La oda a la independencia de Cuba del 24 de Febrero

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ACN - Cuba
Aída Quintero Dip
197
24 Febrero 2026

  En el devenir histórico de la nación cubana hay fechas de probada notoriedad que ejercen influencia decisiva en el carácter, la actuación y lealtad del pueblo, al representar el inicio o reinicio de acontecimientos cruciales en la lucha por la conquista de la independencia y, en ese mismo sentido, reanudar los sueños de sus ciudadanos por vivir una existencia libre, digna, decorosa, feliz.

   Pervive en la memoria colectiva el 10 de octubre de 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes propició la libertad a sus esclavos y dio el grito de ¡Viva Cuba libre!, que resonó en la manigua redentora.

   Cerca de un siglo después se iluminó el cielo de la Patria el 26 de julio de 1953, cuando el joven abogado Fidel Castro, al frente de la Generación del Centenario, asaltó el Moncada, la llama que encendió los ímpetus emancipadores hasta la victoria, en enero de 1959.

   Entre una efeméride y la otra, demostrativas de que esta es una sola Revolución desde Céspedes hasta Fidel, vuelven a germinar las aspiraciones libertarias el 24 de febrero de 1895 con la Guerra Necesaria liderada por José Martí, un hito en la historia que juntó a pinos nuevos y veteranos luchadores convencidos de que el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber.

   Estos patriotas se crecieron, se irguieron, dejaron un legado; aunque no alcanzaron el supremo propósito de la independencia en aquellos momentos, sentaron pautas, vencieron escollos al parecer insalvables, pusieron por encima de sueños personales el interés de la patria, la unidad en busca de fuerza; un gesto generoso que merece honra y evocación.

   Pero el hombre grande del 24 de febrero fue indudablemente Martí, el organizador de esa contienda, ejemplo de cubano que puso a prueba la defensa de un ideal y de una causa justa por encima de todo y con su extraordinaria visión fundó el Partido Revolucionario Cubano (PRC) y el periódico Patria para preparar la épica misión.

   Con tan ingenioso paso acentuó el carácter radical de la revolución y consolidó la autoridad del Partido entre los jefes principales de la Guerra Grande, teniendo en cuenta que estaban dadas las condiciones para reiniciar el levantamiento fundado por quien, en su agitada vida política y revolucionaria, nunca perdió los ardores ni las ansias de libertad de su tierra.

   El Apóstol de la independencia cubana fue capaz de hallar los signos necesarios para librar a la causa insurrecta del escepticismo que agobiaba a no pocos de los veteranos, impregnar de espíritu patriótico a los jóvenes y acabar con las rencillas que dividían a los revolucionarios, entre otras intenciones esenciales para alcanzar el supremo propósito.

   Martí debió plantearse la cuestión de la independencia como un problema universal. Solo una Cuba emancipada del coloniaje --con una república antiimperialista de base social y popular-- podía impedir a Estados Unidos extenderse por las Antillas y caer con la fuerza bruta sobre Nuestra América. 

   Y para eso era preciso forjar conciencia porque: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, escribió en su ensayo Nuestra América.

   Otro noble objetivo motivaba al más universal de los cubanos, su gran anhelo de convencer a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo de sumarse a su proyecto como jefes del Ejército Libertador. 

    Esos patriotas representaban la estirpe y los valores de un pueblo forjado con sangre y fuego de sus mejores hijos, en primer lugar de los mambises que pelearon machete en manos en condiciones muy difíciles y dieron el ejemplo, al no cejar en su empeño.

   Juan Gualberto Gómez, en su condición de Delegado del PRC en Cuba, resultó ser otro hombre clave en la consumación de la epopeya con el Alzamiento de Ibarra, en Matanzas, que daba cumplimiento al acuerdo de que la Revolución debía estallar simultáneamente en varias partes del país para dar inicio a la Guerra del 95.

    Al celebrarse el aniversario 131 del levantamiento independentista del 24 de febrero, Cuba rinde sentido tributo a quienes protagonizaron la gesta gloriosa y al pueblo que preserva sus ideales de soberanía plena y unidad nacional, ante las recientes amenazas del presidente estadounidense, Donald Trump, dada su obsesión injerencista en los asuntos internos de un país libre desde hace 67 años.

   Los hombres y mujeres de este país evocan esta fecha como un momento especial para honrar su independencia, soberanía y espíritu unitario, en momentos de graves peligros por la escalada guerrerista y fascista de Trump.

   Por lo que desde esta tierra irredenta advierten al enemigo imperialista que este es un pueblo que no negocia ni vulnera sus principios, y la palabra rendición no se conoce ni se aplica ni en las más adversas situaciones.

   Los mismos ideales del Héroe Nacional guían hoy a los compatriotas de esta Cuba que tiene el coraje, la firmeza y fuerte convicción de no bajar la bandera ante ninguna circunstancia, y salvaguardar su soberanía a cualquier precio si mercenarios al servicio del imperio osaran pisar este suelo, porque abundan los hijos e hijas que crean, aman, fundan y construyen.

    Ese hecho de 1895 nos deja una lección permanente, ha trascendido en la historia como la máxima expresión del optimismo que debe caracterizar siempre a todo revolucionario, como premisa insoslayable del pensamiento de los luchadores independentistas, simbolizado por Martí y enriquecido por los patriotas de hoy, quienes enseñaron a nunca rendirse aun en las más adversas condiciones, a convertir el revés en victoria y a mantener la fe en el triunfo.

   La mística del 24 de febrero para los cubanos es muy grande, por ser simiente y raíz de su lucha. Es que en el pasado glorioso hay que reconocer la forja de la nación como brújula y bandera, porque no sirve mucho la historia que se enclaustra en urnas de cristal; la buena es la útil, la que se reproduce en actitudes, la que se vuelve ejemplar, la que flamea el espíritu del combate por lo justo y por la grandeza de la Patria.

   Precisamente, ese día de 1976, en tiempos de Revolución en el poder, se constituyó la Asamblea Nacional del Poder Popular que representó una nueva etapa de institucionalización, consolidación y madurez del proceso emancipador cubano, que tuvo en la chispa de luz de la Guerra Necesaria una hermosa oda, la misma que las generaciones de hoy están dispuestas a entonar fusil en ristre, si el enemigo prepotente se atreviera a acercarse a nuestras costas.

   Por eso en el futuro habrá que recordar también el 24 de febrero de 2026, cuando un pueblo aguerrido juró de nuevo que no aceptará negociaciones ni los designios del imperio, diálogo sí porque este constituye un pueblo de Patria o Muerte; y primero se hundirá la isla en el mar antes de consentir ser esclavos de nadie, una advertencia de Fidel, un legado imperecedero.


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