Cuando el agua fangosa llegó al pecho de Yoel Rodríguez Anasco, jefe de sector de Cacocum, y la corriente le impedía avanzar, solo la fuerza de voluntad evitó que lo venciera y lo arrastrara lejos de la misión que se le había encomendado en ese municipio holguinero.


Quienes lo conocen aseguran que, detrás de su carácter taciturno, se esconde un hombre sagaz, con pleno dominio de su tierra, habilidad que resultó vital el día aquel en que la inundación invadió los llanos, ocultó la vegetación y se adueñó de cientos de casas tras las intensas lluvias del huracán Melissa en la provincia de Holguín.
Aun ahora su voz no flaquea y la calma, fruto de 23 años en las filas de la Policía Nacional Revolucionaria, se impone cuando recuerda el frío que calaba los huesos y entumecía los músculos mientras gritaba nombres al viento, esperando que alguno respondiera.
Con una geografía predominantemente llana, la demarcación está acostumbrada a recibir las riadas y derrames de embalses vecinos de Holguín y Granma, por lo que los encargados de proteger a la población se prepararon con antelación ante las inundaciones que sabían llegarían; lo que no imaginaron fue la rapidez y magnitud del evento.
Las llamadas comenzaron a multiplicarse desde las zonas anegadas de Santa María, El Zarzal, Zaigón y El Algarrobo, y equipos y recursos se movilizaron como una colmena agitada pero organizada en función de acudir al rescate.
“Todo ocurrió muy rápido, había vidas en riesgo y eso era prioridad”, rememora. “El acceso a esos lugares, que en circunstancias normales es complejo, se volvió casi imposible incluso para los rescatistas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que no conocían bien el terreno”.

Cuando el transportador anfibio de salvamento se adentró en un mar que parecía no tener fin, ante la mirada ansiosa de quienes aguardaban noticias de sus vecinos, fue Yoel el que guió el avance. “Mi casa también estaba inundada, pero tenía que ir”, dice con naturalidad.
Ya caía la noche en Santa María después de más de dos horas de recorrido entre el lodo, los obstáculos y la presión de la corriente, que subía por la cercanía del río al camino, lo que obligó a mantener las hélices encendidas y evitar que la corriente los arrastrara, ralentizando la marcha.
Era una tripulación de nueve personas, atentas a cada detalle del entorno, aunque la luz se extinguía por momentos, en un extenso paisaje de profundidades oscuras y ramas de árboles que emergían hacia el cielo como brazos pidiendo auxilio.
“Desde antes de entrar a la comunidad el agua alcanzaba la cintura, y en el poblado era aún más profunda”, relata el policía, para quien la mayor dificultad residía en encontrar puntos de referencia en aquel inmenso espejo opaco sin márgenes en que se había convertido Santa María.
“Los llamaba por su nombre; muchos se encontraban en los techos o en puntos altos, ya sabía cuántos eran y quiénes faltaban; íbamos por ellos uno a uno, y nos esperaban”, cuenta Yoel. No conocía a todos los que lo acompañaban, pero confiaba en que compartían el mismo propósito: no dejar a nadie desamparado.

En esas circunstancias que exigían creer en una fuerza superior, la petición de Clara Larrea, la residente más longeva del barrio, de 98 años, fue escuchada y sacada en brazos por él. “Permanecía sentada, casi sumergida en el instante que la rescaté”, recuerda.
Todavía había premura; la calma solo llegaría en el momento en que todos estuvieran a salvo, pues existía el riesgo de que el río volviera a desbordarse. “Recorrimos el barrio alertando a las personas sobre lo que estaba pasando y lo que podía ocurrir; nadie se resistió a la evacuación”, afirma.
Luego de horas de trabajo, pese al cansancio y el frío que calaba los cuerpos, lograron rescatar a 38 personas, incluidos niños y discapacitados. Ninguna vida se perdió aquel día ni en los siguientes, aunque más de uno pensó que no lo lograrían.
Poco dado a los reconocimientos, Yoel, considera que el esfuerzo no requiere premio, es un deber.

“Mi compromiso es con el país y el pueblo; trabajamos por ellos porque eso nos enseñó la Revolución, lo aprendimos de Fidel”, afirma con convicción.
Él, que soportó el frío de las aguas invasoras en su propio cuerpo e ignoró el cansancio tras horas de esfuerzo, devolvió a los familiares sus seres queridos, mientras las lágrimas se confundían con la llovizna que corría por los rostros, en una victoria silenciosa para quien sabe a salvo el peso de las vidas que cargó entre sus brazos.


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