Pocas veces, o tal vez ninguna, una niña se toma el tiempo de calcular distancias en el camino a sus sueños. Es por ello muy probable que Olguita no se detuviera a pensar que Viña, su poblado natal, quede a 100 kilómetros de Sagua la Grande, donde se estudiaba entonces la carrera de Enfermería.
La alumna aventajada, animada por sus maestros para en un futuro, incluso, optar por Medicina, no contaba con la negativa de sus padres, a quienes –acostumbrados a la sencillez de su pequeño pueblo, ubicado en un punto de la geografía villaclareña entre Remedios y Buenavista–, les parecía demasiado pronto para que la niña se alejara de casa por una beca.

Olguita no dice mucho de cómo se sintió en aquellos momentos al rechazar su plaza para formarse como enfermera; sin embargo, aprendió mecanografía y, un poco más tarde, trabajó como costurera en la textilera de Remedios.
Desde entonces, a la muchacha de Viña le quedó claro que para algunas infantes sí es necesario calcular distancias en el camino a sus sueños y, de tramito en tramito, comenzó a emprender el suyo.
En 1996, con 24 años, Olga Lidia González Oramas llegó a la sucursal del Banco Nacional de Cuba en los predios remedianos. Cada día viajaba nueve kilómetros para, antes de las siete de la mañana, dejar limpia la sede, previo a la llegada del resto del personal.
No pasaron muchos meses para que el entonces director notara su sagacidad, la trasladara a la plaza de secretaria y la inscribiera en la Escuela de Economía, donde finalmente pudo continuar sus estudios. Fue allí que comenzó Olga a recorrer la distancia más larga de todas, la de una vida entera dedicada al sistema bancario nacional.
La ruta hasta hoy abarca banca personal, operativo, jefa de departamento de cuentas corrientes, contadora D, gerente y, desde hace unos meses, directora de la sucursal 4361 del Banco de Crédito y Comercio (Bandec), en Santa Clara. Ha transitado por casi todas las posiciones del sistema bancario, excepto caja de efectivo, lo que, según ella, resulta una fortaleza para poder exigir, solucionar problemas, dirigir y controlar a los trabajadores con conocimiento de causa.
No obstante, a tono con su sencillez, admite Olguita que, de todas las responsabilidades, la que más le apasiona no es la que hoy ocupa. Confiesa que prefiere el rigor de los números y la exactitud de las cuentas, al brillo de la dirección. Cada puesto ha sido una estación en su camino, un tramo recorrido con paciencia y estudio.
Finalmente, la que hoy ella reconoce como su verdadera vocación terminó sacándola de su terruño, pero no sin antes conocer al padre de su hija y quien ha sido su amor durante 45 años. A su esposo, guardabosque retirado del Minint, Olguita dice que le debe gran parte de lo que hoy es. Tanto él como su niña, fueron su sostén durante los años de estudio que comenzaron en aquella Escuela de Economía y que nunca han cesado, pues su profesión demanda constante búsqueda y aprendizaje.
Olga llegó a Santa Clara en 2017, a la sucursal 4341 de Bandec, y dos años después pasó a su centro definitivo, donde aún se mantiene. En Bandec ha encontrado un equipo (a quien llama su segunda familia), del que no se permite desprenderse.
A sus 59 años, incluso, duda de si en algún momento podrá abandonar el banco por decisión propia, más bien cree que mientras las fuerzas la acompañen jamás lo dejará.
En tiempos de cambio acelerado, se prepara mucho, buscando respuestas para todos sus clientes y reconoce que las cualidades que no deben faltar a un trabajador bancario son la responsabilidad, sentido de pertenencia y, una de las fundamentales en su vida: el deseo constante de superación.
De la muchacha de Viña queda un poco la sencillez de quien no llega a la meta con pasos largos, sino que le toca transitar el camino a tramos, sin esto evitar que al mirar en retrospectiva pueda jactarse de un largo kilometraje que, en definitiva, no tiene necesariamente que ver con distancias físicas.
Aquellos nueve kilómetros fueron el primer tramo de un camino mucho más largo, el que la llevó de auxiliar de limpieza a directora de sucursal, de Viña a Santa Clara, de la incertidumbre a la certeza de haber encontrado su verdadera vocación.
Los caminos de Olguita no fueron los que soñó de niña, pero la condujeron, sin proponérselo, al destino que la ha llenado de orgullo.
Resulta que a veces nuestra verdadera ruta no es la que trazamos, sino la que la vida nos pone delante. Y Olguita, sin saberlo, la recorrió entera.
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