Con más de cinco décadas de trabajo, Rafael Arias Pérez cuenta historias de metal salvado del desguace en el taller de reparación de la Fábrica de Combinadas Cañeras LX Aniversario de la Revolución de Octubre (KTP,) en Holguín, donde aseguran que es el mejor en su oficio.
En una esquina, lejos del ruido más estridente, una marca de tiza en el piso le recuerda cuántas bazucas de fumigación devolvió a la vida. Es su manera de llevar la cuenta, de no dejar que el cansancio ni la memoria le jueguen una mala pasada.
Más de 30 ya salieron de sus manos, y aunque nunca antes enfrentó un reto semejante, lo asume con la serenidad de quien sabe que cada pieza recuperada constituye también una victoria que justifica el cerro de piezas que lo rodea donde otros solo ven artefactos.
En su colectivo todos lo reconocen por su pelo quijotesco o por el rojo de su overol poco manchado y destacan su capacidad de ingenio, mientras él relata que la temperatura corroe el metal por dentro, abre agujeros, agrieta los tubos y debilita uniones; entonces examina cada tramo, observa los cordones de soldadura, decide lo que sirve y lo que no, y así, de dos, consigue rescatar uno.

Habla con la naturalidad de quien dedicó toda su vida a un oficio que parece descubrir cada día y su voz se mezcla con el sonido de los hierros que chocan con el danzón que suena de fondo en la radio, como si la música y el trabajo fueran parte inseparable de su existencia.
Esquirlas al rojo vivo, hollín y calor marcan su actividad laboral y rememora que, desde su ingreso a esta industria hace medio siglo, tuvo que fajarse con todo, desde chapistería, pailería, mecánica hasta soldadura, y son su paciencia y experticia que posibilitan dotar de vida útil a cuanto le pongan delante.
Ante lo nuevo no se espanta el veterano obrero y observa su entorno con la serenidad del deber cumplido. No se resigna al retiro y aún con secuelas del virus padecido se sobrepone y da función al único implemento que acaba verdaderamente con el agente transmisor de su enfermedad.
Las arrugas de la frente no señalan imposibles, las preocupaciones no parecen nublarle la mente, y al saberse útil todavía, Rafael guarda diseños, modelos, prácticas y experiencia en su memoria. Sabe que todo vale y cómo sacar provecho a cada objeto.
En Rafael se confunde la historia de la emblemática industria holguinera con la suya propia, en tanto ambas se niegan a quedar fuera de juego, desde tiempos de esplendor de la industria azucarera hasta la reinvención, mientras haya piezas por recuperar y servicios que prestar seguirá, como toda su vida, dedicado a reparar.
