Hiroshima: la sangre de cada día entre la sensatez y la barbarie

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ACN - Cuba
Orlando Ruiz Ruiz
390
04 Agosto 2025

La percepción sobre la salvaje y deshumanizada acción contra Hiroshima, sin contar sus consecuencias, todavía conmueve como uno de los crímenes más atroces por la dimensión catastrófica de aquella explosión el 6 de agosto de 1945, que segó en solo un instante la vida de entre 50 mil y 100 mil personas.

   Como una amarga paradoja, cuando acontece este hecho monstruoso que extinguió la existencia de una ciudad pacífica, la humanidad celebraba uno de los sucesos de mayor trascendencia en la historia: Dos meses antes las hordas fascistas de Hitler habían sido derrotadas.

   La firma del Acta de Rendición incondicional de la Alemania Nacionalsocialista ante las fuerzas aliadas, el 7 de mayo de 1945, tras haber izado el Ejército Rojo la bandera de la hoz y el martillo sobre el Reichstag, marcaba un giro definitorio en el equilibrio de fuerzas del planeta.

   A partir de la capitulación del Tercer Reich las reminiscencias del conflicto se trasladaron exclusivamente al Pacífico, donde la Segunda Guerra Sino-Japonesa se venía librando desde 1937.

   Estados Unidos se había incorporado de forma activa a la Segunda Guerra Mundial precisamente en este frente tras el controvertido ataque a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941. 

   Cuatro años después, el aparato militar nipón estaba debilitado y sin expectativas reales de influir decisivamente en el curso de una contienda que había quedado sellada con la toma de Berlín por las tropas soviéticas.

   En medio de este escenario, el 26 de julio de 1945 el presidente de EE.UU., Harry Truman, lanzó un injustificado ultimátum contra los japoneses. “Les exigía una rendición incondicional, de lo contrario, les esperaba una destrucción rápida y absoluta”, detalla un despacho de la cadena BBC.

   Informaciones difundidas el 16 de julio, solo 21 días antes del lanzamiento de la mortífera carga sobre Hiroshima, daban cuenta de que Washington había ensayado con éxito la bomba Trinity, primera arma atómica que se detonaba en el mundo.

   Tan pronto supieron que el artefacto nuclear funcionaría, se asumió que lo usarían, explica Michael Gordin, historiador especializado en ciencias físicas en la Universidad de Princeton y coeditor del libro "La era de Hiroshima", precisa la propia BBC.  

   El Gobierno estadounidense no vaciló en estrenar “el juguete”. Pero los mayores crímenes estaban por cometerse. El siguiente fue Nagasaki. Luego se perpetrarían muchos más.

   Trascurridos ochenta años, cuando evocamos el injustificable acto de barbarie contra la ciudad de Hiroshima, resulta aleccionador conocer el saldo genocida causado por la codicia imperialista a lo largo de estas ocho décadas trascurridas en “tiempos de paz”.

   Cifras publicadas en 2023 por el Proyecto sobre el Coste de la Guerra de la Universidad Brown, replicado por el reportero Patrick Martin en World Socialist Web Site, revelan que al menos 4,5 millones de personas han muerto víctimas de actos de guerra de la potencia norteamericana en el lapso transcurrido desde el 11 de septiembre de 2001 hasta 2023.

   En el informe de la Universidad Brown, ya citado, su autora, Stephanie Savell, expresa que “hay pruebas irrefutables de la responsabilidad de EE.UU., tanto bajo gobiernos demócratas como republicanos, en los mayores crímenes del siglo XXI”.

   Ante nuestros ojos está hoy el ejemplo más notorio: En Gaza han muerto a manos de Israel (léase Estados Unidos), víctimas de la misma conducta supremacista y el odio que pusieron las alas de la muerte sobre la ciudad japonesa, una cifra cercana a la registrada tras la bomba lanzada desde el Enola Gay.

   La única diferencia entre la matanza de Hiroshima y la que se materializa hoy contra los palestinos es que los asesinados por la bomba atómica murieron en unos instantes, mientras que la furia que se enseñorea sobre la Gaza arrasada provoca una dramática proporción de muerte distribuida a lo largo de cada día del mes como única ración real.

   Cuanto ocurre en el presente, evidencia que las bombas atómicas lanzadas contra las ciudades japonesas solo fueron un preludio del alcance de la desembozada criminalidad de Estados Unidos. Durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va de la actual centuria los imperialistas han matado a diestra y siniestra para afianzar su hegemonía.

   Son muchos los entendidos coincidentes en advertir que, precisamente en este nuevo aniversario de la tragedia de Hiroshima la humanidad está bajo la mayor amenaza que haya existido nunca de un conflicto nuclear, sin minimizar los riesgos que implicó para el mundo la Crisis de Octubre.

   Esa realidad es resumida magistralmente por el incisivo reportero Patrick Martin:

   “El imperialismo estadounidense es la fuerza más violenta y ensangrentada del planeta, y el peligro es que, si la guerra por poderes que se desarrolla hoy contra Rusia se convierte en un conflicto más generalizado, en el que incluso intervengan armas nucleares, el número de muertos superaría rápidamente incluso el horrible balance de los últimos 22 años”.

   Con las armas que hoy existen el desencadenamiento de una contienda nuclear concluiría sin vencidos ni vencedores. Más de doce mil ojivas incuban su horror en los arsenales de las nueve potencias nucleares del mundo, precisamente en el crucial momento en que el imperio agónico amenaza con el rescate a cualquier costo de su hegemonía perdida.

   El hongo de la muerte que ensombreció la mañana de luz de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, puede expandirse sobre los cielos del planeta si la voluntad de paz deja espacio abierto al desenfreno fascista que prevalece en Occidente bajo el liderazgo de Estados Unidos. La sensatez debe imponerse a la barbarie.


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