Cuando aquella noche del 28 de febrero de 1895 un botón fue oprimido y Santa Clara se iluminó con una luz clarísima, los vecinos no solo asistían al nacimiento del alumbrado eléctrico en la capital de la región central de Cuba.
Concurrían, sin saberlo aún, a la consagración de un gesto que cifraba, en un solo acto, el progreso, la rebeldía silenciosa y la voluntad de una mujer que, desde entonces, quedaría para siempre entrelazada con la memoria de esta ciudad.

A principios de 1894, Marta Abreu —nacida en Santa Clara en 1845 y heredera de una de las fortunas más sólidas del país— tomó una decisión que ningún gobierno ni inversor privado había tomado hasta entonces.
Le escribió al Ayuntamiento con la solicitud de autorización para establecer, por su cuenta y con sus propios recursos, una planta eléctrica que brindara al centro urbano un alumbrado público digno.
“El alumbrado basado en gas daba servicio a la localidad desde 1858, pero ya resultaba absolutamente insuficiente”, explica a la Agencia Cubana de Noticias Judiel Reyes Aguilar, afiliado y comunicador de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara.

Marta, que vivía en La Habana y conocía los adelantos importados desde Europa, se propuso traer la electricidad a su tierra como contribución a su desarrollo.
El Ayuntamiento aceptó la proposición, y el 15 de mayo de 1894 comenzaron las obras del edificio que albergaría la maquinaria.
La benefactora de Santa Clara no escatimó. Encargó los motores, dinamos y todos los implementos eléctricos a la casa Gramme, de París, compañía de fama universal. Por expreso deseo suyo, se eligió el sistema de corriente continua, considerado entonces el más seguro.
“Marta Abreu quería que todos sus proyectos resultaran lo más sustentable posible, que ofertara mayor provecho a la comunidad y significara el menor daño al entorno”, señala Reyes Aguilar.
La dirección técnica recayó en el ingeniero civil español Juan Tatjer y Rique, auxiliado en la parte eléctrica por Adriano E. Antelme, enviado por la casa Gramme desde Francia.

Dirigidas por el maestro Fermín Delgado, las labores de albañilería y todos los trabajos se ejecutaron con personal enteramente santaclareño, según consta en el libro "La planta eléctrica de Santa Clara. Origen y evolución (1895-1960)".
La planta era termoeléctrica, con una potencia instalada de 165 kilovatios. Poseía dos calderas sistema Neyer y una chimenea de ladrillo que se elevaba 28,5 metros sobre el nivel del suelo, visible desde casi cualquier punto de esos dominios citadinos.
Hedy Hermina Águila Zamora, historiadora de Santa Clara, destacó que “Marta Abreu no solo trajo la luz eléctrica, trajo también la convicción de que el progreso debía llegar a todos, sin distinción”.
Seguía ella los trabajos desde el territorio galo, donde pasaba largas temporadas, pero regresó a Cuba a principios de 1895.
“La familia Abreu Estévez se da cuenta de que es inminente el reinicio de la contienda independentista en Cuba”, relata Reyes Aguilar, por eso pide a los obreros y a las autoridades que aceleren la obra, pues quiere inaugurar la planta antes de que el país se levante en armas.
Los festejos de la inauguración a finales de febrero de 1895 no pudieron ser impedidos, pero el clima político se había enrarecido.
“Las autoridades españolas vieron con malos ojos aquellas celebraciones —apunta Reyes Aguilar—. Interpretaron las multitudes, las banderas, los discursos como una manifestación velada de apoyo a la causa independentista. Según algunos biógrafos, comenzaron entonces las presiones sobre Marta, su esposo, Luis Estévez, y toda la familia”.
El 16 de junio de 1895, a solo tres meses y medio después del encendido inaugural, Marta Abreu y su esposo partieron hacia Francia. Se instalaron en París y no volvieron a residir en Cuba hasta 1898 tras la intervención norteamericana.
Desde el exilio, Marta continuó financiando obras benéficas y apoyando económicamente la guerra de los mambises. Luego de su muerte, ocurrida en 1909, su hijo Pedro Estévez vendió la instalación eléctrica a Antonio Ramos Valderas y Gerardo Machado Morales.
En la década de 1920, los edificios pasaron a manos de la American & Foreign Company, germen de la Compañía Cubana de Electricidad, que le dio a la antigua planta el aspecto exterior que hoy conserva.
El ciclo de la filantropía había dado paso al del monopolio. Pero la luz no se apagó. La Planta Eléctrica de Santa Clara, aquella que Marta Abreu encendió con sus manos y su fortuna, sigue en pie.
Hoy es parte del sistema electroenergético nacional, y sigue prestando servicios a pesar de los molestos apagones asociados al recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos.
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