Para Teresa Avellón Sierra, su existencia en Holguín, no es solo el tiempo entre manecillas o piezas averiadas, sino la paciencia y precisión que otorga a los objetos como a su propia vida, durante la cual el tic tac resulta testimonio de un reloj recuperado.
Entre engranajes relató a la Agencia Cubana de Noticias que comenzó en el oficio hace más de medio siglo, cuando tenía 14 años y aprendió de forma autodidacta los secretos del desarme, movida por la curiosidad hacia los mecanismos minuciosos mientras observaba el proceder de otros artesanos.

En 1980 pasó el curso que la acreditó como técnica en relojería, actualmente está vinculada a la ocupación en la Empresa Provincial de Gestión de Inmuebles, de la que sigue formando parte 13 años después de su jubilación, narró Avellón Sierra en tanto retiraba con delicadeza la tapa posterior de un reloj.
Se aprecia su facilidad en este arte, aunque comentó que con la modernización resulta más complejo y se suma el temor de dañar alguna pieza, porque todas tienen su ciencia y particularidades, sin embargo, su precisión permanece intacta pese a las secuelas de enfermedades y al desgaste de décadas de labor.

Medio siglo después de sus inicios como reparadora, no hay maquinaria que rechace ni cliente al que niegue el servicio, y posee la capacidad de acomodar cada pieza con sus manos finas y precisas, como si el pulso marcara el compás de los segundos.
El curso de formación, recordó, exigía destreza y sensibilidad en las manos. Varias personas tuvieron que abandonarlo por esa razón, de ahí la forma pesada de sus movimientos tras una jornada de trabajo en el hogar o después de tres meses de padecer chikungunya.

Desde su experiencia, un aparato mecánico puede tener más de 70 piezas, cuyas complejidades otorgan la categoría D a los despertadores; la C a los corrientes y sencillos; y la B y A, dentro de las que se ha especializado, a los más complejos, detalló mientras ajustaba un pequeño tornillo.
Durante más de cinco décadas en el quehacer de remendar segundos, ha recibido relojes deteriorados por técnicos inexpertos, cuyo mal manejo, explicó, puede empeorar la falla hasta volverla irreparable.

La delicadeza de su trabajo reside en la meticulosidad con que se desempeña, una virtud heredada del propio tiempo, que no se desvanece porque siempre se le puede ver con la misma ternura de quienes aman lo que hacen.
Para Teresa, su oficio continuará porque considera que a la gente le gustan los relojes por su estética, por costumbre o por tradición heredada, y sobre todo porque laten, respiran y marcan el tiempo de la vida desde la muñeca de quien los lleva en la ciudad cubana de los parques.

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