La ley y el desorden contra la nación que sigue sin entender

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ACN - Cuba
Liset García | Foto creada con IA tomada de Redes sociales
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03 Febrero 2026

  El nuevo experimento del desquiciado de la Casa Blanca de castigar con aranceles a quienes suministren petróleo a Cuba, pone otra vez en escena acápites de la conocida como Ley Helms-Burton, firmada en marzo de 1996 por el presidente Clinton, con el propósito de “procurar sanciones internacionales contra el Gobierno de Cuba”, que de paso reforzaba la Ley Torricelli, de octubre de 1992, del período de Bush (padre).

   Aquellos mamotretos legales, cargados de manipulaciones y mentiras, y sobre todo, de odio, intentaron disimular su carácter extraterritorial con titulitos engañosos: Ley para la libertad y la solidaridad democrática cubanas, y Acta para la democracia en Cuba, rubricadas por varios congresistas retorcidos anticubanos. 

   Ambos textos elevaron a rango de ley el Memorando del vicesecretario de Estado, Lester Mallory, de abril de 1960, que temprano inventó cómo amenazar y castigar a Cuba.

   Ahora, las mentiras bestiales expuestas en su Orden Ejecutiva por el presidente Trump, como la muy risible de que la nación antillana es peligrosa para la seguridad de Estados Unidos, evita disimular con frases que apelen a la libertad y la democracia. Sin embargo, todas tienen el claro objetivo de apropiarse de Cuba. 

   Su aspiración de arrasar con el territorio cubano y borrarlo del mapa, incluso por la fuerza de su inmenso poderío bélico, son ideas calzadas por otros rostros, como el de Marco Rubio y varios ayudantes con silla en el Congreso, y en cuyos pasados hay genes cubanos.

   Varios de los acápites de las leyes mencionadas, como ahora la amenaza arancelaria del magnate Trump, de activarse colocaría a la jurisprudencia estadounidense a decidir sobre terceros, fuera de sus ámbitos, algo inaceptable para teoría y práctica del Derecho Internacional, que, además, afectaría a varios de sus socios. 

   Precisamente por esas razones desde Clinton hasta Biden, se abstuvieron de aplicar parte de sus contenidos, excepto Trump, quien desde su primer mandato los tomó como plan, y fue más allá al reforzarlos con otras medidas de estrangulamiento, para generar hambre y desesperación, como pedía Mallory.

   Ahora llueve sobre mojado, con pretensiones y alcances mucho más graves.

   Si cada año se expresa en Naciones Unidas el rechazo internacional, casi unánime, al cerco comercial y financiero del Gobierno estadounidense, ahora se suma la repulsa de varias naciones, partidos políticos y organizaciones solidarias, incluso del Papa León XIV que en su homilía de este domingo primero de febrero expresó su inquietud por las tensiones subidas de tono entre Estados Unidos y Cuba. 

   Al Trump que desafía lo que piensa el mundo de su intención de bloquear todavía más a la Isla, obviando normas básicas que regulan la relación entre las naciones, debería importarle lo que hace tiempo definió el patriota Antonio Maceo, que late en presente como principio de soberanía del pueblo cubano, dispuesto a resistir y defenderse porque con el imperio “no nos entendemos”.