privilegio y una responsabilidad; homenajearlo en un festival de alcance global como el Jazz Plaza es un acto de justicia”.
Así, entre acordes de tributo y el respeto de su gente, la vida de Pepe el Manco sigue sonando, demostrando que la verdadera música nace donde el alma se niega a callar, convirtiendo cada limitación en una razón más para crear belleza.
