Lavaderos de Marta Abreu: memoria de agua y olvido en Santa Clara (+Fotos)

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ACN - Cuba
Y. Crecencio Galañena León | Fotos: Fotos: Arelys Echevarría Rodríguez y cortesía de los entrevistados
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15 Febrero 2026

   En la primavera de 1887, los ríos Cubanicay y Bélico de Santa Clara vieron cambiar su paisaje.

   No fue una crecida ni una sequía, sino la voluntad de una mujer que, desde la distancia de un viaje por Europa, había observado a las lavanderas suizas inclinadas sobre instalaciones de hierro y piedra.

   Marta Abreu, benefactora de la urbe, imaginó entonces a las féminas humildes de su ciudad arrodilladas en el río, con el sol quemando la espalda y el jabón mezclándose con el agua que otros beberían corriente abajo. Aquella imagen no la abandonó.

   La historiadora Hedy Hermina Águila Zamora reconstruye para la Agencia Cubana de Noticias la génesis de aquellos lavaderos públicos. Según refiere, fue el doctor Carlos de la Torre, profesor de Pedrito —hijo de Marta y Luis Estévez—, quien dejó testimonio de aquel momento fundacional.

   “Marta vio en Suiza una solución y pensó de inmediato en las santaclareñas que lavaban a la intemperie, sin sombra, sin descanso, sin dignidad”, escribiría el maestro.

    De regreso en Cuba, Marta Abreu no demoró en materializar su idea. El 2 de marzo de 1887 dirigió una carta al Ayuntamiento de Santa Clara. En ella, con la precisión de quien sabe que la caridad sin condiciones es apenas un gesto, fijó los términos de su donación.

   “Enterada del gran beneficio que traería a las mujeres de la clase pobre de esta, mi ciudad natal, la construcción de cuatro lavaderos públicos situados en puntos opuestos de la población y en lugares los más adecuados, he resuelto hacerlos a mis expensas y donarlos graciosamente al municipio a condición de que sean gratuitos a perpetuidad y de que en ningún tiempo puedan ser enajenados ni gravados”, redactó la benefactora.

   El Ayuntamiento aceptó. Se designaron los terrenos y se nombró una comisión para formalizar la escritura.

   Según Judiel Reyes Aguilar, miembro y comunicador de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara, los cuatro lavaderos se construyeron con los adelantos modernos de la época. Cada local disponía de entre seis y 12 bateas individuales y una bomba hidráulica que extraía el agua directamente del río, evitando el esfuerzo agotador de cargar cubos.

   Grandes portales a la redonda protegían a las lavanderas de la lluvia y permitían tender la ropa incluso en días grises. Había, además, espacio para los niños, que jugaban sin riesgo mientras sus madres trabajaban, y se construyeron fosas de piedras que filtraban el agua desechada para evitar la contaminación de la corriente fluvial, aseguró.

   El costo de la obra ascendió a 10 mil pesos, íntegramente donados por la promotora de la idea. La inauguración tuvo lugar en mayo de 1887 y durante décadas funcionaron con orden y armonía.

   Explica Reyes Aguilar, que la donadora también exigió que los locales fueran custodiados por celadoras y fueran una fuente de empleo exclusivo para mujeres de la ciudad, pues velaba por el sostenimiento y la seguridad de la población femenina tradicionalmente marginada.

   Allí se lavaba por riguroso turno de llegada. Águila Zamora asegura que, en sus investigaciones, no ha encontrado ninguna referencia a quejas o disturbios durante la espera.

   Los lavaderos prestaron servicio ininterrumpido hasta bien entrado el siglo XX. Tras el fallecimiento de Marta Abreu, su hijo Pedrito cumplió la voluntad materna y entregó los inmuebles al Ayuntamiento de Santa Clara.

   Esa localidad ya contaba con sistema de alcantarillado y esos espacios comenzaban a ser percibidos como una infraestructura del pasado. El cabildo tomó entonces la decisión de transformarlos en escuelas.

   El acuerdo municipal quedó formalizado en 1931. Según consta en la Memoria del Gobierno de la Provincia de Santa Clara, fue el gobernador Juan Antonio Vázquez Bello quien rubricó la resolución.

   En ella se dispuso que la escuela instalada en el antiguo lavadero del barrio del Carmen llevara el nombre de Andrés Sánchez Capiró; la del barrio de Parroquia, el de Rafael Toymil Cepeda; la del Condado, el de Agustín Jover Anido; y la del barrio Puente, el de Luis Cepero Yera.

   Cuatro nombres para cuatro edificios que habían nacido con un propósito y ahora renacían con otro.

   El giro no violaba, en apariencia, la voluntad de Marta. Seguían siendo espacios públicos, al servicio del pueblo. Pero la condición de perpetuidad aplicada a los lavaderos como tales comenzaba, sin estridencias, a desdibujarse.

   Después de 1959, con la nacionalización de la enseñanza, aquellos locales escolares volvieron a transformarse. El lavadero situado en la calle Martí, a orillas del Cubanicay, se convirtió en vivienda particular.

   Allí habita hoy una familia que posee el edificio fundado sobre la gratitud de una ciudad. El otro lavadero del mismo río, ubicado en Nazareno, fue ocupado durante muchos años por un tejar. El uso industrial, la humedad y el abandono hicieron lo suyo hasta que el inmueble se volvió inhabitable.

   En el río Bélico, la suerte ha sido apenas más clemente.

   Uno de los lavaderos, también en la calle Martí resultó asumido por el sector de la Cultura. Desde hace años lo ocupa el grupo de teatro infantil Drippy, que ha logrado mantenerlo en pie y funcional. Es, de los cuatro, el único que conserva un buen estado constructivo.

   El otro lavadero del Bélico, sin embargo, ofrece una estampa desoladora: techos hundidos, paredes manchadas, bateas en ruinas. Un edificio que aún respira, pero apenas.

   Para Reyes Aguilar, el valor histórico-patrimonial de tales inmuebles es extraordinario por su arquitectura funcional y por lo que representan: la concreción del pensamiento social de Marta Abreu, una de las figuras más relevantes de la filantropía cubana del siglo XIX que logró administrar su propia fortuna, algo muy raro para la sociedad machista y patriarcal de la época.

   No habla solo como historiador, sino como testigo de una pérdida silenciosa. Cuando un bien patrimonial desaparece, asegura, no perdemos solo un edificio. Perdemos la posibilidad de contar una historia, de explicar a las nuevas generaciones cómo era esta ciudad, cómo se preocupaban unos por otros, cómo la dignidad podía construirse también con cemento y agua corriente.

   La carta de Marta Abreu duerme en los archivos. Sus palabras —“gratuitos a perpetuidad”, “en ningún tiempo puedan ser enajenados ni gravados”— parecen escritas para interpelar el presente.

   Hedy Águila Zamora lo formula sin estridencias, pero con firmeza. “Marta no hizo esta donación para que sus lavaderos se convirtieran en viviendas, ni en tejares, ni en escombros. Los hizo para las lavanderas. Ese es el origen y ese debería ser el horizonte de su memoria”.

   Hoy, cuando una familia vive en uno de aquellos espacios, cuando un grupo de teatro infantil ensaya bajo sus techos, cuando un edificio se desploma lentamente junto al río Bélico, la pregunta flota en el aire de Santa Clara: ¿qué significa honrar una herencia pública?

   Tal vez, simplemente, recordar que el agua que pasa bajo los puentes no solo moja piedras, moja también la historia, y que la gratitud, como los ríos, debe correr siempre hacia adelante, pero sin olvidar su cauce original.


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