En el corazón productivo de Villa Clara, donde el suelo fértil de Placetas se extiende hasta el horizonte, la finca de Orelvis Peñate Mesa es un laboratorio a cielo abierto. Ahí, entre surcos de tabaco y campos de cultivos varios no se esperan milagros, sino que se construyen con ciencia y sudor.
«A mí me dicen que soy milagroso y no lo soy, lo que hago es utilizar bien la ciencia. Cuando tú utilizas la ciencia, lo obtienes todo», comentó a la Agencia Cubana de Noticias este productor asociado a la Cooperativa de Créditos y Servicios fortalecida Juan González. Su secreto, afirma, es simple y profundo: aprender a escuchar, pues «el agricultor que no cuida el suelo, que no sepa comunicarse con el suelo y con las plantas, no es un buen agricultor».

Y él aprendió el lenguaje de cada una de las 127 hectáreas (ha) que conforman su dominio, un diálogo constante que se traduce en sustento. De esas tierras, 75 se dedican al tabaco, pilar económico fundamental y su mayor orgullo. Pero Peñate no ve un monocultivo, sino el inicio de un ciclo de rotación con cultivos varios para un óptimo manejo de los suelos.
La relación con la tierra ya rinde frutos extraordinarios; en la cosecha tabacalera que concluye, su finca superó los 20 mil manojos de hoja dedicados a la exportación, con un índice de capa exportable por encima del 65 por ciento. Su ambición, sin embargo, vuela más alto que la calidad misma.
Con un proyecto de seis casas de cura controlada que estarán listas a finales de enero próximo, su mira está puesta en producir las finas capas que demandan las vitolas de gama alta, aquellas que se tuercen en la emblemática fábrica de puro cubano El Laguito; todo ello sin descuidar el cultivo de tabaco al sol y asegurar su aporte a la cigarrería nacional.
Para Peñate, la verdadera riqueza de la tierra se mide en alimentos que lleguen a la mesa del pueblo. «Nosotros estamos centrados en producir alimentos a gran escala, no planificarlos en hectáreas ni cordeles... para alimentar personas, comunidades, hay que pensar en caballerías (equivalente a 13,42 ha en Cuba)», enfatiza quien en la rotación con el tabaco y en áreas independientes despliega un mosaico productivo impresionante.
Se enorgullece, por ejemplo, al hablar de sus dos caballerías de yuca (26, 84 ha), las que con solo cuatro meses alzan sus orquetas casi hasta los tres metros de alto, como testigos mudos de una técnica perfeccionada.
De ese campo espera cosechar unas 50 toneladas por hectárea, rendimiento que habla de conocimiento aplicado. Completan el paisaje unas 13 ha de frijol, dos de boniato, dos de yuca, y 13 de plátano.
Ese enorme esfuerzo –además de garantizar la alimentación animal, unos 400 cerdos– va directo al consumo humano, a partir del abastecimiento a los obreros de la finca, al Consejo Popular, a hospitales, hogares de ancianos y hogares maternos, lo que se traduce en un compromiso social que gestiona con la misma rigurosidad que la siembra.

La visión de Peñate es de ciclo cerrado, nada sobra y todo se transforma con eficiencia. La energía que alimenta este sueño de 60 kilovatios (kW) de generación fotovoltaica ya instalada y un proyecto para sumar 120 kW más en sistema trifásico, a fin de que sean renovables el 100 por ciento de las fuentes energéticas de la finca. Ese sistema no solo ilumina y mueve herramientas, sino que también será el alma de las nuevas casas de cura y reducirá el consumo de diésel, evidencia de que productividad y sostenibilidad pueden ir de la mano.
Otro fruto de la diversificación inteligente es la extracción de aceite de ajonjolí. Con solo dos hectáreas dedicadas a ese cultivo, en la cosecha pasada obtuvieron más de dos mil litros de un aceite claro y puro, listo para las cocinas cubanas.
Cada decisión, desde el cultivo hasta la tecnología, pasa por un filtro económico preciso: «lo que no es rentable, no se hace», recordatorio de que la pasión debe ir siempre acompañada de la viabilidad.
Peñate conoce, sin embargo, que ningún logro técnico es posible sin el compromiso humano. Su finca es sostenida por 209 trabajadores (más del 50 por ciento jóvenes y el resto de mujeres).
Atraer y retener este talento requiere una filosofía clara: «si ese hombre no está bien alimentado, no está bien atendido, no puede producir».
Por eso, la atención es integral, desde el transporte diario en tres ómnibus que garantizan la llegada y regreso a sus hogares del personal procedente de Zulueta, Hermanos Ameijeiras y la cabecera municipal de Placetas, hasta la venta subsidiada de productos y el estricto respeto a los horarios. «El trabajador tiene que sentir que va para un lugar bueno», asegura.

Esta convicción también lo impulsa a construir un centro de preparación con tecnología digital y un museo que rescate la arqueología local y la historia del tabaco. «No solo para capacitar a mis trabajadores, sino también a otros productores del municipio».
Tiene como máxima que la verdadera agricultura se siembra desde niño: «El campesino no se cultiva después de grande, se lleva en el corazón desde tempranas edades. Formar, enamorar y retener es la semilla del futuro, un legado que se cultiva con cada técnico, cada ingeniero y cada joven que llega con ganas de aprender».
La práctica en la finca está imbuida de un respeto profundo. «Trabajamos codo a codo con el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, no hacemos nada que pueda afectar el entorno». Su lucha es constante, como la técnica de siembra en camellón (sistema de montículos que favorece el drenaje del suelo) que trajo de Colombia y que ahora protege sus yucas de las lluvias o su vínculo orgánico con las biofábricas para obtener 20 mil vitroplantas de plátano.
Para Peñate, el éxito no es un destino, sino un camino que se recorre en colectivo, con los pies en la tierra, la mente en la ciencia y el corazón puesto en el hombre. Su finca es más que un campo, es un testimonio vivo de que, cuando se habla con la tierra con respeto y conocimiento, ella siempre responde con generosidad.
Al final, entre el humus fértil y el futuro que germina, Orelvis Peñate Mesa reafirma que en su mundo no hay lugar para lo sobrenatural o el azar ciego.
El milagro, si acaso se le puede llamar así, tiene una fórmula clara y terrenal: es la ciencia aplicada con rigor en cada surco, en cada riego, en cada cálculo.
Y es, sobre todo, la humildad de tener oídos prestos, siempre atentos, para obedecer a lo que la tierra demanda, lo que la planta susurra y lo que el país necesita.
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